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Una publicación de la asociación SER
Periodista y escritor. Con interés en la política y la cultura

Netflix y Cien años de soledad

En los últimos años, Netflix ha sido un boom en el campo del entretenimiento. En tiempos de dedos ágiles y piernas flojas, es una alternativa para ver series y películas sin moverse de casa. Uno puede poner pausa si lo necesita. Su producción emblemática del último lustro ha sido Black Mirror. Curiosamente, esta serie advierte del peligro de los abusos de la tecnología.

Para satisfacer al público latinoamericano, Netflix ha producido series como Narcos o El Chapo, que han tenido gran audiencia. Al respecto, el investigador argentino Ezequiel A. Rivero afirma en su artículo “La codicia de Netflix”, publicado en el diario Página 12, que “la alta promoción” de estas producciones “generó suspicacias en relación a la línea editorial que la empresa estaba gestando en su retrato” de la región latinoamericana. Un dato que menciona Rivero es que “de los 90 títulos que aportan los siete países de América Latina y el Caribe” al catálogo de Netflix, “30 abordan temáticas vinculadas con el crimen organizado, el narcotráfico, la corrupción política y la violencia social”.

Es cierto que Netflix también da cabida a trabajos como La noche de los doce años, documental sobre la dictadura uruguaya de 1973 a 1985. Pero el hecho real es que la mayoría de sus productos tienden a repetir el patrón de Hollywood: los buenos contra los malos, la moral del bien se impone. Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz en plena dictadura argentina, decía hace unos meses que el 90% de películas que vemos los latinoamericanos proceden de Hollywood; y que eso también influye en nuestro pensamiento social y político. Esa influencia también se hace notar en Netflix, pues las preferencias de los consumidores tienen ese imaginario previo, lo que ayuda a que los algoritmos reproduzcan “recomendaciones” para ver. En conclusión, Netflix solo produce series de moda aparentemente justicieras que no incomodan al establishment.

Por ello, Rivero advierte que “aunque se muestre impredecible, azaroso y logre enredarnos por horas en su amigable interfaz en la búsqueda o visionado de contenidos, Netflix sí sabe lo que te va a tocar”. También recuerda que es “una empresa de medios audiovisuales que toma decisiones editoriales, tiene ideología e influye en la formación de opinión pública”.

Es importante señalar esto, pues hace pocos días, con motivo del aniversario 92 del nacimiento de Gabriel García Márquez, Netflix ha anunciado que Cien años de soledad, su obra cumbre, será adaptada al formato de serie. Sin duda ha apostado por esta producción, no solo porque Gabo fue un escritor reconocido por la academia, sino porque sus escritos son un fenómeno de masas. El éxito comercial está garantizado.

Pero también se ha recordado que el propio Gabo se opuso a que su emblemática novela sea llevada a otro formato. En agosto de 1989, García Márquez dijo a The New York Times que “jamás permitirá” que Cien años de soledad sea llevada al cine. Argumentó que sus lectores “imaginan a los personajes como quieren” y que “se destruiría esa ilusión, ese margen de creatividad” que tiene la literatura.

Sus razones, aparentemente, eran de forma. Pero en las mismas declaraciones hechas al The New York Times, García Márquez señala que Cien años de soledad “es una parte integrante de la vida cotidiana de América Latina”. Cuando el escritor colombiano sostiene que, en caso su obra máxima llegue al cine, “tendrían que intervenir grandes estrellas, como Robert de Niro en el papel del coronel Aureliano Buendía y Sofia Loren en el de Úrsula, y eso la convertiría en otra cosa”, también se refiere al contenido. Esto podría interpretarse como un temor a una versión edulcorada de su obra. Y como una declaración política.

Ahora, si nos internamos en su pensamiento político, García Márquez siempre fue explícito. En su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura en 1982, titulado La soledad de América Latina, Gabo se atreve a decir que ese reconocimiento no solo es a la “expresión literaria”, sino a la “realidad descomunal” del continente, que por esos años se debatía entre dictaduras, muertes y desapariciones. “Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual este colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte”, sostiene.

En tiempos en que el neofascismo parece convertirse en hegemónico a nivel mundial, el asunto no pasa solamente por la adaptación de Cien años de soledad a lenguajes distintos y la complicación de trasladar una novela de esa naturaleza al formato de serie, sino si tendremos o no una versión descafeinada de esta obra. Como decía Cantinflas: ahí está el detalle.