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Una publicación de la asociación SER

Para vivir tranquilos

Consensos y grietas de la memoria chilena de la post-dictadura

Hay veces en que siento que desde el Perú se mira la experiencia chilena de la post-dictadura como un ejemplo de cómo (con)vivir con memorias de experiencias traumáticas, como lo fue, en nuestro caso, la dictadura militar de Pinochet. Es como si supiéramos cómo hacer las cosas, cómo construir un consenso. Quizá sea porque el golpe de Estado ocurrió hace 43 años y porque hace más de veinte que regresó la democracia a este país.

Posiblemente esta sociedad haya construido ciertos consensos, ciertas “verdades” que son consideradas como tales por la gran mayoría de los chilenos –por lo menos en el espacio público-. Me refiero a la existencia de detenidos desaparecidos, a que lo que ocurrió el 11 de septiembre de 1973 fue un golpe de Estado que quebró una de las “democracias” más estables de Latinoamérica, a que se violaron los derechos humanos y a que Pinochet fue un dictador.

Sin embargo, no estoy muy de acuerdo con esta opinión. Creo que cada cierto tiempo ocurren sucesos que evidencian las grietas del consenso construido. Hay momentos en que esas “verdades” consensuadas se quiebran y afloran memorias que se encuentran guardadas bajo siete llaves en los espacios privados. Son momentos en que esas “verdades” se hacen inaguantables y permiten que afloren (como sucede en una olla de presión) las reales memorias de ciertos grupos. Es así como leo lo que ocurrió hace unos días en la comuna de Providencia, de la ciudad de Santiago.

Los habitantes de un edificio que está emplazado en el lugar donde antiguamente se ubicaba el colegio Latinoamericano (donde estudiaban buena parte de los hijos de exiliados que habían podido regresar al país o los hijos de opositores al régimen militar) manifestaron su rechazo a la construcción de un memorial en las afueras del inmueble. El sustento para el emplazamiento de dicho memorial es que en 1985, fueron detenidos dos militantes comunistas (uno profesor del establecimiento y otro apoderado del mismo), quienes fueron torturados y degollados por agentes estatales. Este es uno de los casos emblemáticos de violación a los derechos humanos y ocurrió durante la dictadura de Pinochet (Es más conocido como “caso degollados”).

Los vecinos del edificio dicen estar en contra de la iniciativa municipal –que acogió la propuesta de la organización Ciudad Elefante, agrupación de familiares de las víctimas y de personas ligadas a la recuperación de la memoria- debido a que, como se señala en el periódico La Tercera, el memorial les quitaría parte de un área que ocupan como antejardín (pero que es parte de la vía pública); también porque las luces que se serían instaladas apuntarían hacia arriba y podrían iluminar los departamentos por las noches; también temen las manifestaciones que se podrían realizar en el espacio, además de las que año tras año se llevan a cabo, cada 29 de marzo, fecha en que los militantes comunistas fueron secuestrados.

Resulta muy interesante prestar atención a lo que señala una de las dirigentas del edificio Espacio Los Leones, quien dice, como el mismo medio trascribe: “Queremos vivir en el lugar tranquilo que elegimos, por el cual pagamos bastante, sin que esté asociado a alguna arista política, de derecha o izquierda. Pienso que esto devalúa nuestra inversión y que hay otros lugares más apropiados”. Además, la misma líder expresa su molestia por el uso de recursos municipales para tal iniciativa, siendo que existen “necesidades más urgentes”.

Creo que hay dos elementos interesantes de resaltar: Aunque en un momento la dirigenta intenta desmarcar su posición de alguna tendencia política, sus dichos justificadores de su postura están teñidos de un discurso precisamente político. Expresan querer vivir en un “lugar tranquilo”, y por el que señalan haber pagado “bastante”. Parecerían querer decir que no quieren saber nada de rememoraciones, de memorias, de espacios que busquen mantener recuerdos que aún buscan verdad y justicia. Es como si recordar fuese lo contrario a la tranquilidad.

Más me llama la atención el argumento respecto a la existencia de “necesidades más urgentes”. Es como si no fuera importante, para la construcción de un país democrático, fundar sus pilares en una cultura de respeto a los derechos humanos, en el conocimiento de la verdad y la memoria y en la justicia.

Pareciera ser que levantar un pequeño memorial al frente de sus casas, un memorial que les recuerde todos los días una dictadura, que parte de la sociedad chilena aún apoya y justifica, hace intolerable las “verdades”, y expone las grietas del consenso público, haciendo surgir esas memorias que se ocultan y se silencian. Este hecho hace queme pregunte: ¿Qué tan sólidos son los consensos, esas “verdades” de las que hablaba al inicio de este texto? Pareciera que son “verdades” a medias, memorias incómodas, y que frente a ellas, no hay nada mejor que dar vuelta a la página, para así vivir “tranquilos”.