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Una publicación de la asociación SER

A propósito del Premio Nobel de Literatura para la poeta Louise Glück (I)

Foto: @Ap Photo/Michael Dreyer

Luis Chávez Rodríguez

Si observamos el interés del actual gobierno norteamericano en el área de la cultura o de las humanidades, y lo comparamos con la anterior administración, da la impresión que estuviéramos frente a un paisaje desolado por algún huracán, como uno de esos que todos los años devastan la región sur-este de los Estados Unidos. Parece que fuera el siglo pasado cuando un presidente norteamericano premiaba o galardonaba a los poetas, escritores, artistas, filósofos, intelectuales y a sus instituciones que contribuían con humanizar o civilizar su poderoso país. Este país que actualmente se debate en intensas luchas internas, precisamente, entre la civilización y la barbarie; entre la posibilidad de alcanzar una cultura y una política humanista o continuar radicalizando su encierro en las paredes de un sistema económico y político injusto, prepotente y depredador.

Una muestra de ese panorama devastado se puede tener viendo el uso que en estos últimos cuatro años se ha hecho del galardón, National Humanities Medal, el cual se había constituido, desde su implementación en 1997, en un instrumento muy importante de reconocimiento a los intelectuales y artistas norteamericanos. Este reconocimiento es promovido por la National Endowment for the Humanities y la medalla honorífica es entregada por el presidente en curso. La administración Obama la entregó, en los cuatro primeros años de su gestión, 39 veces y en su segundo gobierno en 32 ocasiones. Por su parte, la administración Trump, en los cuatro años que están terminando, sólo ha concedido este premio 5 veces. Poetas como Louise Glück, que acaba de ser premiada con el Nobel de literatura, la admirable poeta Kay Ryan y el novelista Philip Roth o el músico afroamericano Wynton Marsalis pasaron por la Casa Blanca para ser congratulados por Barack Obama. En cambio, de las pocas medallas que repartió Trump una fue para el prestigioso chef Patrick O´Connell, propietario de un lujoso restaurante de Virginia y otra fue a dar a la fundación, The Claremont Institute, como muestra clara de su posicionamiento ideológico con agrupaciones conservadoras de vieja matriz.

The Claremont Institute fue fundado en 1979 bajo la tutela del filósofo conservador Harry Jaffa, profesor emérito del Claremont McKenna College, quien fuera asesor del político republicano Barry Goldwater. Vía la influencia de Jaffa, en la que se entendía y se sigue entendiendo “la felicidad y la seguridad nacional” bajo criterios segregacionistas, se sustentó el ataque contra el movimiento de “Los derechos civiles”, que la comunidad afroamericana llevó a cabo en la década del 60. Luchas que, como respuesta, tuvieron la muerte a balazos de sus líderes, entre ellos Martin Luther King Jr., Malcolm X. y el propio presidente J.F. Kennedy. El republicano Goldwater fue el contendor del demócrata Lyndon B. Johnson, sucesor de JFK, en el año 1964 y su campaña estuvo basada en una retórica contraria a la Ley de los Derechos Civiles, dirigida especialmente a los estados del Deep South: Carolina de Sur, Georgia, Alabama, Misisipi y Luisiana, que hasta la actualidad son el bastión conservador. Aquellas elecciones del 64 las ganó Lyndon B. Johnson, quien aprobó, apenas iniciado su gobierno, la Ley de los Derechos Civiles, prohibiendo, por lo menos en el papel y la intención, la discriminación racial que venía oficialmente dictaminada desde 1876 de las leyes Jim Crow, especialmente en el sudeste de los Estados Unidos. Leyes que autorizaban oficial y descaradamente la segregación racial en las escuelas, transporte público, contratación de empleos, lugares públicos y el derecho al voto.

Actualmente el The Claremont Institute es la que publica la National Review, medio difusor de las ideas llamadas conservadoras de la derecha norteamericana en donde colabora nuestro conocido Álvaro Vargas Llosa y donde su papá, el Nobel peruano, es un admirado referente y asiduo invitado de Jay Nordlinger, uno de los editores de la revista, quien lo considera el más brillante ideólogo del liberalismo hispanoamericano. Últimamente el magazín conservador está dando un giro todavía más radical, al punto de que se le considera uno de los medios de comunicación más activos en la difusión de una rama del liberalismo, que incluso rebasa el pensamiento conservador y el marco ideológico republicano, y que se le ha venido a llamar “Trumpism”, con todo lo que ello significa como amenaza del radicalismo de derecha para los tiempos que se vienen, obtengan o no un segundo periodo en el gobierno.

