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Una publicación de la asociación SER

Los quechuahablantes

Richard Webb escribía hace unas semanas sobre el futuro del quechua (El Comercio, 10/01/14), argumentando que la alternativa con más réditos económicos y sociales para los hablantes de quechua es (y ha sido) abandonar esta lengua en favor de su integración al mercado y su inclusión social. Según el economista, el “proceso de desaparición[del quechua] se está acelerando por efecto de la continua urbanización y del extraordinario avance de las comunicaciones en el territorio peruano y con otros países”. A propósito de este tema, quiero dejar unas cuantas notas sueltas.

Hablar de la disminución de hablantes de un idioma es una cosa, pero hablar de su desaparición son palabras mayores.  Una lengua no solo es un mecanismo de comunicación, como señala el propio Webb, sino una expresión cultural completa. Y en el caso del quechua, esta identidad es muy fuerte y no todos los quechuahablantes están dispuestos a perderla. Pero, ¿quiénes son los quechuahablantes?

Un primer problema es relacionar al quechua solamente con comunidades rurales y económicamente deprimidas, cuando la concentración de quechuahablantes también es notable en sectores urbanos.No creo que el autor tenga esto en mente, pero es muy común que el imaginario colectivo asocie al quechua inmediatamente con las etiquetas rural-pobre-analfabeto-tradicional. Es cierto que la pobreza y la etnicidad (medida normalmente por el idioma de la persona) están muy relacionadas históricamente como han mostrado Rosemary Thorp y Maritza Paredes, pero la discusión no ha sido planteada sobre este punto, sino explícitamente sobre la supervivencia de un idioma (y su cultura).

No quiero señalar que el problema está resuelto porque el quechua también es usado por ‘élites urbanas’, por el contrario quiero llamar la atención sobre este tipo de prejuicios o imaginarios presentes incluso en diferentes respuestas al artículo de Webb [1]. Mi punto es que el quechua es una lengua viva en zonas rurales, urbanas, en sectores económicos distintos, entre capas generacionales diferentes. Negarle esa naturaleza no solo es estadísticamente incorrecto, también refuerza nuestras “relaciones lógicas” e imaginarios sociales: el pobre es el quechuahablante, para dejar de ser pobre hay que hablar español (y ser criollón).

Se puede intuir esta preocupación en el testimonio citado por Webb[2]: el problema no es el idioma en sí mismo, sino las oportunidades de desarrollo e inclusión de estos ‘sectores marginales’. Enseñar o no un idioma no es el tema de fondo, el tema de fondo es para qué se enseña o no determinado idioma. El idioma no arregla el problema, es un insumo más para cumplir con una serie de aspiraciones: adaptarse a la ciudad, tener un mejor trabajo, estudiar en la universidad, acceder a mejores servicios, etc. Una vez en esta lógica, Webb señala que los migrantes ya no usan su lengua ni se la enseñan a sus hijos, condenándola a la desaparición.

Sin embargo, en diferentes departamentos se pueden encontrar,y cada vez en mayor medida, jóvenes migrantes de lengua materna quechua que reclaman su identidad a través del idioma, armando grupos de estudio, discusión, editando revistas, etc. Y es que el quechua es parte de la identidad cultural de regiones completas. Gobiernos regionales, municipalidades, ONGs, universitarios, intelectuales, políticos y periodistas, hacen suyo este idioma y lo usan cotidianamente: basta con revisar algunos medios locales. A pesar de que los puristas y los ‘tradicionalistas’ se alarmen por la ‘tergiversación’ del idioma, el quechua es usado (y reinventado) en artículos académicos, en la creación de literatura hipermoderna, en canciones (desde huaynos hasta indie rock), e incluso cotidianamente en las redes sociales.

Como hemos visto, la tensión no es el idioma quechua en sí mismo (y por sí mismo), sino la brecha de oportunidades (económicas, educativas, de salud u otras prerrogativas ciudadanas) que, a pesar de algunos cambios significativos, se mantienen; así como las relaciones sociales discriminatorias e hipócritas entre ciudadanos que reivindican la misma cultura pero no se reconocen como iguales[3]. El quechua, como lengua y como cultura, no necesita ‘revalorarse’ –como bien señala Jorge Vargas- porque tiene valor en sí mismo y esto es lo que lo ha mantenido como lengua viva durante siglos. Entiendo la preocupación de Webb, mejor ilustrada en su libro “Conexión y despegue rural” (USMP, 2013), sin embargo ¿cuánto ayudamos reforzando prejuicios? El tema pasa por reconocer que una cultura entera ha sido señalada históricamente como la causa del problema.

Por ello valdría reconocer nuestros prejuicios, incluso aquellos quienes ‘defienden al quechua’.Disculpen la dispersión, pero creo que estos son algunos de los temas de fondo que deben preocuparnos.

Notas
(1)    “Asistimos [a una asamblea sobre educación bilingüe] porque no queríamos que nuestros hijos fueran a la escuela para aprender el quechua. Si permitimos que eso suceda, nuestros hijos seguirán viviendo en este país sin ser parte de él”.
(2)    Cecilia Méndez, historiadora, va por este lado (nota crítica publicada por La Mula con el título enfático de “En defensa del Quechua”), señalando que el problema está más bien relacionado con luchas de poder y conquistas culturales, “y no sólo con razones tecnológicas o el advenimiento de la sociedad de masas”.Personalmente creo que ambos argumentos son dos caras de la misma moneda.
(3)    Ver, por ejemplo, las reflexiones en una entrevista que le hice a Jorge Vargas.