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Una publicación de la asociación SER

La vigencia de la memoria

En un elevado torreón pinta el pintor de batallas un gran mural con escenas recogidas y vistas en las muchas en las que estuvo como reportero de guerra. Intenta capturar el horror humano y para ello recurre a su recuerdo. La memoria de las muchas imágenes que captó a través de su lente fotográfico lo ayuda para alimentar el detalle de sus enmarques y el realismo de las escenas que pinta. Sin embargo, será a través del arte y de las explicaciones científicas sobre simetría, como aquello que en apariencia no se transforma, que intentará comprender la naturaleza humana de la violencia. Irrumpe en la novela un sujeto retratado en una fotografía que le increpa por qué en ellas se concentró tanto en retratar el dolor ajeno y no el suyo propio. “¿Cuándo dejó de dolerle lo que veía?” le pregunta Ivo Markovic a Faulques, el pintor de batallas.
 
Mientras leo la novela de Pérez Reverte (1) no dejo de pensar en nuestras batallas locales por la memoria. Esas batallas semi clandestinas que parecen casi guerrillas. Los relatos de Telmo Hurtado retumban como una caja sorda que parece impenetrable. ¿Cuándo dejó de dolernos lo que decía? “Usted, a sangre fría, fue quien iba de zanja en zanja, eliminando a esas 15 personas detenidas. Me sorprende su cinismo y se lo digo en su cara, porque yo vi cuando usted disparó, le dijo el mayor (r) Telmo Hurtado al general (r) EP Nelson Gonzales Feria, al ser confrontado ayer (27 de julio 2012) en la Sala Penal Nacional”. (2) Me inquieto. ¿Cuándo dejó de dolernos será la pregunta adecuada? ¿Nos dolió alguna vez no será más preciso? ¿Incluso, es necesario que nos duela? ¿No será que debemos preguntarnos más por los “mínimos” para que algo pueda ser efectivamente motivo de recuerdos significativos?  ¿Y cuáles pueden ser estos mínimos?

Imagino que para recordar alguien debería tener datos. Luego tendría que poder organizarlos como una narración con sentido. Después tendría que poder darles alguna significación. Quizá también tendría que considerarlos, o sentirlos, relevantes. Quizá no deberían parecerle algo antiguo y agotado, sin interés, sino un componente de sus preocupaciones. 

Las declaraciones de Hurtado no nos remecen como sociedad. Quizá porque no están dirigidas a nosotros. Porque las audiencias en las que hace uso de la palabra son marginales, casi clandestinas (aunque se celebren en el corazón de la capital dos veces por semana). Quizá porque su uso de la palabra es cínico. Porque a la justicia no le queda otro camino que meterse en un comercio confuso donde se trueca la verdad a medias de un asesino ejecutor por las condenas tardías de otros mandos superiores.

Pero allí está Hurtado, el criminal confeso desde 1985, que acusa hoy, 2012, de frente a la cara a sus jefes militares como nunca antes lo ha hecho nadie en el país. Yo maté porque ustedes me lo ordenaron. Y además, ustedes mataron también, directamente y sin necesidad de intermediarios. 

Debería ser portada a ocho columnas. Pero sus declaraciones aparecen en medio de otros tantos hechos de sangre, como notas de prensa que reclaman hechos del presente o el pasado. No como un problema o un cuestionamiento político y moral, sino apenas como una noticia. Nadie parece percatarse que el mayor en retiro habla también de los hechos sucedidos en 1985 en el cuartel Los cabitos en Ayacucho. Parecen historias lejanas ¿o lejanas y distantes serán las brechas culturales y étnicas que separan a los sujetos envueltos en esos relatos? Su testimonio describe con crudeza cómo la muerte y la violencia fueron formas sistemáticas de ejecución cometida por quienes estaban destinados a proteger a la población civil.

