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Una publicación de la asociación SER
Abogada, secretaria ejecutiva adjunta de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos

A mí me gritaron puta

“¡Puta!”, me dijo un hombre que iba manejando, cuando se me ocurrió cruzar la calle por la zona señalada para peatones. Según las reglas de tránsito, yo tenía el derecho a cruzar y el que manejaba debía detenerse. Según ese conductor, yo no tenía derecho; por tanto, él podía gritarme “puta”. Y de ese tipo de insultos, por el solo hecho de ejercer mis derechos, he recibido muchísimos en mi vida.

“Que regrese a la cocina”, fue la frase que escuché decir a diversas personas, para referirse a Susana Villarán, cuando era alcaldesa, y también para menospreciar a muchas mujeres que deciden entrar en política. El problema no es la cocina, ese espacio privado por excelencia. El problema es cuando se asume esta como un lugar de castigo para las mujeres, lugar al cual “deberíamos estar confinadas” porque es nuestro destino.

A veces, el insulto viene en forma de mentira, como el domingo pasado, cuando el congresista fujimorista Alejandro Aguinaga se dedicó a difamar e insultar a María Ysabel Cedano y a todas las compañeras de Demus, por su esforzado trabajo en reclamar justicia para las miles de víctimas de esterilización forzada durante el gobierno fujimorista (mujeres por las que el gobierno actual hasta ahora no hace nada, dicho sea de paso).

O como la semana pasada, cuando el periodista Uceda, trató de deslegitimar la lucha de  Máxima Acuña, en Cajamarca, contra la minera Yanacocha, por salvaguardar su derecho a la propiedad. El argumento: Como Máxima no es indigente, no tiene derecho a reclamar. ¿De verdad alguien puede pensar que por tener diez hectáreas una mujer no puede defender su derecho a la propiedad?

O cuando otro pseudo líder religioso insultó el admirable trabajo de Pilar Coll en la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos. Y podría seguir enumerando, al igual que cualquier mujer que esté leyendo estas líneas recordará algún grito, alguna amenaza o alguna bravuconada recibida, por ejercer sus derechos, por cruzar una calle por el lugar indicado, por preguntar, cuestionar, reclamar u oponerse a algo, muchas veces, incluso con palabras que ni siquiera son insultos. Lo más absurdo que he escuchado: “Mujer tenías que ser”, ¿qué de insultante puede haber en el solo hecho de ser mujer?

Por eso, como bien dijo Rocío Silva Santisteban, respaldando a las Demus por los insultos de Aguinaga: lo bueno es que no estamos solas, nos defendemos entre nosotras.

Las luchas del feminismo siguen vigentes para defender incluso a las mujeres que piensan que el feminismo ya no es necesario. Porque, aunque parezca absurdo, aún necesitamos defendernos de los ataques que nos lanzan por el solo hecho de ser mujeres y actuar en el espacio público. Y porque muchísimas veces no solo son insultos, son golpes, son tocamientos no consentidos, es acoso, es violencia. Y la mejor manera de defendernos es exigir el respeto a nuestros derechos.

Por eso, este 8 de marzo, mientras se sigan repitiendo este tipo de insultos en las calles, mientras exista violencia contra las mujeres, entiéndanlo: No podemos “celebrar”. El 8 de marzo es una fecha de conmemoración para exigir que nos respeten, para reivindicar la libertad de cada una y de todas, para entender que ser lesbiana no es un insulto y que todas las mujeres, independientemente de nuestra orientación sexual, tenemos el derecho de amar a quien nos dé la gana y formar una familia, para exigir nuestro derecho a trabajar y recibir un sueldo en igualdad de condiciones que los hombres, de decidir sobre nuestro cuerpo, de elegir ser madres o no, y de no morir por esta elección, de tener derecho a estudiar, o a hacer, sin recibir violencia a cambio. En fin, tenemos derechos a ser ciudadanas y a no recibir ningún ataque, ni uno solo. De eso se trata el 8 de marzo.