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Una publicación de la asociación SER
Sandra Miranda

A quien corresponda

Imagen: "Hommage a Odilon" por Alexandra Levasseur

Hace unas semanas, Alek Minassian, quien se encontraba a bordo de una furgoneta en Toronto (Canadá), subió intempestivamente a la acera y arrolló a una veintena de personas, dejando como resultado diez muertos (la mayoría mujeres) y quince heridos. La primera hipótesis fue la de un atentado terrorista (quizás Daesh, tomando en cuenta la cumbre que se celebraba ese día). Sin embargo, pasadas las horas, la policía advirtió una publicación en la cuenta de Facebook del asesino. En ella, hacía referencia a Elliot Rodger, un estadounidense que en 2014, mató a siete personas antes de suicidarse. Rodger acusó a las mujeres de convertirlo en un "incel" (célibe involuntario) porque había sido rechazado en varias ocasiones. Pues bueno, para Minassian, "la rebelión incel había empezado” y aquel día estábamos espectándola.  

Hace una semanas, Carlos Hualpa Vacas esperó que la mujer que le había rechazado en varias oportunidades, salga de su trabajo con dirección a su casa. Una vez ahí, la roció con la gasolina que llevaba en una botella de yogurt y le prendió fuego en pleno centro de Miraflores (Perú). Según los testigos, él le dijo “si no eres para mí, no eres para nadie”. Y huyó. Este hecho dejó a la víctima con el 60% de su cuerpo en llamas, varios órganos comprometidos y una larga lista de operaciones a las que tendría que someterse para poder sobrevivir. En paralelo, al menos diez pasajeros del bus resultaron heridos por el fuego, cada uno con una historia distinta, ahora enlazadas por la tragedia. Al ser capturado, Hualpa contó que lo hizo porque “tenía que darle una lección”, incluso contó que la llamó “por el día de la mujer” y ella osó no contestarle “a pesar de encontrarse en línea en el Whatsapp”.

Hace unas semanas, la Audiencia Provincial de Navarra (España), publicó la esperada sentencia sobre “La Manada”. Este caso, que lleva tiempo en el ojo público de España (y del mundo) trata de una violación múltiple cometida en la fiesta de San Fermín. A la víctima la violaron haciendo turno cinco sujetos, que grabaron el hecho y lo colgaron en internet. Además, le robaron el móvil. La sentencia condenó a “La Manada” por el delito de abuso sexual pero no por violación sexual, porque la víctima, a los ojos del juzgado, no opuso resistencia. Al conocerse la sentencia, las mujeres salieron a las calles y, en paralelo, empezaron a contar sus experiencias de acoso y violencia en Twitter a través del hashtag #cuéntalo.

Estos tres casos han sido narrados desde la perspectiva del agresor porque son sus actos los que nos deberían hacer reflexionar y asumir, de una buena vez, un punto de no retorno. Pero no, seguimos desperdiciando probablemente lo más valioso que tenemos como sociedad: nuestra capacidad de indignación. Estremecernos hasta las lágrimas nos hermana a todos, sin duda, pero seguir insistiendo en focalizar estos asuntos a través de sus márgenes, solo nos condena a más episodios de violencia. Y a más mujeres muertas.

Cuando salió la noticia del bus de Miraflores, leí a mucha gente argumentando que este era un asunto de “salud mental”. Quienes contradijeron esta afirmación (por lo estigmatizante que resulta, pero también por lo peligroso que es individualizar un problema social) se metieron en una enmarañada discusión mientras una mujer se encontraba en el Hospital Almenara jugándose –literalmente– la vida en cada operación.  

Cuando salió la sentencia de “La Manada”, leí a muchos abogados señalar que no debíamos hacer “populismo penal” al criticarla. Quienes seguimos el proceso, aunque sea de lejos, sabemos que los familiares de dos de los imputados contrataron a una detective para que realice seguimiento a la víctima durante un año (veamos si se divierte, si está contenta, si rehace su vida). Y bueno, esa información fue agregada al expediente. En paralelo, el abogado de la víctima ofreció capturas de Whatsapp de “La Manada” el mismo día que se cometió el delito, en las que decían: “¿a que tía nos violamos hoy?”. Pero eso no ingresó al expediente. Y podría seguir.

