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Una publicación de la asociación SER

Las flores banquirojas de mi jardín

Foto: Luis Chávez Rodríguez

Luis Chávez Rodríguez. La Casa del Colibrí de Chirimoto-Amazonas

Hoy 28 de julio me levanté temprano a regar mi jardín y me encontré con una enigmática sorpresa. Esta planta que crece aquí lejos de mi país, donde estoy pasando la infinita cuarentena, en estos meses en que debería estar trabajando en mi chacrita en Chirimoto, Amazonas, Perú, algunos la llaman: “Peruvian Sage”. Pero en realidad su nombre técnico es “Salvia microphylla hot lips”, por los colores rojo y blanco y la sensualidad aterciopelada de sus hojas, característica que comparte con muchas otras variedades de salvia, que en mi pueblo amazónico abundan.

La relación especial que durante toda mi vida he tenido con la salvia, y todos mis paisanos saben a qué me refiero, ha hecho que a esta salvia ornamental - también las hay medicinales, culinarias, psicoactivas y para otros usos- le tome mucho cariño y como les digo, hoy 28 de julio, mi amiga amaneció caprichosamente florecida, mostrando todo su encanto.

Creo que esta planta me conoce muy bien, porque el encuentro que tuve con ella, hoy 28 de julio, la preparó con anticipada premeditación. A mis plantas las riego dejando un día y cuando derramo el agua en la salvia, en su delgado tallo grisáceo, no soy solamente yo quien la mira y le dice algunas palabras amistosas y hasta a veces, le canto alguna desentonada cancioncilla. Tengo la sospecha que es ella, también, la que me mira o me siente desde su imperturbable delicadeza.

Hace unas semanas que ando muy triste por las muertes de muy queridos familiares en mi pueblo, Chirimoto, de mis paisanos en todo el Perú y de mis  hermanos humanos en todo el mundo. Pero en mi país esta tragedia parece ensañarse con los más pobres y especialmente, en mi región Amazonas, con los hermanos y hermanos indígenas awajún y wampís. Y la razón no sólo es la pandemia planetaria que todos sufrimos: En el Perú, en mi patria querida, es la administración política y económica rapáz que hemos tenido durante estos últimos 200 años. Ya todos lo tenemos bastante claro y ahora no voy a abundar en esa trágica historia de batallas de liberación que los peruanos seguimos viviendo desde hace mucho más de 200 años. Habrá tiempo para hacer los balances, ahora que se viene el Bicentenario el próximo año, porque los peruanos debemos encontrar una solución para terminar con la infame historia de nuestra patria. El Perú querido, para la mayoría de los peruanos, ya no puede seguir aguantando 100 años más de injusticia y saqueo hasta un Tricentenario.

Dejemos pues, por ahora, este triste tema y regresemos a mi jardín. Un jardín, que aprendí a cuidar siguiendo los consejos de mis primas: Susana, Mariela, Maritza y Rosita, en Chirimoto, quienes tienen jardines de encanto.

También aprendí mucho de las plantas siguiendo la sabiduría de los Awajún, de los Wampís, de los Shipibo, de los Bora y de todas las culturas amazónicas. Aprendí que estas plantas y todas las plantas pueden comunicarse con nosotros, los humanos. Aprendí que ellas son, incluso, más inteligentes que nosotros y tienen un espíritu particular que las habita y les permite su crecimiento, si es que el humano u otro tipo de animal no las obstaculiza y oprime.

Con todos estos saberes, no debí sorprenderme esta mañana, cuando mi querida “salvia peruana”, se vistió de modo tan bello con los colores de la bandera de mi patria lejana. Es más, la salvia se confabuló con una fucsia, que también cuido con esmero, y que al igual floreció en blanco y rojo, y en rojo y blanco. Estas dos plantas, además, de regalarme sus colores, que para un peruano significan tanto, atraen todos estos días de verano, a los colibríes del norte, que vienen a tomar su néctar. Los colibríes, esas avecillas con las que también tengo un viejo y maravilloso trato y que al igual que la salvia sobrevuelan de sur a norte, sin fronteras, todo el continente americano.

Al ver este despliegue blanquirojo de la salvia y de la fucsia, en este 28 de julio, no pude contener las lágrimas, pero también, una sonrisa más o menos tranquila, me impulsó a tomar una inhalación prolongada, como un profundo suspiro, como tratando de alcanzar el oxígeno limpio que abunda en las montañas y en los llanos de Chirimoto, Amazonas, Perú y pensé en José de San Martín, quien soñó en Paracas con los colores de nuestra bandera, a la que debemos, obligatoriamente, ponerle para el Bicentenario, un arco iris que atraviese su horizonte.