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Una publicación de la asociación SER

No supimos dar la cara


"Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra
traspasado por un rayo de sol:
y, de pronto, anochece".
Salvatore Quasimodo


El fino poeta italiano ha resumido en tres versos lo que los seres humanos vivimos con, tal vez, excesiva frecuencia: en medio de la paz y del bienestar, de la luz, de la alegría y de la felicidad que nos embarga, acontece una mala noticia, sobreviene un fracaso, una caída, una traición, una enfermedad... el fin. Esa es la gran verdad que los clásicos griegos trataron de dibujar en sus tragedias. Al verlas y reconocer que la representación imitaba a la realidad, los espectadores tenían un choque emocional que los llevaba a compadecerse por la suerte de los protagonistas, y en el siguiente instante pensaban y temían que esa suerte también estuviera reservada para ellos. Eso producía un desborde emotivo y luego una efusión, es decir, una catarsis.

A ella creo que se refirió el gran Haendel luego de escuchar la ovación que recibió en reconocimiento por su primer Concerto Grosso: “Me gustaría, no sólo haberlos entretenido, sino haber despertado en ustedes el impulso de ser mejores”.

Los artistas tienen el don de hacer visibles o eternos o importantes esos instantes fugaces de la gloria o la desgracia, de la alegría o la pena, del esfuerzo o la rutina; de lo pequeño, de lo invisible, lo disminuido, lo intrascendente, lo devaluado. Allí está el fuego que han robado a los dioses: en esa capacidad de hacernos vivir intensamente esos instantes. Para aprender de ellos, para volver sobre ellos, para reflexionar. Para volverlos a sentir de otra manera, luego de haber pasado apresurados sobre ellos, sin percatarnos que estaban allí. Una melodía, unos versos, un enfoque fotográfico, una pintura, una narración, un diálogo, una moldura. Una chispa que desata un incendio interior o una película de recuerdos o de proyecciones atópicas que segundos antes hubiéramos sido incapaces de imaginar y que deja marcas indelebles en nuestra alma. Marcas que nos dan otra identidad y que nos dicen que valemos, que subraya nuestra pertenencia a la manada, pero también nuestra calidad de héroes amables y bienintencionados.

El  filósofo Heidegger, en el único texto que escribió sobre la plástica, contemplando unos zapatos de campesino pintados por Van Gogh, dice que la obra de arte además de producir una emoción estética también puede llevar a la verdad que encierran las cosas. En cambio, Bertold Brecht rompe con la estética aristotélica y propone un teatro épico que no imite a la vida ni recurra a mover los sentimientos del espectador, sino que apele a su razón para criticar la realidad de opresión social que vive y postule su compromiso político.

Ahora bien, la última generación de artistas plásticos peruanos, la que cuajó en la lucha democrática post Bagua y en defensa de las lagunas de Conga y que se manifestó en la exposición “¿Y qué si la democracia ocurre?” [1] se ha propuesto enfrentar el problema de la construcción de una memoria colectiva del conflicto armado interno cuando los actores políticos y las gentes del común quieren olvidar, censurar, reprimir, ocultar, no enjuiciar a una parte de los culpables o perdonarlos. Pero, ¿cómo enfrentarlo en medio de la popularidad que tiene entre las generaciones jóvenes, la antiestética de los zombies, los videojuegos y la banalización de la muerte a que nos ha conducido la cultura imperialista y que como borregos reproducen nuestra televisión y nuestro cine?

Entre estos artistas quiero llamar la atención sobre los grabados y dibujos de Santiago Quintanilla Flores. Al parecer, alejada de la impronta aristotélica y romántica que buscaban la catarsis, pero distante también de la brechtiana, su temática puede ser chocante y hasta repulsiva para algunos, por lo que muestra o por lo que insinúa, asocia o desata más allá de lo evidente. Porque nada bello expone. Por el contrario, pone el dedo en unas llagas que aún no han sido cerradas. Y eso duele. O subleva y encoleriza, es decir, desata pulsiones básicas de nuestra humanidad. Sus grabados arriesgan, pues van a contracorriente de lo que le gusta a la gente o de aquello considerado política y estéticamente correcto.

