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Una publicación de la asociación SER

Políticas de inter/no/culturalidad

Mientras escribo esta columna el tema limítrofe con Chile sigue acaparando la atención de la prensa  y varios temas aparecen en segundo plano en la escena nacional. Entre estos, destaca la aprobación en el Ministerio de Energía y Minas del Estudio de Impacto Ambiental que autoriza la realización de actividades extractivas para la ampliación del Lote 88 del Proyecto Camisea por Pluspetrol Perú Corporation S.A. [1].   El Lote 88 está ubicado en la reserva habitada por poblaciones de las etnias Kugapakori, Nahua y Nanti –algunos en estado de aislamiento voluntario, otros en contacto inicial. La aprobación del Ministerio de Energía y Minas era de esperarse puesto que el visto bueno ya se había otorgado días antes desde la cartera de Cultura. [2]

En una entrevista realizada en el mes de diciembre, la ministra de Cultura, señora Diana Álvarez Calderón, había dado muestras de un acercamiento diferenciado hacia las formas cómo entiende cultura y “lo cultural”. Quedaba explícito que había una gradiente en su apreciación hacia el tema cultural. De un lado, las manifestaciones de las bellas artes y “cultura viva”  y “el dolor de cabeza” que significaba contar con un Viceministerio de Interculturalidad. Quizás por “deformación profesional” del anterior ministro, se limitó a señalar la ministra entre risas.

Como bien señalan Borea, et.al., la creación de un Ministerio de Cultura en el 2010 se tomó como un “reconocimiento de la importancia que la cultura debía tener en la agenda de Estado y en la construcción de un nuevo modelo de desarrollo social”.[3]   Se enaltece la diversidad cultural como el rostro amable que saluda el desarrollo local mediante programas de inserción laboral y la conversión del lugar (fiesta, territorio, bien) en motivo de interés turístico. Vale decir, que después del llamado “mito de la educación” que cambió la orientación o forma de pensar de pobladores rurales quienes encontraron ahí el ansiado canal de movilización social y ciudadanía, es ahora el turismo que se engrana como una forma vinculante de inserción al mercado. La patrimonialización de fiestas y ceremonias asentadas en conocimientos ancestrales requieren extensos expedientes pero hasta aquí tenemos aquello a lo que la Ministra denota como “cultura viva”. Es decir, los objetos turísticos, exóticos y de vitrina. Pero, ¿los indígenas de carne y hueso? ¿Son acaso feos, sucios, sin cultura? Su sesgo evolucionista queda retratado, ellos son su “dolor de cabeza”. La ya conocida frase de Cecilia Méndez, “Incas sí, indios no” retumba como telón de fondo –en realidad aparece en el cuadro colonial que luce detrás de su fotografía en su entrevista en  Luces de “El Comercio”.

Pero aquí quiero volver al tema de la interculturalidad. ¿Cómo es planteada en la gestión de cultura el tema intercultural? ¿Como rescate de saberes? ¿Dónde queda la interculturalidad como diálogo y propuesta de reconocimiento de unos y otros como ciudadanos en este país?

Son tres los conceptos claves para entender el problema: uno es cultura y lo cultural, lo otro es heterogeneidad, y, por último, el concepto de diferencia cultural. El primero parte de problematizar que cultura no es un todo compacto ni homogéneo y menos atemporal, sino que al verse como una acción en movimiento, es más bien la posibilidad de pensar la manera cómo se construyen las relaciones sociales (nuestras relaciones sociales) en su densidad simbólica. Sobre heterogeneidad permite entender la irrupción del elemento que con su presencia distorsiona lo hegemónico –“el dolor de cabeza”, y bajo diversidad cultural, se entiende los dilemas de identidad en su construcción relacional de pertenencia, de un lado (de sentirse “parte de”) y al mismo tiempo, de diferencia (de sentirse “distinto a”).

Los tres conceptos se engranan en la propuesta de diálogo intercultural como la manera de acercarnos a mirarnos unos con otros en nuestra diversidad y como propuesta también de pensar nuestra democracia. El problema es que aquí chocamos con la densidad histórica de relaciones racializadas y ciudadanías diferenciadas. Al aprobar la ampliación del Lote 88, el Ministerio de Energía y Minas y el propio Ministerio de Cultura están dejando de lado convenios y tratados internacionales que salvaguardan los derechos de minorías, léase Ley de Consulta Previa y los tratados internacionales que protegen el derecho de los pueblos en aislamiento voluntario y contacto inicial.[4]

Vale preguntarnos nuevamente, ¿somos todos iguales y estas prácticas sociales y culturales valoradas de igual forma? O ¿tenemos iguales oportunidades para manifestar nuestras diferencias?  ¿Cuáles son los desafíos o retos que nos presenta reconocernos como iguales? No basta con tener un Viceministerio de Interculturalidad y una cartera de Cultura si lo cultural no forma parte de la plataforma y compromiso político y no es tomado en cuenta en el diseño de políticas públicas inclusivas, más allá de su papel de recurso económico de mercado. No se trata de hacer del otro un ser folclórico para los propósitos y necesidades del mercado de mostrar una diversidad cultural cómoda, y convertir al de carne y hueso en un ser amenazante, que inflige temor en la sociedad, sino de comenzar a mirarnos en esa diversidad. Ya es tiempo de tomar en consideración el Informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación y ver ahí que nuestra guerra interna tuvo un rostro indígena. No se puede seguir colocando tapetes y dar vuelta de páginas y colocar a ciudadanos peruanos en estado de vulnerabilidad. La violencia durante el conflicto armado interno no nos afectó a todos por igual, siempre los más pobres y, por ende, más indigenizados, sufrieron la peor parte. ¿No es hora acaso de intentar pensar que una propuesta como la Ley de Consulta Previa puede de alguna manera resarcir esa parte irresuelta de nuestra historia?

Mi pregunta puede ser naive y hasta de sentido común para quienes asumen, como dice Carmen Ilizarbe [5] , la realpolitik como algo dado y como tema cerrado. Al contrario, creo que mi pregunta se vuelve pertinente ya que los últimos acontecimientos muestran cómo la política del perro del hortelano es lo que impera en nuestra política económica y que la inclusión social vence todas las leyes de la gravedad y es ascendente. Necesitamos retomar la discusión sobre ciudadanía, su existencia real, que muchas veces se torna como un bien escaso y deseado, y a partir de ahí discutir la idea de democracia, de su vigencia e institucionalización.

Notas:

1. http://www.minem.gob.pe/minem/archivos/rd%20035-2014.pdf
2. http://servindi.lamula.pe/2014/01/24/cultura-elige-el-gas-a-la-vida-y-da-estocada-final-a-poblaciones-vulnerables/Servindi/
3. http://tandem.pe/2014/liderazgo-y-politicas-culturales/   
4. Véase Servicios en Educación Intercultural (SERVINDI), “Gobierno peruano amenaza vida y salud de poblaciones indefensas”.  http://servindi.org/actualidad/100005
5. Agradezco los comentarios de Carmen Ilizarbe