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Una publicación de la asociación SER

Porque los pobres tienen derecho a esperar un país distinto

Foto: Mario Tama/Getty Images

A propósito de los 50 años del curso de Teología de la liberación

Carlos Flores Lizana. Antropólogo

 

Hoy vi cómo un bebe de algunos meses tomaba su biberón sobre un triciclo de basura seleccionada, mientras sus padres buscaban dentro de las bolsas de basura que los vecinos dejamos, muy cerca de la capilla de nuestra parroquia. El pequeño fue bebiendo su leche envuelto en el olor agrio y pestilente de todo lo que dejamos los vecinos de nuestro barrio de clase media baja. Digo que esta escena duro un buen rato ya que la madre y el padre iban buscando con las manos, sin ninguna protección, algo útil en las bolsas normalmente amarradas que dejamos a partir de las seis de la tarde.

De rato en rato la madre regresaba al lado del bebe que absorbía con apetito la leche cálida preparada por ella. Poco a poco se fue durmiendo este tierno pequeño que ya parece acostumbrado al mal olor y la porquería.

Los padres fueron avanzando, con vergüenza infinita, su labor humillante de encontrar en nuestra basura algo de comer o para vender. Digo que se los ve humillados, porque cuando los saludé ni si quiera levantaron la cara para mirar quien podría tener el gesto de saludarlos, a ellos que se sienten nada. Casi siempre vienen con gorras que les cubren los rostros, no quieren ser reconocidos, y es obvio ¿a quién le gustaría ser reconocido haciendo lo que hacen? Así, cada noche me encuentro una y hasta dos familias que vienen con sus triciclos a vivir de nuestra basura. Padres e hijos haciendo esta labor humillante para poder comer, vestirse, tener una casa, o mejor una casucha, alquilar, cuidar un predio de otra familia, etc.

Lo  que me desconcierta más aun, es que en este basural, porque no tenemos contenedor ni nada para dejar nuestras bolsas, terminan las brazadas de flores que se exponen por cientos en los altares de la capilla de nuestra parroquia. Los que tenemos costumbre de tener flores en nuestros maceteros sabemos  que las flores cuando se pudren tiene un olor muy desagradable y que automáticamente nos recuerdan los cementerios de todo el mundo. Lo que consideramos  algo tan bello y lo ofrecemos a Dios, se vuelve horrible cuando se pudre y los pobres buscan en esos basurales, para vivir simplemente.

En una buena teología tendríamos que pensar que lo más bello para Dios, es que no hayan pobres entre nosotros y que nadie viva de la basura  que dejamos los que nos creemos muy cristianos. Esta es la verdadera religión que le agrada al Señor “estar cerca de los huérfanos y las viudas, socorrerlos en sus necesidades y guardarse de la corrupción de este mundo” (I de Santiago)

Después de ver muchas de estas noches estas escenas, me pongo a pensar e imaginar donde viven estas familias y sin mucho esfuerzo las imagino en barriadas, de las tantas que hay en esta ciudad que muestra lo que es el Perú, un país con barrios donde sobra la comida  y con barrios donde las familias sobreviven comiendo alimento de perros o aves. Pueblos jóvenes, asentamientos humanos, urbanizaciones populares, barracones, etc donde los pobres no tienen agua  ni desagüe, ni calles asfaltadas, ni áreas verdes, ni luz eléctrica, ni casi nada. Donde hay una posta inaugurada por el farsante de Alan García con solo paredes externas y donde hay dos médicos del servicio público, para trecientas mil personas. No hablemos de puestos policiales, de patrulleros, de videocámaras, etc etc. Allí viven y sobreviven estos condenados de la tierra, donde viven mejor las lagartijas y los alacranes que estos pobres seres humanos, la mayoría descendientes de las poblaciones originarias de este nuestro país, que se enorgullece de ser una de las cinco culturas más antiguas de la humanidad y con razón, pero ignora a los herederos de esa gran cultura.

