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Una publicación de la asociación SER
Socióloga, analista política y de género.

Para ustedes, lo que yo no tuve

Foto: Twitter Paco Trujillo

Entre las impresionantes imágenes que nos dejó el 8 de marzo alrededor del mundo, hay una particularmente emotiva: la de una anciana manchega con un letrero que decía “Lo que no tuve para mí, que sea para vosotras”. Con el pelo blanco y el rostro marcado por las arrugas, esa anciana expresaba la solidaridad de quienes han salido a las calles exigiendo derechos que ya no podrán gozar plenamente. En nombre del disfrute que no les fue concedido, de las carencias que las marcaron, de las palabras y oportunidades negadas. Por sus hijas, sus nietas, sobrinas, vecinas, y por aquellas niñas que ve jugar frente a la casa. Por sus sueños recortados.

En su pueblo de Puertollano (España), como acá, en Lima, y en otras ciudades del Perú y de todos los continentes, las marchas han sido colmadas por mujeres de distintas edades, pero sobre todo por jóvenes. Una suma intergeneracional de mujeres.

En pocas décadas, las mujeres hemos visto cambios vertiginosos en nuestras vidas. Mi abuela nació sin derecho al voto. Aun cuando terminó siendo cabeza de familia, no fue sino hasta que sus cuatro hijos fueron adolescentes, después de varios años trabajando para mantenerlos, que pudo ir a votar por primera vez. En la generación de mi madre, no era tan usual que las mujeres fueran a la universidad o incluso siguieran una carrera técnica no relacionada con “tareas propias” a su sexo. Su formación superior quedó trunca. La mía, de igualdad de oportunidades aparentemente alcanzada, ha vivido bajo los sutiles mandatos de la “costumbre” y lo que Bourdieu denominara “expectativas colectivas” sobre lo que deben y no deben hacer mujeres y hombres. Sin embargo, aún me queda en la memoria al profesor de primero de primaria que pretendió que yo no leyera la Biblia en la misa, por ser mujer. Pertenecer a la primera promoción mixta de un colegio que sólo tuvo estudiantes varones por casi un siglo, me llevó a toparme con esa expresión del pensamiento patriarcal en estado puro. Aunque fue rápidamente corregido, me dio en la cara con el mensaje que en esa época era sentido común: las niñas no teníamos igual valor que los niños. En esa época de cambios en que me tocó estudiar en el colegio, me topé también con otras restricciones simbólicas. Por ejemplo que, aunque lo mío eran las carreras de fondo, nunca pude competir en la inter escolar más allá de los 600 metros, pues para ADECORE aquello no era cosa de señoritas. (Dicho esto, quisiera acotar que en mi colegio, de modo inusual para aquella época, recibí el estímulo para desarrollar un espíritu crítico).

La generación de mi hija ha reaccionado en las calles con furiosa indignación frente a la violencia de género que hoy las coloca como principales víctimas potenciales. Manoseos, burundanga en las discos, miedo ante un silbido, son sólo expresiones de una violencia amenazante que a veces acaba con la propia vida. Siempre existió, pero a nosotras nos enseñaron a tener que lidiar con ello. A cuidarse, como quien se cuida de otros peligros de la naturaleza. Cosas de la vida.

Esas nuevas generaciones se vuelcan a las calles, mostrando su firmeza, creatividad, indignación, pero también su alegría por pertenecer a una comunidad que exige acelerar los cambios.

Y ahí estuvimos, en la marcha del viernes, mujeres tan diversas. Desde una anciana llevada en silla de ruedas, hasta otras de mediana edad y sobre todo jóvenes y adolescentes, así como algunas niñas con sus madres e incluso una bebé, cargada por su padre. Esa solidaridad de género por lograr para las que vienen lo que una no ha logrado alcanzar plenamente, es la fuerza emocional del feminismo actual.