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Una publicación de la asociación SER

Minería informal: disolviendo el pasado

“El poder, lejos de estorbar al saber, lo produce”.

¿Cuánto ha moldeado el poder nuestro saber sobre la minería informal o ilegal? Lo que hoy se entiende y lo que se ignora sobre ese difuso e inasible fenómeno se desprende ineludiblemente de los marcos interpretativos que predominan entre nosotros para dar cuenta de lo que entendemos por Amazonia, desarrollo, libertad, estado, justicia y bienestar. Todas estas concepciones se enmarcan en una discusión mucho más amplia y sin embargo invisibilizada: aquella que se refiere a nuestra capacidad o incapacidad como sociedad para ponernos de acuerdo respecto a cómo vamos a usar nuestra casa.

El saber que hoy tenemos sobre la minería ilegal o informal sigue siendo incompleto, porque en general ha producido conocimiento sobre ciertos sujetos y ámbitos de la realidad, a costa de obscurecer otros tantos. Conjurando a Foucault deberíamos preguntarnos no tanto por cuáles son esos aspectos que han sido invisibilizados, sino más bien por qué dichos aspectos no emergen en nuestras preguntas y discusiones.

Parte de la respuesta se encuentra en nuestra dificultad para aceptar las contradicciones que se derivan de nuestros propios paradigmas de bienestar. En buena medida, esa invisibilización proviene de nuestra negación a aceptar que eso que llamamos “minería ilegal” es una producción completamente humana, una hechura de lo que somos como sociedad, un subproducto que nos negamos a reconocer y asumir como propio.

En vez de buscar respuestas en las raíces sociales del problema de la informalidad, nos hemos dedicado a personificar y fetichizar las consecuencias del problema (el gobernador maldito, el ministro obtuso, el bosque destruido, la draga destructora) proyectando en ellos (el minero informal, el funcionario corrupto, la prostituta) nuestras propias carencias societales para construir relaciones justas con nuestros congéneres y con la naturaleza. Si el Perú fuera un individuo, con toda seguridad necesitaría ir a terapia, para hacer introspección histórica y ver cuándo es que empezó a construirse como un sujeto en el que se impone la voz del que tiene más prestigio, más dinero o (cierto tipo de) conocimiento; y cuándo es que empezamos a usar nuestra casa, sin respeto y desordenadamente.

Esta segunda vuelta electoral nos ha traído, de nuevo, al fantasma de la minería informal e ilegal. Más allá de lo peligrosa que resulta la propuesta de Keiko Fujimori, debemos aprovechar la oportunidad para profundizar en las raíces del problema. Ese análisis lo deberían hacer los propios gremios de pequeños mineros. En ese ejercicio de arqueología histórica seguramente descubrirán más de una sorpresa: quizá la más importante es que muchos de los problemas enfrentados hoy por una estigmatizada pequeña minería tienen su raíz en medidas de gobierno emitidas en la década del 90: la falta de asistencia técnica, el apoyo limitado para el financiamiento, la poca capacidad para articular la pequeña minería a corredores regionales mayores y el desarrollo de un mercado negro del oro; todo tiene que ver con medidas que han privilegiado a la gran inversión, bajo el supuesto del chorreo y esperando que esta traiga la tecnología y capital que nunca ha llegado a esos pequeños mineros y mineros artesanales que hoy vemos como la raíz del problema.   

La minería informal e ilegal son parte de lo que somos como país, un producto más del tipo de sociedad que hemos construido. Qué hemos hecho mal como país para que el séptimo productor mundial de oro tenga además la segunda mancha más grande de deforestación por minería aurífera de toda América del Sur. Cómo podemos ser tan buenos en la extracción de una de las comoditties más cotizadas del mundo y no podemos tener una política de pequeña minería que genere empleo (que sí lo genera, qué duda cabe) y le cierre el paso a la deforestación, al mercurio y a la explotación laboral. La respuesta está más allá de los así llamados mineros informales y yace en el tipo de reglas de juego que hemos construido para relacionarnos entre nosotros y con el ambiente.