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Una publicación de la asociación SER

Mujeres y Estados, lo que tiene que cambiar

Con mucha frecuencia encuentro noticias de distintas partes del mundo que evidencian que las mujeres, y más aún si son pobres, rurales  e indígenas, son tratadas por sus Estados como si no fueran ciudadanas. El trato que reciben más bien me recuerda los no tan lejanos regímenes de esclavitud y servidumbre.

Quienes leen estas líneas deben saber dela decisión de la Segunda Fiscalía Penal de Lima de archivar el caso sobre las esterilizaciones forzadas ocurridas durante el gobierno de Alberto Fujimori.  La Coordinadora Nacional de Derechos Humanosestima unos 300 mil casos de mujeres esterilizadas contra su voluntad, de los cuales alrededor de 2 mil se han presentado en la denuncia penal.

Cuando escuchaba esas noticias me preguntaba qué hubiera pasado si el caso fuera completamente opuesto. Imaginemos por un momento que unos pocos, digamos unos 300 hombres profesionales, de altos ingresos, viviendo en Lima, hubieran sido sometidos contra su voluntada sendas vasectomías. Es difícil imaginar el contexto en que algo así podría haber sucedido. Quizás una conspiración que involucraría redadas en las oficinas del sector financiero,  o en estos días de verano, en los balnearios de Asia, o a la puerta de los restaurantes caros de moda, pero en general resultaría casi imposible pensar que algo como esto hubiera sucedido, al menos de una forma tan abierta y evidente como lo fueron los ‘festivales’ de ligaduras de trompas, organizados en el marco de estas esterilizaciones.

Una pregunta podría ser: ¿Por qué las esterilizaciones de estas mujeres han sido posibles y no podemos ni imaginarnos un caso opuesto? La respuesta está en la naturaleza profundamente patriarcal del Estado que, a pesar de que ha reconocido en el papel los derechos de las mujeres a elegir y ser elegidas autoridades y a ser nombradas funcionarias, pues todavía tenemos mucho camino por recorrer para vernos en igualdad de condiciones.

Sobre esto último quisiera terminar mi reflexión. Debemos ir más allá de protestar por la resolución de la fiscalía y apelarla. Eso está bien, pero no debe consumir  todas nuestras energías. Tenemos que ser capaces de imaginar y crear una relación con el Estado en la que las mujeres, individualmente y organizadas, como parte de familias, colectivos y comunidades de diversa índole, aseguremos nuestros derechos a decidir sobre nuestros cuerpos, sobre nuestras vidas, sobre nuestro presente y nuestro futuro. Debemos, con nuestra participación como electoras, actoras políticas, militantes y ciudadanas, impulsar cambios radicales en los estados, estableciendo alianzas con hombres que reconozcan que nuestra lucha es también la suya por una sociedad mejor. Esto nos atañe donde estemos, criando a nuestras hijas e hijos, en las aulas, en las oficinas, en las calles, en los mercados, en las redes. Trabajemos desde nuestros micropoderes por cambiar el mundo.