Quienes sabemos algo de leyes comprendemos bien la verticalidad de la interpretación penal, pero sabemos también que sin llegar a destruir el Estado de Derecho, deberíamos ser capaces de distanciarnos de lo injusto. Lo más alejado de ello, sin duda, es leer apresurados una sentencia solo para saber qué responder, qué replicar, cómo tener la razón. Y así, olvidar lo que pueda estar viviendo aquella mujer a la que, por poco, solo le reconocen el robo de un teléfono móvil.

Ninguna mujer en Perú, Canadá o España quiere ser un caso emblemático. Y la razón es simple: todas sabemos lo que eso significa. Por ello, en una situación de urgencia de tal magnitud, solo nos queda detenerlo todo y deconstruirnos. Desaprender. Créanme, amigos, a nosotras nos gustaría debatir sobre la pertinencia de la crítica feminista en las artes y la literatura, o la forma en la que hoy por hoy nos relacionamos los hombres y las mujeres. Nos encantaría poder hablar del erotismo femenino, de la construcción de la sexualidad, mientras tomamos un café o mientras escribo esta columna sentada en una banca cualquiera. 

Pero ¿cómo hacerlo si todo lo que vivimos y experimentamos ha sido transitado con violencia? ¿Cómo hacerlo si incluso lo que puede producirnos placer está condicionado y pervertido por el dolor propio o el ajeno? ¿Cómo discutimos sobre las decisiones de las Altas Cortes si en la propia comisaría nos jugamos la vida al denunciar? ¿Cómo pedimos auxilio si no encajamos en el prototipo de víctima perfecta?

Durante mucho tiempo, las mujeres han procesado su dolor tratando de bloquear estos episodios violentos de su vida, hacían como si eso nunca hubiera sucedido con la finalidad de llevar una vida más auspiciosa. Ya luego veían cómo elaboraban una narrativa que les acomode mejor y las maquille. Pero nadie puede exigirnos vivir de esa manera. Y por eso, la resistencia, la crítica, el hartazgo.

Nos encantaría no tener que exigir a los tomadores de decisiones que legislen a través de la razón pública y no mediante dogmas. Nos encantaría que en lugar de quejarse por las cuotas, los académicos traten de dejar de lado las argollas masculinas. Nos encantaría no tener que citar jurisprudencia del Tribunal Europeo para que los jueces de nuestro país se convenzan que así como se puede interpretar en contra de las mujeres, también se puede interpretar a su favor. Nos encantaría que en aras de la investigación, los medios no expropien la poca intimidad que le queda a una víctima que pide auxilio. Claro que preferiríamos no tener que pasar los valiosos años de nuestra juventud, saliendo a las calles a gritar, con lágrimas en los ojos: “ni una menos somos todas, tocan a una tocan a todas”.

Pero no podemos. Nada de lo que ahora tenemos ha llegado por orden espontáneo. El machismo y la violencia existen y aquella ideología se impregna en las paredes, en los libros, en un autobús de Miraflores, en una furgoneta de Toronto, en un celular de Navarra.

No es que seamos monotemáticas, es que ser mujeres nos atraviesa; por eso y aunque canse, habrá que seguir plantándonos con nuestros carteles, habrá que seguir usando la internet como un vehículo democratizador de voces históricamente silenciadas, habrá que seguir llenando la calle como espacio de recuperación, habrá que seguir sirviéndonos de la academia para nutrir el debate de las ideas. Y tratar de no demorarnos tanto.

Solo entonces, aunque se nos haya pasado la vida, aunque estemos viejas, cansadas y agotadas, solo entonces, estaremos más vivas que nunca.