Y sigue el acusado Hurtado, ahora también, el paladín de la verdad práctica: “Yo no tengo nada que inventar. Usualmente, usted y los mandos superiores falseaban información sobre los capturados y eliminados. Apenas informaban el 10% de las bajas”. Aquí las víctimas aparecen como sujetos homogeneizados que desaparecen como las cenizas de los cuerpos que eran incinerados en el horno que funcionaba en el cuartel Los Cabitos. Sus historias personales ¿nos cuestionan, nos conmueven, nos estremecen? Y cito a Tzvetan Todorov, “¿cuál es el mecanismo que engendra el dolor?”(3) En este mecanismo operan ejecutores de ese dolor, pero también sistemas de soporte que dejan que estos se den. Los operadores de la violencia no están solos, sino que van acompañados de un orden de las cosas que resulta impermeable ante el dolor ajeno. Son estructuras envilecidas y robustecidas por siglos de discriminación enceguecida que no permite que se abran ante sí los otros de esta historia. Es decir: hay obstáculos antiguos para el dolor. Ya es tiempo de comenzar a desenmarañar esas estructuras. Aquí simplemente algunos casos de esta larga historia de hechos y relaciones.

Por ejemplo, el juicio del caso Cabitos 83 se inició en Ayacucho a mediados de junio pasado.  El Cuartel Los Cabitos es descrito en el Informe Final de la CVR como un centro de detención, tortura y desaparición para los años 1983, 1984, 1985. Este último año corresponde precisamente al cuadro retratado por Hurtado en sus declaraciones. Muchas de las señoras fundadoras de la Asociación Nacional de Familiares de Secuestrados, Detenidos y Desaparecidos del Perú (ANFASEP) participan en el caso. Esta es una de las organizaciones más importantes de víctimas que muestra el esfuerzo conjunto de mujeres en su mayoría quechuahablantes que en un momento clave del conflicto armado interno se une para buscar a sus seres queridos y demandar al Estado justicia y verdad. Mientras este juicio se iniciaba en Ayacucho, las noticias sobre el proceso fueron escasas en los medios de prensa limeños. Es una memoria pública de gran interés local (4) y para la agenda de las organizaciones de derechos humanos, pero que cala poco en el espacio nacional. Las noticias en Lima seguían (¿cómo siempre?) concentrándose en el día a día de violencia urbana y en prestar tribuna a quienes estuvieron en el poder en décadas autoritarias, dígase aquellos que bajo el velo fujimontesinista ostentaron del poder. Por decirlo así: no importa que tan grave sea teóricamente, a este caso le falta el gancho para ser un fenómeno nacional.  

Sigo: “El tribunal repudia estos crímenes. La pena máxima que se impuso fue de 25 años a los acusados, o sea el máximo, por una pluralidad de crímenes; pero decidimos quitar uno de estos en aplicación de las doctrinas internacionales. Así los 5 jueces que componemos la sala decidimos reducir las penas a 20 años” refirió Javier Villa Stein sobre su polémico fallo que reduce la pena a los integrantes del destacamento militar Colina que operó durante los 1990 como brazo oculto del fujimontesinismo. (5) Un tecnicismo letrado. Un fallo inaplicable que denigra la justicia peruana. Una sentencia que significa un grave retroceso en la justicia peruana y que lo ha llevado a enfrentarse con el entonces Ministro de Justicia (hoy Primer Ministro) Juan Jiménez Mayor. La discusión de Javier Villa Stein requiere enmarcarse en un debate más amplio sobre la naturaleza de los derechos humanos y que uno encuentra en el tea party republicano de Estados Unidos. Es la discusión de conservadores sobre la naturaleza universal de los derechos humanos. ¿Cuáles son sus límites y cuáles sus aplicaciones a nivel nacional? Es la ejecución de una forma de pensar que se nos impone bajo el manto y los preceptos de la ley.  Esto me lleva al tercer ejemplo, el Te Deum del cardenal Cipriani el pasado 28 de julio. En este se explaya y rebusca en la memoria para destacar el carácter valiente y heroico de nuestras fuerzas armadas –no niego que pudo haber individuos destacados y honestos pero de estos conocemos poco. La memoria, dice, debe ayudarnos a no repetir los errores del pasado. Escucho bien o mi conexión con RPP está distorsionando el sentido de las palabras. ¿Cuáles memorias? ¿Cuáles recuerdos?  ¿Hay acaso una sola forma cómo opera el recuerdo? ