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Una publicación de la asociación SER

¿A qué maestras y maestros celebramos hoy?

Foto © Luisenrrique Becerra | Noticias SER

Lucía Vargas. Proyecto "Creciendo con las Escuelas Rurales Multigrado del Perú" (CREER) del Grupo de Análisis para el Desarrollo (GRADE).

A la memoria del docente Gaspar Zapata.        

Hoy, en el día de las maestras y maestros, tradicionalmente se celebra su trabajo. Sin embargo, esa celebración debe venir acompañada de una reflexión que nos invite a la acción. Resulta fundamental en el contexto actual preguntarnos, ¿a qué maestras y maestros celebramos hoy? ¿qué es lo que celebramos? Escuchamos al Presidente decir innumerables veces que “el virus no discrimina” y, desde nuestros privilegios, le creemos y caemos en la ilusión de que la pandemia nos afecta a todas y todos por igual. Nos olvidamos de las históricas brechas que existen en nuestro país, pero principalmente nos olvidamos de quiénes han vivido siempre bajo esa sombra. Los grupos relegados de nuestro país son muchos, pero hoy hablaremos de uno en particular: las y los docentes de zonas rurales del Perú.

Estas y estos docentes, además del reto de la implementación de la educación a distancia, se enfrentan día a día a las consecuencias de desigualdades históricas que les han puesto siempre en el olvido. Han trabajado en escuelas con infraestructura precaria sin acceso a servicios, y hoy enfrentan los mismos retos desde sus hogares. Se les exige que cumplan con su trabajo sin importar ninguna circunstancia u obstáculo, haciendo referencia a su vocación de servicio, como si eso les dotara de capacidades para superar problemas estructurales.

Hace unos meses, conversando con docentes de escuelas rurales de Loreto, fue inevitable sentir el enorme peso de la realidad que los aqueja. Las y los docentes de esta región han sido gravemente afectados por la pandemia: contagios, pérdida de familiares e incluso la muerte. La doble amenaza del covid-19 y el dengue no les dejaba mucho espacio para pensar en algo que no sea sufrimiento y miedo. La posibilidad de enfermarse y morir era tan real que no se atrevían a hablar del futuro. Lo único que se superpone a ello es la responsabilidad y cariño que sienten por sus estudiantes, que les motivaba a trabajar incluso enfermos y haciendo lo imposible por comunicarse con las familias, ahí donde no llega la señal telefónica ni el internet.

Cuando hay tantas otras preocupaciones, la carga laboral con la que deben cumplir se siente abrumadora. Debían aprender a manejar nuevas herramientas para poder adaptarse al contexto, además de sintonizar Aprendo en Casa en todos sus horarios y canales de difusión y preparar los reportes que les pide la UGEL. Trataban de comunicarse (la mayoría de veces sin éxito) con las familias para recoger las evidencias de participación de sus alumnos y alumnas, y de grabar los programas para enviarlos a quienes no tienen televisor ni radio, con la esperanza de poder cubrir aquello que el Estado no logra. Todo ello sin descuidar la crianza de sus hijas e hijos y las responsabilidades domésticas, ambas principalmente afrontadas por las docentes mujeres. Ante esta situación escuchan aún con ilusión las medidas propuestas por el Minedu, pero también con cautela y suspicacia. Ante el ofrecimiento de la distribución gratuita de las tablets solo atinaron a decir que la iniciativa es bienvenida, pero con la gran incertidumbre sobre cómo se implementará en una región de baja conectividad como Loreto. No es la primera vez que se les ha prometido una solución que finalmente, al ser implementada, ha perpetuado las brechas existentes

En los medios de comunicación se ha cuestionado cómo es que Aprendo en Casa se va a aplicar en las escuelas rurales, cuando hay tantas carencias que lo impedirían. Pareciera que hay un reconocimiento de las particularidades de la educación rural que se enfoca solo en sus limitaciones. Continuamos mirando lo rural de forma despectiva y paternalista, negando cualquier posibilidad de desarrollo distinto a lo urbano; y eso ocurre porque la educación rural nunca ha sido prioridad. No miramos ni escuchamos a las y los docentes, que en situaciones de extrema precariedad sacan adelante proyectos educativos en base a su esfuerzo y dedicación, siendo resilientes y aprovechando cualquier recurso disponible. No reconocemos las capacidades de docentes de escuelas unidocentes o multigrado, que deben encargarse de estudiantes de distintas edades y características en un contexto que no les permite siempre priorizar los criterios pedagógicos. Docentes que además tienen carga administrativa y hacen todo lo posible por no perder a ningún estudiante a final de año. No amplificamos sus voces para que compartan sus experiencias y poder reconocer en ellas los aspectos valiosos que las componen y que nos dejan lecciones a todas y todos.

Así que hoy, más allá de celebrar a las y los docentes de nuestras vidas, corresponde comprometernos con la reivindicación y revaloración de su trabajo; especialmente con el de las y los docentes rurales. El agradecimiento que sentimos hacia ellas y ellos debería verse reflejado en el reconocimiento de las particularidades de su contexto y de los esfuerzos que hacen para sobreponerse a los retos que este implica. Ellos y ellas continuarán siendo relegados hasta que no se hagan reformas estructurales del sistema educativo. Mientras tanto, seamos sus aliados y aliadas, escuchémosles, dialoguemos con ellas y ellos, dándoles el lugar a su saber, cuestionando siempre nuestros sesgos y la habitual necesidad limeña de probar que lo sabemos todo. No los valoremos solo cuando ganan premios o son protagonistas de reportajes periodísticos por sus logros. Este es un compromiso a largo plazo que requiere que nos pongamos a disposición del otro para acompañarlo en sus luchas. Si esta pandemia ha servido para visibilizar sus necesidades, hagamos algo para revertir esta situación desde todos los frentes posibles.