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Una publicación de la asociación SER
sociólogo, maestro en ciencias sociales por FLACSO-México y doctor en sociología por la UNSAM-Argentina. Profesor de la UNMSM

Mirar lo regional para alcanzar una escala (pluri) nacional

Foto © Luisenrrique Becerra | Noticias SER

A propósito de los setenta años que el destacado historiador marxista Alberto Flores Galindo hubiera cumplido el pasado 28 de mayo, Nicanor Domínguez Faura ha publicado en “Noticias Ser” tres columnas muy sugerentes, invitándonos a volver a revisar las ideas del historiador o, en su defecto, iniciar su estudio si aún no lo hemos hecho. Concuerdo con el autor en que este ejercicio incentivará la reflexión, el debate y la discusión, algo tan urgente y necesario para la hora actual de nuestro país. Quisiera en estas líneas recuperar una de los argumentos planteados por Nicanor Domínguez Faura a propósito de la obra de Flores Galindo: la importancia de entender al Perú desde su complejidad regional.      

Para los fines de esta columna, permítanme delimitar mi campo de reflexión a la cuestión de la representación política en el Perú. ¿Acaso será posible comprender los actuales desafíos de la representación política sin tener en cuenta su complejidad regional? Si no vamos más allá de ciertos lugares comunes (como por ejemplo apelar exclusivamente a la “crisis del sistema de partidos”) considero que no es posible. Pero tampoco será posible si no tomamos en cuenta los límites de nuestro “lugar de enunciación”. Me explico, cuando intentamos comprender la denominada crisis de representación, exclusivamente desde una mirada limeña, invisibilizamos, “borramos” las historias políticas regionales, sus demandas, sus discursos y las relaciones de poder que las configuran.

Esta miopía se encuentra presente en analistas, líderes políticos y entre la población en general. Por ejemplo, cuando a través de los medios de comunicación los limeños y limeñas descubrimos, a raíz de un conflicto social, que existen lugares (o “pueblitos” como gusta decir a algunos) llamados Chalhuahuacho o Espinar, nos apuramos a opinar sin siquiera saber algo de ellos, los tratamos como si fueran “pueblos sin historia”. Y lo que debemos recordar es que –siguiendo a Flores Galindo- la historia del Perú no es UNA sola historia, sino MUCHAS historias.   

Permítanme apelar a una experiencia propia para profundizar en este punto. Cuando realicé una investigación en Espinar en el 2015, una de las provincias altas del Cusco, descubrí una densidad histórica sumamente desafiante para mi análisis sociológico. Me interesaba comprender cómo la población local explicaba su capacidad para organizarse en el 2012 y hacer frente a la presencia de, en ese entonces, Xstrata Tintaya y su mega-proyecto minero. El uso de la plaza de armas, las fechas que elegían para realizar sus movilizaciones, las referencias identitarias a las que se apelaban, entre otros aspectos, descubrían una compleja densidad histórica regional. Lo que encontraba era que las diversas acciones colectivas que las poblaciones locales realizaron para cambiar la asimétrica relación que la empresa minera les planteaba, se encontraban enraizadas en complejos entramados históricos que abonaban a la constitución de una identidad colectiva. En estos complejos entramados históricos operaba también la representación política.

Algunos analistas al reflexionar sobre los conflictos sociales en nuestro país han enfatizado –no sin razón- en la escasa capacidad de los agentes movilizados para trascender sus linderos locales o regionales. Sin embargo, este hecho no tiene por qué hacer que descuidemos la reflexión sobre estas dinámicas regionales, todo lo contrario, éstas nos pueden dar indicios para comprender los desafíos de la representación, tomando en consideración las historias políticas regionales. Reconocer esta “polifonía” se hace necesario para ensayar proyectos contra-hegemónicos que logren alcanzar, a través de la representación política, una escala (pluri) nacional.