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Una publicación de la asociación SER

No se olviden de los derechos humanos

El 12 de diciembre, se firmó en París un acuerdo importante sobre el futuro de la vida, sobre la conservación de las especies y nuestra propia supervivencia en el planeta. Fue histórico, sí, porque, por primera vez, los 195 países ahí reunidos aprobaron, a través de sus representantes, el acuerdo final; pero utópico también, porque a simple vista, era motivo de júbilo y festejo mundial, pero a quienes observábamos de lejos y esperanzados los resultados de la COP 21, la realidad nos abofeteaba a medida que leíamos el documento final que arrojó dicho encuentro. 

El cambio climático no es un invento de hippies alarmistas, y no es un pretexto para impedir el crecimiento económico de los países en desarrollo. El cambio climático lo vivimos hoy y lo podemos corroborar a diario, cada vez que decimos “qué raro el clima” o “el clima está loco”, o cada vez que se extingue una especie en el planeta, aunque esto último no te importe.

El cambio climático es la peor amenaza a todas las formas de vida en el planeta, y vergonzosamente, el origen de todo este caos es antropogénico; es decir, producto de la actividad humana. Los gases de efecto invernadero, como el metano (CH4, debido al incremento de la actividad ganadera y al crecimiento urbano), el óxido nitroso (N2O), el ozono troposférico (O3, que se produce con la quema de combustibles fósiles a nivel del mar y es nocivo para la salud), los halocarburos (CFC) y el famosodióxido de carbono (CO2, el más abundante, producto del uso de combustibles fósiles y de la deforestación) capturan y retienen los rayos solares, provocando así un calentamiento global acelerado. La rapidez de este calentamiento produce cambios en el clima, altera las corrientes marinas y eleva el nivel del mar, todo lo cual provoca diferentes desastres naturales el y deshielo de los polos. De este modo se pone en riesgo la vida de todos los seres vivos, incluyendo a los seres humanos, que somos una especie más y no la única.

Esta puesta en riesgo atenta contra la Declaración Universal de los Derechos Humanos y viola nuestros derechos fundamentales, plasmados en nuestra Constitución. La relación entre el cambio climático y los derechos humanos es simple: El primero tiene un impacto directo en el segundo, ya que limita el goce efectivo de nuestros derechos. Todos los desastres naturales, producto del cambio climático, ponen en riesgo nuestro derecho a la vida, a la alimentación, a la salud, a la identidad cultural, a la libre disposición (pueblos indígenas), al trabajo (escasez de recursos = escasez de trabajo) y a no ser objetos de discriminación. Además, la deforestación y el consumo desmedido de los recursos naturales ponen en riesgo nuestra resiliencia frente a los cambios futuros.

Sin embargo, este acuerdo de París, lejos de ser un documento exigente y de mano dura, es un documento voluntarioso y chancero, que estipula que cada país realizará “esfuerzos de acuerdo a sus capacidades”. Pero ya hemos demostrado, a lo largo de la historia, que los humanos no tenemos ninguna voluntad, ni queremos esforzarnos por un bien común. Es más, este documento no contempla sanciones contra los países que incumplan sus objetivos sobre emisiones; sólo existe una mera y súper flexible normatividad de transparencia. ¿Qué seguridad tienen nuestros pueblos indígenas de sobrevivir con esto? ¿Qué posibilidades de vivir les damos a las generaciones futuras?

Han pasado 21 años, 21 COPs, y lo único que les demostramos a nuestros hijos e hijas, es que el factor monetario prima frente el derecho de vivir de todas las especies; y que a nosotros y nosotras nada nos importa.