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Una publicación de la asociación SER

No podemos quedarnos quietos

Ha pasado casi un mes desde que salieron los “CNM-audios”, “Gorriti-audios” o “audios de la vergüenza”. No importa cómo los llamemos, lo importante es que son registros virtuales de nuestra realidad, cuyos protagonistas son los administradores de justicia en nuestro país. Si bien es cierto que para algunos ha sido la comprobación de una realidad conocida, no deja de asombrar la crudeza y procacidad de personajes que suelen presentarse como probos o intachables.

Lo más frustrante es la confirmación de que el Estado peruano ha sido tomado por la corrupción en casi todos sus extremos. Es la corroboración de que “la pus saltará” de cualquier forma y en cualquier lugar.

De acuerdo al Latinobarómetro del 2017, la corrupción en el Perú es el segundo problema con el que tenemos que lidiar a diario. La percepción sobre este asunto no es ajena a nuestros compatriotas porque es parte de nuestras relaciones cotidianas. Lo que asusta es que a pesar de esa conciencia las reacciones sean desde tímidas hasta complacientes. No lo olvidemos, la corrupción es fuerte y se fortalece principalmente gracias a la inacción ciudadana.

Sería injusto echarle toda la culpa a la parsimonia de nuestros compatriotas. Podemos crear todos los mecanismos o portales de transparencia, promover campañas de sensibilización, promocionar mediante memes o cualquier medio electrónico para la lucha contra la corrupción pero no pasa nada si es que el Estado no cumple su rol de fiscalizar o sancionar a los tramposos. Citando al presidente Vizcarra, los órganos de fiscalización y control de las instituciones que administran justicia en el país no han hecho bien su trabajo. Y esto nos ha dejado a merced de mafias infiltradas en el Poder Judicial y la fiscalía.

No podemos ser ciegos y creer que “no pasa nada” o que todo “pasará pronto”. La lección de la temporada de audios es que no hemos aprendido nada desde los “vladivideos” y los “petroaudios”. Y, aunque suene exagerado, nuestras instituciones están en decadencia moral. No son confiables. No existe predictibilidad. Incentivan la corrupción. ¿Cómo confiar en los organismos del Estado si quienes deberían velar desde la fiscalización han fracasado en su trabajo? ¿Cómo podemos pretender considerarnos civilizados si las instituciones que sustentan la democracia han mostrado estar tan erosionadas por delincuentes con títulos honoríficos?

Sin embargo, es en estos momentos en que no debemos perder la esperanza en nuestra capacidad de indignación. Sin esta, no hubiese sido posible derrotar al régimen corrupto de los años noventa. Pues bien, esa gesta nos puede incentivar que el poder lo tenemos en nuestras manos, en nuestros comentarios en voz alta, en nuestras acciones en contra de los enemigos de nuestra vida democrática, en el voto responsable.

No lo olvidemos, toda democracia es perfectible. Pero esta perfección solo se logra cuando quienes se benefician de sus bondades y la reconocen como el mejor sistema para vivir se convierten en protagonistas de su cambio. Ser ciudadano significa responsabilidades. Por lo tanto, somos responsables de nuestro país y su sistema democrático en donde los audios han develado el ataque desde intereses particulares y delincuenciales. No podemos quedarnos quietos.