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Una publicación de la asociación SER

Monólogo de la sordera

Los espacios son índices de poder o privilegio, donde muchas veces la entrada de ciertas presencias activa todo un mecanismo de expulsiones o rechazos. Los espacios en su resguardo se vuelven zonas de confort (o en todo caso una zona de contacto diseñada por un poder hegemónico). Hago mención a esto para entender la reacción que las declaraciones de la congresista Tania Pariona provocaron en la ceremonia “Canto a la Vida”, que tuvo lugar en Miraflores, donde se encuentra el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos.

El motivo del evento fue recordar la captura de Abimael Guzmán, líder del Partido Comunista Peruano-Sendero Luminoso. El espacio donde ocurre tiene una carga simbólica a su vez: el distrito donde ocurrió el atentado de Tarata. El trasfondo además es una institución estatal. Entre uno y otro aspecto puede irse sorteando lo porqué cuando Pariona dice que no debemos permitir terrorismo ni subversivo ni de estado se generó la desaprobación de algunos asistentes.

En principio la desaprobación parte de un mal entendido, específicamente de separar el terrorismo senderista de lo que fue la represión militar del Estado (ciertamente otro tipo de terrorismo contra la sociedad civil). La separación entre ambos resulta una salida confortable que no comprende el drama articulado del país y ve solo parcelas. O caer en el vicio dicotómico de Lima y las provincias. En otras palabras, y retomando el espacio que actúa como contenedor de este hecho, la desaprobación de la audiencia no reconoce que el senderismo no fue un grupo enemigo externo que invadió la ciudad y atacó sus centros de poder, sino que desde el 70 venía operando al interior del país. Asimismo, la desaprobación, al reconocer solo un tipo de senderismo, cae en el tópico de la satanización, del “terruco” como estigma.

Este gesto ocurrido no es mínimo. Es un síntoma del monologo y la sordera, es caer en la zona confortable de no hablar, es finalmente, como bien lo indicó Carlos Iván Degregori, el legado que nos legó el fujimorismo, el mismo que se vendió a borbotones en la última campaña electoral con su idea de “entre comillas” haber erradicado el terrorismo y que es un periódico de ayer. Como señala José Carlos Agüero en su libro Los rendidos hay un tiempo de memoria y también un tiempo de perdón. No obstante, esa desaprobación a Pariona evidencia que ni siquiera estamos aún preparados para escuchar. Monólogo de la sordera.

Ahora, no se trata tampoco de escuchar, recordar, perdonar hacia la ruta de una felicidad nacional sino hacia la comprensión de un momento histórico. Una comprensión que supere las simplificaciones o los idealismos. En un restaurante puede elogiarse el proyecto de Sendero Luminoso en tanto resistencia a un Estado caduco. Oyes vibrar a esa persona cuando imagina qué inteligentes fueron los sendereristas con eso de los apagones. Y ahí se cae fácilemente en la heroización “revolucionaria”. En una clase, a volandas, el profesor habla de las guerrillas y comenta que en Perú Sendero Luminoso cometió masacres. Esto es indudable, pero no dice más y para quienes no conocen los contextos, por ejemplo, “las microdiferenciaciones existentes en las sociedades locales ruales”, de las que habla Degregori al entender las relaciones entre terroristas y campesinos, todo queda pues en el mero discurso de la violencia por la violencia.

Comprender no es exculpar ni un rumbo a la condena, tampoco implica la reconciliación entendida en una versión ingenua. La comprensión de lo acaecido en los años del terrorismo tiene un sino agónico, esto es, tenso, heterogéneo, y para ir formandolo no basta por lo mismo solo el monólogo de la victimización, el discurso de quienes fueron los “enemigos”. Por un lado, pues se tiene lo que se conoce desde la esfera pública, desde lo que pudo ser registrado, cuantificado, lo que puede decirse de la lucha armada o el equilibrio estratégico. Pero hay otras vertientes desde todo se complejiza y la dicotomía no sirve.

En el cruce de esas vertientes se encuentra la experiencia de Tania Pariona. En el trasiego de 1988, en su pueblo, en Cayara (Ayacucho) ya no es solo Sendero Luminoso el factor involucrado, lo es también el Estado, las Fuerzas Armadas, a lo cual se acoplan la historia del desplazamiento, y una cuestión de género en tanto que mujer indígena. Todo esto, por supuesto, no es un recuento para categorizarla como víctima, o si tiene más o menos autoridad para hablar sobre el tema terrorista. Eso sería repetir un discurso simplista. Como en otros casos, como lo puede ser Lurgio Gavilán, la experiencia de Pariona nos advierte que hubo más cosas que estuvieron en juego, más roles que los de “buenos” y “malos”, y lo cual nos pone cara a cara antes complejidades peruanas que queremos responder con silencio, heridas que queremos cerrar a la fuerza.