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Una publicación de la asociación SER
Antropólogo con maestría en ciencia política.

No está cerrado el camino de la paz

Los resultados del plebiscito del domingo pasado sorprendieron tanto a sus partidarios como a sus críticos. Con una ajustada diferencia, en medio de un gran ausentismo, la mayoría rechazó el Acuerdo de Paz suscrito entre el gobierno y las FARC-EP. Diversos analistas han intentado explicar las razones del triunfo del No y no voy a detenerme en ello en estas líneas. Prefiero, más bien, explorar las posibilidades que se abren a partir de la decisión del fin de semana.

Mi planteamiento principal - mezcla de razonamiento y anhelo - es que el camino a la paz no está bloqueado. Si bien no es posible continuar con la trayectoria que había sido diseñada, mi impresión es que ese camino se ha alargado, pero no interrumpido definitivamente. Son dos razones que me llevan a esta conclusión: la intervención de la política y la fuerza de la sociedad civil.

Recuerdo ahora que el proceso mismo de negociación atravesó distintos momentos críticos, algunos de ellos pusieron en juego la misma continuidad de los diálogos. De todas estas crisis se pudo salir con una mezcla de voluntad, diplomacia y política. Apenas conocidos los resultados, la política ha tomado rápidamente la escena: el Presidente Santos informó que mantendrá el cese al fuego e invitó a la oposición a dialogar; los líderes guerrilleros reafirmaron su voluntad de seguir buscando la paz; y el ex Presidente Uribe llamó a un acuerdo nacional. Estas primeras declaraciones no declaran cerrado el proceso y dejan abierta la posibilidad de retomarlo sobre la base de nuevos acuerdos.

El efecto inmediato es que el escenario de la negociación se ha ampliado al incluir a los opositores radicales al proceso que, con el derecho que le otorgan los votos, pondrán sus puntos de vista sobre la mesa. Hoy, la trayectoria resultante permanece aún en la incertidumbre y dependerá de las decisiones que adopten los actores políticos. Varios escenarios son posibles. El primero es que el uribismo mantenga posturas fijas respecto a aquellos aspectos del acuerdo que han cuestionado en los meses pasados, que esta pretensión no sea aceptada por la guerrilla y que el gobierno sea incapaz de acercar estas diferencias. En este caso, mas tarde o más temprano se desactivaría el proceso de desmovilización y se volvería a la confrontación armada, con la secuela conocida de víctimas y dolor. Para evitar este derrotero es necesario frenar los arrestos intransigentes de un sector del uribismo.

Otro escenario posible es que los planteamientos del No abran un nuevo ciclo de negociación, y que tanto las FARC-EP como el gobierno acepten nuevas concesiones en favor de una salida definitiva. Esto requiere que los opositores al Acuerdo expliciten con claridad sus propuestas, y acepten defenderlas y discutirlas directamente en la mesa de negociación. En este campo se espera más claridad por parte de los partidarios del No. Uribe apenas ha hilvanado algunas propuestas alternativas, con la paradoja que al menos dos de ellas ya estaban incluidas en el acuerdo rechazado. Tampoco se sabe si las FARC-EP aceptarán volver a tratar temas en los que ya habían efectuado concesiones para rebajarlas aún mas. De las habilidades para el diálogo y la negociación entre las distintas partes dependerá que este escenario mantenga alguna posibilidad.

Ante esta disyuntiva empiezan a resonar nuevamente la propuesta de convocar a una Asamblea Constituyente como mecanismo para lograr un acuerdo político. Esta opción ya se ha usado en Colombia luego de la desmovilización del M-19 y dio lugar a la garantista Constitución de 1991. Curiosamente son los extremos - guerrilla y Centro Democrático - los que han planteado esta posibilidad, sin duda buscando no solo consolidar un acuerdo de paz sino también incorporar otros temas propios de su agenda política.

Además de las decisiones que adopten los líderes políticos no puede soslayarse la fuerza de amplios sectores de la sociedad civil colombiana que mantienen una voz activa en favor de una salida negociada al conflicto. Su presencia y activismo han instalado la idea de la necesidad de la paz, a tal punto que el uribismo tuvo que replantear su inicial oposición radical al proceso para pasar a la lógica de "paz, pero no así".

En este escenario social resalta la voz de las víctimas del conflicto (de todas, no solo las víctimas directas de las FARC-EP) que en su gran mayoría apoyaron el acuerdo y han mostrado una gran dignidad en múltiples actos de perdón y reconciliación con sus victimarios. Después de los resultados del plebiscito, son ellas las primeras en demandar que se continúen los esfuerzos por lograr la paz. Esta profunda llamada ética de quienes sufrieron directamente el horror de la violencia debe ser atendida por quienes se sienten ahora a negociar, como lo fue en la etapa anterior de los diálogos sostenida en La Habana. Nunca antes en el mundo las víctimas estuvieron tan presentes ni marcaron tanto una negociación de este tipo. En el curso futuro que tome este proceso sus voces tendrán que ser nuevamente escuchadas para que el resultado no sea un acuerdo entre élites sino que se base en la comprensión de las expectativas de quienes más sufrieron con esta guerra.