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Una publicación de la asociación SER

Las trampas del trabajo remoto

Foto: Blog Fidel Sanchez Alayo

Luis Alberto Suárez Rojas, Doctor en Ciencias Sociales y Antropología, Docente en la Escuela de Antropología de la UNMSM y Consultor.

El trabajo en casa existía mucho antes del Covid-19. Académicos, consultores, asesores, proyectistas, arquitectos y muchos otros lo venían haciendo. La pandemia extendió esta modalidad de trabajo a quienes usualmente lo hacían en una oficina. Hoy quiere imponerse como una novedosa forma de flexibilidad y no como una medida excepcional. De acuerdo al abogado laboralista, Jorge Toyama habrían 500,000 trabajadores realizando trabajo remoto en el sector privado, y una cantidad mucho mayor en las instituciones del Estado.

Quienes desempeñan el trabajo de consultores y afines, viven siempre bajo plazos para la entrega de productos, que exigen un permanente reajuste de rutinas -a veces sin éxito- así como el espacio vital. Esto no es sencillo y supone reuniones de trabajo, presentaciones y largas jornadas -amanecidas incluidas- para cumplir con las fechas límite, organizar equipos y múltiples coordinaciones telefónicas, etc. Todo esto en un contexto donde se tienen relaciones amorosas, lazos amicales y familiares, y responsabilidades como el cuidado de niños o adultos mayores en casa. Es difícil combinar ambas tareas, no hay duda. Pero en el caso del llamado trabajo remoto se han trasladado la oficina a la casa, gracias al uso del software de gestión de datos y servicios de sus centros de labores –públicos o privados-, siguiendo el ritmo de las metas y productos de sus oficinas, teniendo reuniones, etc.

Tanto consultores como proyectistas, asesores, artistas, que venían haciendo trabajo en casa tienen “trucos” para adaptarse, buscando espacios aquí y allá, robándole tiempo a sus familias, tomando pausas y organizando el tiempo para no morir en el intento. De hecho, no deja de ser precario y no tiene nada de glamoroso como lo proyecta la narrativa visual de Instagram, de café humeante, escritorio de madera y un gato apacible ronroneando entre papers y libros, en medio de un ligero desorden. La realidad es otra.

La realidad del trabajo remoto es muy diferente, porque todos los límites se han trastocado. Muchos de los empleados públicos y privados, deben vivir una jornada laboral demasiado larga, a pesar del sistema del marcado de tarjeta on line. Ellos viven bajo el pretexto del trabajo acumulado, la presión de cumplir con metas de productividad que exigen una inversión de tiempo más allá de la jornada. A pesar de eso, están advertidos pues al regresar a sus oficinas deberán compensar con horas extras. En este contexto, la relación entre jefes y empleados es desgastante, muy poco empática y hasta deprimente. Esto se complica muchísimo si el trabajo que se hace desde casa debe lidiar con el cuidado de niños pequeños o adultos mayores, o desplazamientos para realizar pagos o hacer compras. Presionarlos para que vivan largas jornadas de trabajo en cuarentena es extremadamente difícil, agotador, forzado y angustiante. Hoy, los jefes, en medio de su neurosis, exigen rondas de presentaciones, cuantifican tareas y miden a todos por el ranking de productividad. Por esa razón, muchos han tenido que repotenciar sus computadoras, costear la ampliación de su servicio de internet, adecuar espacios y otras medidas para sobrevivir al trabajo remoto. Nadie quiere perder su trabajo porque ahí están los bancos, las cuentas del mes y las tarjetas de crédito esperando. Los grupos de WhatsApp revientan de mensajes y audios con instrucciones a cualquier hora, mientras que los oficinistas descargan su ira en grupos de WhatsApp paralelos donde no está el jefe o jefa.

De cierta forma, la OIT ya venía estudiando este fenómeno, su publicación Trabajar en cualquier momento y en cualquier lugar: consecuencias en el ámbito laboral (2019) sugiere que bajo esta modalidad, los trabajadores invierten más horas, trabajan tanto en horario vespertino como los fines de semana. Además, este sistema no reduce el conflicto trabajo-familia, al contrario lo puede hacer crecer.

El trabajo remoto es una forma de precarización y de violencia directa sobre la vida, el cuerpo y la mente de los trabajadores. Todos parecen ser absorbidos por la delirante espiral de la productividad sin fin. Es imperativo rechazar todo intento de normalizar el trabajo en casa (trabajo remoto) por varias razones. A pesar de esto, la publicidad en las redes sociales no se detiene, las oficinas de mercadeo quieren imponerlo como parte de la “nueva normalidad”. Hoy, encontramos más de una empresa ofreciendo ir a nuestras casas para adaptarlas a los estándares de “Home Office” con un toque inspirador y sofisticado con el escritorio Cupertino.

El trabajo remoto es cruel y golpea a miles de trabajadores y trabajadoras mal remunerados, colocándolos en una posición de vulnerabilidad, desgaste físico y mental. El trabajo remoto sin protección, sin fiscalización y sin sentido de justicia y empatía, constituye una condena pesada, un lastre envuelto en celofán dorado en nombre de la flexibilidad y la nueva tendencia. Estamos empujando el deterioro de la vida, del trabajo y sacrificando las relaciones familiares. ¿Esta es “la nueva normalidad” o para decirlo en términos del gobierno peruano, a esto se le llama “la nueva convivencia”?