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Una publicación de la asociación SER

Nuevas apuestas

Los resultados del domingo han traído pocas sorpresas para las izquierdas. Quizás entre las más notorias está la sonora victoria de Gregorio Santos, con casi 50% de los votos, y el desplazamiento de Susana Villarán, en Lima, de la segunda a la tercera posición. Mientras que en el caso regional se celebra y festeja, en la capital lo que abundan son recriminaciones y críticas.

En el caso de Lima, algo que no habría que olvidar es que más allá de la coyuntura excepcional que llevó a Villarán a ganar en el 2010, los años anteriores habían sido muy poco amables con las izquierdas. En el 2006, el último proceso electoral que se disputó, estas no obtuvieron ni 2% a nivel nacional, y en Lima alcanzaron, en conjunto, el 1.47% de los votos. En las elecciones municipales de ese mismo año, los dos candidatos que, por trayectoria individual, podían ser ubicados a la izquierda obtuvieron menos de 7% de los votos de los limeños. Así que, puesto en perspectiva, se podría decir que el gobierno de Susana Villarán fue una coyuntura que podía catapultar a las izquierdas a un lugar completamente distinto a aquel que tenía hasta antes de su elección. Es obvio, por los resultados, que el gran salto no fue posible, pero tampoco se ha regresado a las marginales posiciones decimales de anteriores elecciones. En Lima, por lo menos, estamos frente a un nuevo piso.

En el caso de Goyo Santos, sus resultados indican un crecimiento sostenido desde las elecciones de 2006, donde quedó en segundo lugar con un 13.84% de los votos, pasando por las del 2010, en las que triunfó con un 35%, y hasta su actual reelección, con casi la mitad de los votos válidos. Sin embargo, así como la coyuntura que explicó la victoria de Villarán en el 2010 fue única, también es singular la reelección de Goyo. El líder del MAS ha sido protagonista indiscutible del conflicto social más importante de lo que va del gobierno de Humala y ha sabido encarnar correctamente la animadversión de un pueblo frente a una empresa minera como Yanacocha.

Fuera de la región Cajamarca, en el resto del mapa electoral, las izquierdas tienen poco que mostrar. Las excepciones han sido, por un lado, algunas pequeñas localidades ubicadas en lugares  donde se viven fuertes conflictos extractivos y, por el otro, el importante resultado conseguido por Zenon Cuevas en la región Moquegua. A partir de este panorama: ¿cuáles son los aprendizajes hacia adelante? A mi modo de ver son por lo menos tres. El primero es que, como lo mencioné en mi artículo anterior, la política de las formas no puede ser el eje sobre el cual se asiente el proyecto futuro de las izquierdas.  Uno de los datos del domingo es que las nuevas formas de hacer política no ganan elecciones y ni siquiera garantizan una ubicación decorosa. Lo demuestra el caso del PPC, que luego de unas estupendas elecciones primarias abiertas que dividieron al partido, ha tenido su peor resultado electoral en varias décadas. Así pues, la política de las formas no reemplaza la estrategia. En segundo lugar, queda claro también que el discurso de la honestidad y la transparencia tampoco pueden ser los ejes de una campaña o de un proyecto político de largo plazo.

Obviamente, esto no quiere decir que no se ejerza la política cambiando los procedimientos y las instituciones al interior de los partidos, ni que se deje de lado estas virtudes cívicas. Sin embargo, ni una ni otra pueden reemplazar el norte estratégico de un proyecto cuyo propósito central es producir una transformación (más o menos) radical del pacto que gobierna el Perú.

Dicho esto, creo que hacia delante conviene formular una nueva apuesta estratégica. Una primera posibilidad es observar los datos de la elección de Santos y pensar que la estrategia correcta pasa por encarnar o representar los conflictos extractivos que vayan surgiendo en el país. Me parece que esa postura tiene por lo menos dos problemas. El primero es que este esquema de construcción puede terminar por volver local o, en el mejor de los casos, regionalizar a aquellas organizaciones políticas que lo tomen como eje. Es decir, nada garantiza que la lucha local contra un proyecto extractivista permita el pase al escenario nacional. Vinculado a lo anterior, hay que tomar en cuenta la topografía de la sociedad a la que se busca representar, en su mayoría urbana. Por lo tanto, apostar como eje de construcción por escenarios de enclave, por un lado, y  que involucran a segmentos poblacionales más pequeños, por el otro, puede ser suficiente para desarrollar una organización regional, pero tengo la intuición que no garantiza el salto a la escena nacional. Además, mirando el barrio regional, Ecuador y Bolivia demuestran los límites y tensiones que genera la lucha antiextractivista cuando se gobierna un país.

Personalmente propondría otra ruta: Durante mucho tiempo, la izquierda bajo la cual crecí tomó como una de sus certezas la idea de que la construcción política pasaba por la sumatoria de las luchas que existían en la sociedad. Es decir que reclamos de tamaño diverso podían agregarse y generar un gran reclamo que produjera un movimiento capaz de ganar (no quedaba claro bajo esta visión si ganar el poder estatal o lograr un cambio del orden general de las cosas). Ya pasados algunos años de ese debate, creo que existe otro camino, y es el de pensar una estrategia que parta de lo universal más que de lo particular; es decir, no de juntar demandas, sino de construir, de proponer una gran partición en la sociedad.

El neoliberalismo hace mucho apostó por una incorporación precaria de diversos sectores sociales al proceso de modernización del país. Se trata de montarse sobre esa propuesta de sociedad y contraponerla a otra; en suma, proponer un proceso de incorporación distinto. Eso, si se quiere un desplazamiento desde las vertientes más posmodernas de la izquierda hacia la construcción de una izquierda popular, capaz de ofrecer un proyecto de país a las mayorías.