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Una publicación de la asociación SER
Psicólogo con maestría en Sociología.

La votación congresal

Parece que PPK ganó después del cierre de la votación. Si el flash de la encuestadora Ipsos de las cuatro de la tarde del domingo 10 de abril le daba 0.6% de ventaja sobre Verónika Mendoza, ¿cómo se explica que al término del conteo rápido esa ventaja hubiera crecido a 2.8%?[1]Una de las explicaciones puede estar en que los cientos de miles de electores que aguardaban en las filas dentro de los locales de votación, al enterarse de ese empate técnico a través de sus teléfonos celulares, cambiaron su decisión de votar para apoyar a Keiko Fujimori o PPK e impedir que el Frente Amplio pasara a la segunda vuelta. ¿No hubo una sutil manipulación de los temores que la derecha había agitado durante la última semana al ver el crecimiento de las simpatías por Mendoza? ¿Deben, por eso, prohibirse las encuestas a boca de urna, dado que es imposible, a estas alturas, asegurar que todos los electores emitan su voto antes de las cuatro de la tarde?

Hasta el 26 de abril, el ausentismo y la abstención están dando la mayoría absoluta en el Congreso al fujimorismo.Faltan que los JEE definan el destino de 4,048 actas observadas en la votación congresal para tener el resultado final.El promedio del ausentismo de los electores ha subido del 15.1% de las tres elecciones anteriores, al 18.20% esta vez. Es decir, 4’153,972 de peruanos no acudieron a votar por diversos motivos. En el caso de la votación congresal hubo 6’934,920 de votos blancos y nulos. Los votos para los parlamentarios fujimoristas suman el 36.27% de los votos válidos y conseguirán la mayoría absoluta aún si ocurre lo improbable: que los votos de Democracia Directa superen la valla del 5% (están en el 4.46%) con lo que tendrían 3 congresistas en Cajamarca y uno en Puno menos, que pasarían al grupo que lidera Andrés Alcántara.

Para todos los efectos, los ausentes y los que votan blanco o nulo, no cuentan, aquí y en cualquier país civilizado del mundo. Eso no significa fraude, sino que 11 millones de peruanos no eligieron a sus representantes ante el Congreso, porque, probablemente por su desprestigio, sentían que era perfectamente inútil votar por algún candidato. Seguimos en la profunda crisis de la institución de la representación. Si así funciona el voto obligatorio, ¿cómo funcionaría el voto facultativo o voluntario y cuáles serían sus efectos?

La elección para el Congreso de la República cierra un ciclo, aunque sigue pasmada la formación de una clase política que haga contrapeso a la tecnocracia gobernante. La renovación del 73% de los congresistas es producto del desprestigio del Congreso, y de por sí no es el anuncio de algo positivo, pero también puede ser una oportunidad para que sus debates reenganchen el interés de la ciudadanía. Seguiremos entonces descontentos con los improvisados y tránsfugas, complementando la prohibición de la reelección de gobernadores regionales y alcaldes que ordena la Ley N° 30305 aprobada en marzo del año pasado

De las 11 listas en competencia, siete vieron disminuir su votación para sus candidatos al Congreso, una recibió casi igual cantidad de votos y sólo dos crecieron: la Alianza Popular (aunque sólo fueron elegidos candidatos del Partido Aprista) y la de Perú Posible. Una hipótesis es que los 80,000 votos más de la primera, provinieron de militantes pepecistas que habían votado por PPK para presidente. Se abre un nuevo ciclo en el que estarán ausentes el Partido Popular Cristiano, Perú Posible, el humalismo y Somos Perú.

La izquierda existe aunque encuestadoras y publicistas se empeñaron en negarlo. Según Levitsky “el desempeño electoral del Frente Amplio ha sido espectacular”. El sentimiento izquierdista alcanzó el respaldo de 3’484,542 electores para sus candidatos presidenciales, aunque disminuyó a 2’178,850 votos para el Congreso (14.11% del FA y 4.46% de Democracia Directa). Esos votos pueden expresar la simpatía por Verónika Mendoza y sus cualidades, así como el reconocimiento al compromiso de líderes, en sus diversas agrupaciones y matices, con la defensa de los derechos de los trabajadores, del medio ambiente, de los derechos indígenas y de otras minorías; con las víctimas civiles del conflicto armado interno; con su antiimperialismo; con su defensa del patrimonio estatal y de mejora de los servicios públicos; con su antirracismo y con un estilo de hacer política respondón y levantisco, en gente que se ha hartado de la sumisión y el borreguismo. Pero como una reivindicación frente a lo que consideraron la traición del humalismo.

Si se examinan los gastos reportados a la ONPE por los partidos entre el 15 de noviembre y el 15 de abril, se observa que la campaña del partido de César Acuña dispuso de “plata como cancha”, aunque sólo haya conseguido 9 parlamentarios. En otras palabras, invirtió más de 2.6 millones de soles por cada uno. Peor fue la situación de Solidaridad Nacional que gastó 3.6 millones sin conseguir uno solo, debido a su retiro, decisión que afectó sobremanera a su principal financista, José Luna Gálvez, quien no consiguió la reelección. En el otro extremo el Frente Amplio demostró que no todo es dinero en una campaña electoral y con una envidiable eficiencia  invirtió sólo 11,717 soles en publicidad por cada parlamentario, que suman 20. El fujimorismo –que podría llegar a tener 73 congresistas- ha invertido 122,122 soles por cada uno, mientras PPK gastó 225,902 por cada uno de sus 18 parlamentarios, menos que la alianza APRA-PPC que gastó 7’845,550 para obtener sólo 5 curules. Otro caso de súper eficiencia, mezclada con justicia poética, fue el de Fernando Olivera, que no había gastado nada en publicidad, pero que aprovechó la oportunidad que le brindó el azar y se reencontró con el pueblo peruano. Luego de lanzarle su celebrada filípica de tres minutos contra Alan García en cadena nacional de televisión, conquistó 202,760 votos. ¿Tendremos a Olivera resurrecto el próximo lustro?

Si, al menos, cuatro caudillos han sido derrotados en esta campaña, el caudillismo no ha muerto como forma principal del liderazgo político en el Perú. El caudillismo, que se caracteriza por imponer la voluntad del jefe sobre la ley y sus procedimientos, complementado con sus métodos clientelistas, va a poner a prueba lo avanzado en la institucionalización del Estado peruano desde el 2001. El caudillismo grande, pero también el pequeño, pululan por las instituciones estatales como una de las enfermedades que impiden su real modernización. Liberales e izquierdistas tienen la enorme tarea de seguir bregando por convertir a la masa informe de electores en ciudadanos informados.


[1]De acuerdo con las cifras oficiales de la ONPE, los 18’668,632 votantes del país y del extranjero, votaron blanco o nulo 3’358,851 para presidente, lo que reduce el número de votos válidos a 15’309,781. Achicada la torta, los 6’103,660 votos de Keiko han resultado ser el 39.87% de los válidos y el 26.74% de total de electores hábiles; los 3’218,798 de PPK, el 21% y los 2’871,564 de Verónika Mendoza, el 18.76%, es decir, una distancia del 2.24% entre estos últimos.