Regresando a los 71 galardonados por Obama, podemos ver que la intencionalidad del galardón estuvo dirigida en un sentido totalmente contrario al actual. En aquellas listas predominan artistas, historiadores, periodistas, filósofos y una gran variedad de intelectuales y científicos, en muchos casos de origen foráneo, quienes se nacionalizaron norteamericanos y desarrollaron su arte o su carrera manteniendo posicionamientos políticos reivindicativos de las minorías excluidas o marginalizadas, como, Kwame Akroma-Ampim Kusi Anthony Appiah de origen británico-ghanés, el cubano Teófilo Ruiz o el hindú Amartya Kumar Sen. En estas listas abundan historiadoras y periodistas que escribieron sobre las luchas afroamericanas como: Isabel Wilkerson (The Warmth of Other Suns: The Epic Story of America's Great Migration, 2010) o Annette Gordon-Reed, cuyo primer contundente libro (Thomas Jefferson and Sally Hemings: An American Controversy, 1997) sobre los hijos e hijas que el presidente Thomas Jefferson tuvo con Sally Hemings, una esclava de su propiedad, produjo mucho escozor entre sus colegas historiadores escandalizados de la Universidad de Harvard. Otro escritor que recibió la medalla de manos de Obama fue el chicano Rudolfo Anaya, profesor y autor de  cuentos, novelas y ensayos que desarrollan la temática de la migración y la segregación de los mexicanos en el suroeste norteamericano.

En este contexto le llegó al país del norte un nuevo premio Nobel de Literatura y esta vez fue para premiar y para celebrar a la poesía, dejando a varios renombrados narradores en el palmarés, como al francés Michel Houellebecq, al checo Milan Kundera, al japonés Haruki Murakami, al noruego Karl Ove Knausgaard o los reconocidos paisanos de Glúck, que también entraron a las listas de los más voceados como, Don de Llillo, Cormac McCarthy y Thomas Pynchon. Como todo premio concedido en estos tiempos, el Nobel, especialmente el Nobel de Literatura, ha vivido confundido entre sus principios fundadores y sus obligaciones políticas, aunque ese no ha sido el caso en esta ocasión.

En este caso la Fundación Nobel, organización privada sueca, encargada de otorgar un reconocimiento y un premio monetario de alrededor de un millón de euros (nueve millones de coronas suecas)  para los científicos, intelectuales, artistas o instituciones que produzcan un aporte significativo a la cultura de la paz o un “beneficio para la humanidad¨ (Testamento de Alfred Nobel), durante su historia ha tenido una serie de decisiones controversiales, ya que los criterios de elección del premiado o de la premiada no han estado siempre en la línea de los principios de su fundador y donante, el culposo inventor de la dinamita y de muchos otros explosivos que se han usado para matar personas y destruir pueblos y ciudades. Pero este año, al parecer, la Fundación ha retomado el camino de los principios, dejando de lado las presiones políticas y ha otorgado el Nobel a una poeta de reconocida trayectoria literaria.

La más alta distinción consagratoria en la literatura occidental no sólo está premiando en esta ocasión a la producción de la poeta Louise Glück, sino a toda una generación de poetas que forman parte de un estilo desarrollado en los Estados Unidos entre las década del 50 y del 60 denominado, “poesía confesional” y que tiene entre sus representantes más conocidas a Sylvia Plath, Anne Sexton y a poetas varones como Robert Lowel y Theodore Roethke. Se conoce como poesía confesional a los poemas que en su retórica se rebelan contra los intentos de objetividad de sus antecesores y postula, más bien, un subjetivismo intencional que se alimenta de lo cotidiano y lo autobiográfico. En muchos casos, es una poesía del cuerpo y del yo intimista, oprimido por mandatos de orden patriarcal, así como una especie de confrontación de tipo más prosaico y desmitificante con la muerte. Este tipo de poesía tuvo un amplio desarrollo en el Perú, especialmente en las décadas del 70 y del 80, especialmente por poetas mujeres, quienes renovaron de modo contundente la tradición versificadora limeña.

El caso de la poesía de Louise Glück, premiada en este año que urge un retorno a los principios humanistas y a la mediación de la poesía como una forma de buscar un mundo más sensible, podemos decir para finalizar que si bien, la poeta, organiza su enunciación desde una retórica confesional y femenina (no feminista) tiene matices que le vienen, como ella misma lo ha señalado, de la influencia de la poeta Emily Dickinson (1830-1886) y de poetas contemporáneas como Anne Carson, quienes al igual que la ganadora del Nobel desarrollan su estilo poético con una gran sobriedad y contención del lenguaje. Influencias que la alejan de las fundadoras del “confesionalismo feminista” y la encaminan hacia una poesía de la cotidianidad, desde una perspectiva contemplativa y hasta simbolista de la vida familiar. De sus once libros de poemas, muchos de ellos accesibles en nuestro idioma, gracias al trabajo de destacados escritores, como el poeta y ensayista peruano, Eduardo Chirinos, quien tradujo El Iris salvaje, publicado el 2006 por la editorial Pre-Textos.