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Una publicación de la asociación SER

A las maestras y los maestros rurales en su día

Foto © Luisenrrique Becerra | Noticias SER

Verónica Villarán. Coordinadora del Proyecto "Creciendo con las Escuelas Rurales Multigrado del Perú" (CREER) de GRADE

Conocí a Santos en julio del 2003, pues visitaba su escuela en el marco de un proyecto de investigación. Era una escuela rural unidocente en las alturas de Quispicanchi en Cusco. Tenía 40 estudiantes entre primer y cuarto grado, y acogía, además, a dos niños más pequeños que eran hermanitos de alumnas que los llevaban para cuidarlos. Santos se ocupaba de todas las responsabilidades de la institución, ya que era el director. Si bien su escuela formaba parte de una red educativa rural, en el día a día Santos se encontraba solo. Cuando niñas y niños volvían a sus hogares, él ordenaba los salones, preparaba sus alimentos, almorzaba y quedaba a la espera de que ellas y ellos volvieran, cosa que hacían una o dos horas después para jugar fulbito en la cancha de pasto seco que tenía la escuela. Santos alentaba eso porque le parecía importante para su formación integral, pero también, según me contó, porque así las tardes se le hacían más cortas. Bordeaba los 45 años y era padre, pero sus hijos ya eran grandes y vivían en la ciudad. Llevaba trabajando en esa escuela varios años. Era su elección. Nunca había buscado una reasignación. Había rehecho su vida ahí. Se sentía bien. Y, con todo, la soledad era parte de esa  vida.

Cuando llegué, me recibió con entusiasmo. Me liberó un pequeño cuarto al lado de la habitación que usaba como dormitorio. Al otro lado, una pequeña habitación servía de cocina. En ella, Santos y yo pasamos horas conversando. De la escuela y de la educación, de la vida en el campo, de sus estudiantes, de sus proyectos. Una noche me dijo: “Tengo que aprovechar de hablar de todo con usted, porque después pasarán semanas en que no tendré con quién conversar”. Ciertos días empezábamos a conversar mientras hervíamos papas para comerlas con atún y huevos, y cuando caía la noche seguíamos haciéndolo. Allí, volvíamos a hervir agua para hacernos una sopa o un café y conversar un rato más. Luego, a dormir. Salir de la cocina para ir hacia el baño, que era una letrina en la ladera del cerro bajo el que se ubicaba la escuela, era un reto. Nunca he sentido tanto frío como en esas noches a poco menos de 4,000 msnm. Él estaba acostumbrado y se reía un poco de mí, una chica de la ciudad.

En el cole, Santos dividía su tiempo entre dos salones. En uno estaban las chicas y los chicos de primer y segundo grado, en el otro los de tercero y cuarto. Tocaba en paralelo el mismo tema, pero les daba la clase acorde a sus edades y les dejaba tareas distintas. Y así se la pasaba toda la mañana, yendo de un aula a otra. Yo, sentada siempre en alguna sillita pequeña, en algún rincón, observaba. Buena parte de las sesiones eran en quechua y si bien no entendía todo lo que decían, comprendía en general lo que estaba pasando.

Recuerdo un día en que, después de desayunar y cuando las niñas y los niños iban llegando a la escuela, me dijo que tenía que bajar a la ciudad porque lo habían citado de la unidad de servicios educativos para entregarle algún comunicado. Me explicó qué tenía planeado hacer ese día en cada aula y me dejó a cargo. Solo unas horas, solo esa mañana. Y yo, nerviosa y torpe, corrí de un lado a otro acompañando las tareas que las y los estudiantes hacían. A cierta hora, llegó una mamá a preparar el alimento. Papas, atún y ensalada de hortalizas. Comimos en un ambiente frío y un poco oscuro, acondicionado como comedor. Luego el recreo y a correr tras una pelota. Y después, a clases nuevamente. No creo haber “enseñado” mucho ese día, pero debo decir que las chicas y chicos se divirtieron bastante conmigo, poniendo a prueba mi casi nulo quechua.

Recuerdo haber terminado exhausta ese día, y haber pensado, como ya me había pasado antes, que yo no podría sostener una rutina diaria como aquella. No tengo ni las capacidades, ni los conocimientos, ni el aguante ni la paciencia. Recuerdo haber pensado que el trabajo de las maestras y maestros de primaria es extenuante. Pero Santos lo hacía ver tranquilo. Preparaba sus clases por las noches, después de conversar. Toda su energía y dedicación estaba con y para esas y esos estudiantes. Esperaba mucho de ellas y ellos. Y tenía una gran sensibilidad y capacidad para promover lo mejor de las niñas y los niños.