Comentando trabajos del artista que fueron presentados en noviembre del 2012 en la galería de Petroperú, Gustavo Buntinx dice: “Ese triunfo eterno del engaño en la política, pero sobre todo ese desgaste de las palabras, esa inversión del sentido, esa malversación simbólica, es lo que la irrupción adolescente de las imágenes escenifica y denuncia con gran efecto.”[2]  Para Víctor Vich,en las carátulas de los diarios con nefastas noticias intervenidas por el artista, “la historia deja de ser historia y se convierte en un permanente presente. La ficción deja de ser ficción y aparece retratada en su más burdo realismo. Estas serigrafías afirman que realidad y ficción se han vuelto poco distinguibles y ahora son casi cómplices entre sí. Con humor y desgarro, las imágenes afirman que vivimos en la sociedad del espectáculo y que el exceso y el horror superaron en el Perú, todo límite imaginable.”[3]

Ese año Quintanilla presentó su proyecto “Releyendo evidencias del terror. Naturaleza muerta: el poder simbólico del objeto”, que tiene entre sus componentes quince aguatintas que reproducen otras tantas máscaras que fueron usadas por distintos protagonistas durante el conflicto armado. “No supimos dar la cara” es el título que las agrupa y el que les da sentido. Allí están  pasamontañas, pañuelos, capuchas, antifaces, máscaras antigás, lentes oscuros. Objetos que aislados podrían formar una colección, pero cuyo rótulo da cuenta del uso que les dieron los sujetos ausentes para ocultar o disimular su identidad, esconderse detrás de ellos, para no ser reconocidos posteriormente por las víctimas o los eventuales testigos.

Al ver esas máscaras alineadas, presididas por el rótulo “No supimos dar la cara”, pareciera que el autor sugiere que ellas están reflejando a los espectadores y también a los peruanos, y que el enmascaramiento como actitud permanente frente a los otros es característico del ser peruano. Entonces, uno se pregunta si las relaciones de poder a lo largo de nuestra historia –conquista, esclavismo, servilismo, gamonalismo- nos han construido como seres disminuidos, opacos, oprimidos, temerosos y huidizos, incapaces de dar la cara, de reclamar, de enfrentar los problemas o a los adversarios. Irrumpe, entonces, el recuerdo de González Prada y su denuncia del infame pacto de hablar a media voz.

La ironía implícita en el rótulo desnuda a los llamados combatientes de uno y otro bando, porque más allá de los grandilocuentes discursos sobre el valor, la revolución o la defensa de la patria, a la hora de la verdad se escondieron detrás de una máscara. Y entonces uno piensa que el autor le está dando la razón a Heidegger: viendo sus máscaras uno descubre una verdad profunda sobre los discursos de los guerreristas de ayer y hoy, de occidente y oriente, de izquierda y de derecha: que no son más que poses de cobardes.

Mas, en el uso del plural del título (“No supimos”) hay también una especie de autocrítica, aunque el artista fuera un niño a lo largo del conflicto armado. Recusando vivir en una torre de marfil, pero, también, estirar el dedo acusador contra las generaciones mayores, o la cómoda posición de un “juez sin rostro” del fujimorismo, Quintanilla se asume como parte de una colectividad que ha sufrido, pero también con algo de responsabilidad en la actuación de hombres armados que fueron Caínes cobardes. Y postula el revés de la trama, el contrapunto, el negativo de la historia: si queremos ser una nación, debemos aprender a dar la cara. A dejar la manada de las barras bravas, el escondite de las lunas polarizadas, la protección de la secta o del club, la vara del padrino, el chisme fácil, la coima, el racismo y su hermano clasista.

En un extenso diálogo con Hubertn Dreyfus y Paul Rabinow, un año antes de su muerte, el gran psicólogo francés Michel Foucault lamentaba que el arte en nuestra época “se haya convertido en algo que sólo se relaciona con otros objetos y no con los individuos o con la vida. Tal arte es algo especializado o producido por expertos que son artistas”. Hago votos para que Santiago Quintanilla y su generación lo desmientan.

Notas:

 1. En noviembre de 2012 fue publicado un libro con el mismo título y que da cuenta de la exposición de 36 artistas realizada entre el 15 de marzo y el 20 de junio de ese año. Estuvo bajo el cuidado editorial de Miguel A. López y Eliana Otta, con el auspicio de la Galería 80 m2.Entre ellos figuran los trabajos de Nancy La Rosa, Natalia Revilla, Sergio Abugattás, Claudia Denegri,Otta, MusukNolte, MijailMitrovic, Christians Luna y Guillermo Valdizán. Contiene, además, 40 textos de intelectuales y artistas de otras generaciones. Un dibujo de Quintanilla perteneciente a la serie que aquí se analiza figura en la contraportada.

 2. Anamnesia. Retornos fantasmáticos de la violencia. Gustavo Buntinx y Victor Vich editores. Ediciones Copé, Petroperú, 2012, p. 14. El libro presenta los trabajos de Rudolph Castro, Claudia Martínez Garay y Quintanilla. De éste presenta tres series de serigrafías, entre ellas “Lo mejor está por venir: Historia gráfica de Lima y sus desastres 1983-2007” que es una serie de 28 serigrafías de otras tantas noticias de la prensa limeña, intervenidas con personajes y onomatopeyas de los cómics y los anime.

 3. Ibid. p. 38