Mientras voy describiendo esta realidad, que muchos conocemos, pero que no quisiéramos conocer, me pongo a pensar si los pobres no tienen derecho a esperar un país distinto. Claro que sí  y las razones son muchas, entre las principales es que tenemos un país con muchos recursos pero que se concentran en manos de unos pocos que han perdido la compasión y la vergüenza, la capacidad de compadecerse de sus semejantes y que viven de aprovecharse, como personas y familias de los bienes, que pertenecen a todos. Prefieren engordar y lucirse como diría el profeta “como vacas de Bazán” y no compartir lo que han robado o heredado de algún ladrón anterior en su familia, como dice San Juan Crisóstomo.

Cuando se conoce la situación de las familias pobres de Chile y tantos otros lugares donde el capitalismo se ha desarrollado malamente, y vemos la toma de conciencia sobre todo de los jóvenes me pregunto ¿no habrá muchas más razones aquí en el Perú para levantarse y tomar el poder en nombre de los pobres?

Y hablando de motivos para soñar y esperar en un país nuevo, ¿no son millones los que se han robado los cinco últimos presidentes  junto con los empresarios de la CONFIEP, banqueros y otros clubes y organizaciones? Como no pensar en que si no hicieran esas maldades  tendríamos bastante dinero para hacer e invertir en educación, en oportunidades de empleo creativo, en salud, vivienda, agua y desagüe, seguridad, etc. Por eso los pobres y sus hijos tienen el derecho  de esperar un país distinto y no un país donde unos pocos privilegiados lo tienen todo y pueden hacer de todo, y donde hasta las iglesias los sirven y justifican en sus privilegios.

En nombre de esos niños que nacen, viven,  mueren en la pobreza y la miseria, tenemos derecho a no obedecer a las autoridades de todo tipo que gobiernan nuestros países. Por el contrario tenemos el deber  de tomar el poder y organizar la sociedad peruana, en sus distintos niveles e instancias, de otra manera, donde los pobres sean la prioridad, no solo por compasión sino por derecho y justicia.

La vida humana es sagrada y el fin del Estado y la sociedad es ella, nada puede ser más importante ni urgente. ¿Hasta cuándo Caín seguirá asesinando a su hermano inocente Abel? ¿Hasta cuándo los pocos ricos epulones dejaran a los miles y millones de Lazaros que los perros laman sus heridas y morir sin siquiera comer las migajas de sus obesas mesas? ¿No seremos capaces de oír y parar para levantar y atender a los heridos o casi muertos del camino de Jerusalén a Jericó?

Las religiones que no hacen justicia al hermano son falsas, las que justifican los privilegios solo son ideologías perversas e inmorales. “El pan que guardas pertenece a tu hermano”, dice el principio cristiano del amor sin medida a nuestro semejante, y se  puede extender al vestido, la vivienda, las medicinas, el agua, el trabajo, la música, las flores, la educación…

Por eso y por mucho más estamos invitados a amar, a ser felices dando más que recibiendo, compartiendo más que acumulando, liberando más que oprimiendo. En los pobres y en su servicio por amor esta la salvación del mundo y de las Iglesias, los pobres son la Iglesia, servir a los pobres es servir a Jesús y a la humanidad. En el Perú los pobres son fundamentalmente los pueblos originarios de la selva, la sierra y la costa, los afroperuanos, los que no hablan castellano ni inglés, los que chaqchan coca y toman chicha, los que su piel tiene el color de la tierra y el carbón.

La fe y el amor tienen que volverse políticos y así construir un país donde los pobres sean los prioritarios, los privilegiados de todas las leyes, solo así podremos llamarnos humanos y realmente ciudadanos de un mundo nuevo que tenemos que construir entre todos. Solo así seremos esperanza para los pobres, para esos niños y niñas que siguen naciendo retando a nuestra conciencia y nuestro país.