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En la misma microcuenca había otra escuela unidocente que me tocaba visitar. No recuerdo a qué distancia estaba. Baste decir que me tomaba más de una hora caminar entre una y otra, subiendo y bajando por una trocha. Las niñas y los niños llegaban cruzando chacras pero yo nunca me animé a hacerlo. En esta segunda escuela conocí a Rosa. Ella tenía dos hijas, la mayor de dos años, la menor de meses. Rosa era desconfiada y hosca. Poco a poco se abrió conmigo. Su pareja era policía y vivía en la ciudad. Ella, desde el día uno, venía buscando la reasignación. Temía que él formara otra familia. Cargaba, sola, con la escuela y con las tareas de madre. No era poca cosa. De hecho, Rosa entraba a clases llevando a su hija mayor en la espalda y a su bebé en un cochecito, que las alumnas se turnaban para mecer, para que durmiera y les dejara trabajar.

Rosa asumía la dirección de la escuela. Su pequeña oficina era una habitación pelada, con una mesa de madera y una silla. Tras una puerta había una segunda habitación que le servía como dormitorio. Un catre a un costado y un fogoncito en el centro, para calentar alimentos. La escuela de Rosa, como la de Santos, estaba en una explanada en donde, por las tardes, el viento soplaba con tanta fuerza que levantaba polvo, hojas, follaje. En su caso, Rosa no promovía que las niñas y niños volvieran por las tardes. Tenía que dedicarse a sus propias hijas. Trabajo no le faltaba.

Nunca me quedé a dormir en su escuela. A cierta hora, luego de haber observado sus sesiones, volvía a mi pequeña habitación - dormitorio en la escuela de Santos. Rosa me conmovía. Podía comparar la actuación de ambos como docentes, podía valorar todos los esfuerzos e iniciativas de Santos, pero nunca dejé de pensar que, de haber sido yo Rosa, habría aspirado también, desde el día uno, a una reasignación en la ciudad, para tener a mi familia unida y completa, para estar con mi compañero. En esos tiempos, tenía yo misma una hija de 6 meses a la que extrañaba profundamente cada vez que me iba al campo. No dejaba de interpelarme la situación de Rosa.

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Pocos años antes, en el 2001, había conocido a Leo en una provincia amazónica. Necesitaba yo visitar una escuela en una comunidad shipibo, había pasado por la dirección sub regional para informar de mi trabajo y pedir orientaciones para llegar a ella. En esta dirección no me facilitaron información, al contrario, me recomendaron no ir. Pero, al salir del lugar, Leo se acercó corriendo y me dijo que él me acompañaría. Emprendimos viaje en bote a motor al día siguiente. A lo largo del camino, la estadía y el retorno, pude conocer la vida de Leo. Maestro rural, padre, conocedor como pocos de cada palmo del territorio. Una vida dedicada a la educación. Comprometido y frustrado en partes iguales. Sus apreciaciones y críticas al sistema fueron mejores que muchos diagnósticos e informes que hubiera yo leído.

La escuela a la que fuimos juntos no había recibido visita alguna de los especialistas de la dirección sub regional o de ninguna otra instancia en los 7 años previos ni habían llegado los materiales distribuidos por el Minedu, en los 3 años anteriores. Leo me contó que no era el único caso en la localidad. Las llamaban “escuelas flotantes” pues no pertenecían a ninguna red y estaban aisladas. Me dijo que por ello los funcionarios locales me habían recomendado no ir, alegando su distancia e inaccesibilidad. En la escuela nos encontramos con un solo maestro que se había hecho cargo, él solo, de los 60 estudiantes en los últimos 2 años, además de la dirección. El hombre era un entusiasta, pero estaba agotado.

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De todo esto han pasado poco menos de 20 años. Sin duda, muchas cosas han cambiado, aunque no todas las que deberían. Hoy en el Perú hay, solo en la primaria en ámbitos rurales, más de 22 mil instituciones educativas atendidas por poco menos de 50 mil docentes. En muchas de estas instituciones, las condiciones básicas no se han cubierto y los aprendizajes esperados en niñas y niños, distan de ser lo que ellas y ellos merecen. Y, en el contexto específico de la emergencia sanitaria causada por el covid-19 y el distanciamiento social que ha implicado, las brechas digitales nos han enrostrado que la valiosa estrategia creada e implementada en tiempo record, Aprendo en Casa, no está llegando a todas y a todos.

En este marco, las y los docentes se han visto interpelados en su rol de maneras nunca antes imaginadas. Sin poder estar delante de sus estudiantes en un salón de clases y en muchos casos, sin poderlos contactar tampoco por medios virtuales, buscan los modos más creativos posibles para  llegar a ellas y a ellos y sostener su año escolar. Enfrentados a sus propias limitaciones en el uso de las tecnologías, están activando redes de soporte entre colegas para apoyarse, enseñarse, compartir ideas y proyectos.

No obstante, y a pesar de estar sobre exigidos por esta realidad que también les afecta en lo personal y familiar, miles de maestras y maestros rurales siguen buscando alternativas y soluciones. Siguen educando.

A ellas y ellos, a los Santos y a las Rosas y a los Leos de este país, hoy, en su día toda mi admiración, respeto y mi más profundo agradecimiento.