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Una publicación de la asociación SER

Mandil rosa

La reciente campaña lanzada por el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables (MIMP) llamada "Fuerza sin violencia" hecha con el fin de sensibilizar a los miembros de las Fuerzas Armadas en la lucha contra la violencia hacia la mujer ha generado un escandalete. Esto por la utilización de mandiles de color rosado por parte de los militares que participaron en el lanzamiento del programa. “Humillación”, “complicidad”, “intromisión política” han sido las frases de “defensa” de “nuestro” glorioso Ejército peruano.

No estoy seguro que dicha campaña haya pretendido algo como lo sucedido: desatar la ira colectiva (y selectiva) de quienes dicen “defender” la sacralidad del uniforme del Ejército. En cambio sí ha logrado evidenciar qué tan lejos estamos de comprender el fin de esta y otras campañas contra la desigualdad de género.

Llena de curiosidad que un mandil rosado genere tantos aspavientos. Ni los repudiables robos de gasolina de militares, ni las estafas en pensiones desata tanta “defensa” por la dignidad de “nuestras” Fuerzas Armadas.

Porque, vamos, ¿cómo es posible que existan personas capaces de hacer cuestión de Estado por un inocuo mandil rosa? ¿En serio piensan que la combinación de un mandil y el rosa desmerecen, afectan o denigran la imagen del Ejército? Aunque también es cierto que quienes buenamente creen que hay un “maltrato” u “ofensa” a los uniformados debido a dicha prenda se convierten en evidencia objetiva y perniciosa de lo arraigado de los estereotipos de género en nuestra sociedad.

Pocos saben que el color de marras es el típico ejemplo de construcción social. No nacemos vinculados a un color. Se adoptan, primero sutilmente, luego como una imposición colectiva, vinculada al comercio y el marketing, y al final se convirtió en parte de nuestros esquemas mentales. ¿Se imaginan a un niño asistiendo a su colegio con un pantalón corto rosado? ¿O qué pasaría si durante el recreo escolar un muchacho accidentalmente muestre el color de su prenda interior y esta sea rosa?

No está de más recordar, por ejemplo, que de acuerdo a la historiadora Jo B. Paoletti en su libro Pink and Blue: Telling the Boys from the Girls in America (2013) en Estados Unidos no se usaron los tonos pastel para los bebés sino hasta la Primera Guerra Mundial: antes se optaba simplemente por el blanco. Luego, intervinieron el marketing comercial y la moda, afirmando la idea de que ciertos colores son para niños y niñas.

Y, de acuerdo a esta autora, hasta principios del XX existían anuncios como el publicado en 1918 en la revista Earnshaw's Infants' Department: “La regla generalmente aceptada es rosa para los chicos y azul para las chicas. La razón es que el rosa es un color más decidido y fuerte, más adecuado para los niños, mientras el azul, que es más delicado y refinado, es mejor para las niñas”. Sería varias décadas después cuando el rosa se impuso como el color para niñas.

Volviendo a nuestro país, lo ocurrido a propósito del mandil rosa, solo ha demostrado la falsedad y confusión de ciertos sectores respecto al enfoque de género. Y la insistencia de atribuir ciertas virtudes o exclusividades a los estereotipos. Además, la intolerancia y fanatismo por una supuesta sacralidad del uniforme de las Fuerzas Armadas del Perú. Y la insistencia consciente de que la masculinidad debe defenderse en donde los “machos no deben parecerse ni actuar como una mujer”. Porque esto es sinónimo de “debilidad”.

Estamos a casi veinte años de haber comenzado el Siglo XXI y aún pervive en nuestra sociedad la idea de que las mujeres son débiles y los varones son fuertes. Y ambos deben “respetar” sus roles o “tradiciones culturales” en nuestra colectividad. Cualquier discurso que contradiga o ponga en cuestión dicha “tradición”, será tratado como un sospechoso “anti” en sus variantes “progre”, “caviar”, “rojo”, “neomarxista cultural”, etc. O sea, un enemigo.

Mientras no superemos mayoritaria y colectivamente estas expresiones, seguirán apareciendo los farsantes “cruzados” defensores de los “valores”, los que caricaturizan las demandas de igualdad de género. E impidiendo mejorar nuestras relaciones sociales.