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Una publicación de la asociación SER

Positivismo mediático y verdades complejas

El Presidente Ollanta Humala declaró en junio la conveniencia de propalar quince minutos de noticias ‘positivas’ en la televisión y la radio para disminuir las altas dosis de ‘morbo’ que presentan en su mayoría los medios masivos. La intención no sería mala si se refiriese a sensacionalismos de pistas manchadas de sangre, de marcas, narcos y cuchilladas, siempre y cuando, por un lado, se entienda que el aumento de la criminalidad y de los accidentes viales son de la incumbencia del propio gobierno, y por otro, que ese ‘morbo’ no es privativo sólo del apetito empresarial por el rating y la lectoría, sino también del público, ávido por disfrutar esos espectáculos policiacos. En suma, el problema no se resuelve atacando al mensajero que lo anuncia, por chillón que sea su tono.

Pero esta demanda ‘positivista’ estaría más bien dirigida a hacer publicitar la obra del gobierno, en particular los programas sociales, como (además) la misma programación televisiva lo está mostrando. También hay quienes interpretan la declaración presidencial como un deseo de controlar los contenidos informativos adversos; en otros términos, de censurar. Quizá el presidente le esté prestando oídos al  presagio de una demolición mediática, soplado por sus asesores. Ocurre que el entusiasmo de la prensa derechista con las tasas de crecimiento del producto le ha ido cediendo el paso a las malas noticias sobre la caída de precios de los minerales, y a la pésima sobre la disminución de las exportaciones, como si, pasada la cálida bonanza de un largo verano económico, se anunciase con incomodidad el otoño. Las mejoras evidentes en el ingreso medio, especialmente el limeño, y el aumento ostensible del consumo, siguen reposando sobre bases frágiles.

Contra el anuncio del Banco Interamericano de Desarrollo acerca del aumento de la clase media al 70% de la población, tan celebrado por la prensa, debe aclararse algunos aspectos acerca de la realidad y la reversibilidad del ingreso, pese al notable e ininterrumpido crecimiento del producto. El INEI calculó la línea nacional de pobreza en 2012 (marcada por el valor de la canasta básica mensual por persona) en S/.284, unos S/.1.165 por familia promedio (4,1 personas). Quien supera esa suma ya no es pobre, y  el ‘no pobre’ ingresa de hecho a la clase media. Sin embargo esa cantidad es aún muy insuficiente para costear ciertos bienes y servicios identificadores de la ‘clase media’ mostrados en la publicidad que nos rodea, la cual alcanzaría apenas a la cuarta parte de los hogares. Por otro lado, cualquier eventualidad macroeconómica podría hacer retornar debajo de esa línea de pobreza a cerca de la mitad de ese engrosado sector social. La data del INEI se refiere a la pobreza monetaria - la medición de una cantidad de dinero gastado – pero no a la de un método para medir la pobreza multidimensional, caracterizada por una serie de carencias (gente con déficit de comprensión lectora y léxica,  sin afiliación a un fondo de jubilación privado o público, sin vacaciones, ni electrodomésticos básicos en el hogar, ni infraestructura mínima en el barrio, etcétera), definida por Enrique Vásquez, de la Universidad del Pacífico. Esta medición detectó que en 2011 la pobreza multidimensional se acercaba al 40%.

Si es evidente que los sectores medios se han ampliado en los últimos años, se da a conocer mucho menos la pobreza remanente en el país. Es comprensible, por cuanto debe verse en este fenómeno una revolución general de expectativas, que sin embargo podría trocarse en el aumento y visibilización de las protestas si éstas no son satisfechas. A la cantidad de conflictos abiertos y latentes monitoreados por la Defensoría del Pueblo pudiesen añadirse, de ser así, otros escenarios en las ciudades. Países en crecimiento rápido con demandas sociales rezagadas e insatisfechas viven súbitas llamaradas de violencia: Santiago de Chile, Estambul, Rio de Janeiro. No estoy afirmando que eso ocurrirá, pero sí constatando que los esfuerzos del marketing de consumo mesocrático siembran ilusiones que no corresponden a las capacidades reales del conjunto de la sociedad. Los quince minutos de noticias positivas solicitados por Humala probablemente no lleguen, salvo si tomase medidas de fuerza reprobables.

Los puntos de quiebre en la vida social son generadores de incertidumbre, tanto más álgidos en cuanto no contamos en la actualidad con garantes de la certeza y no terminamos de asumir que, al menos en lo económico, estamos sujetos a riesgos, pues las incógnitas de la globalización nos llevarían a análisis interminables. Desgraciadamente la verdad es siempre más compleja que los titulares de los periódicos y que la fácil seducción de su publicidad. Por eso será que los estudios de ética de la comunicación señalan que si en esta época es deber de los medios dar información consistente, también es obligación del ciudadano estar bien enterado.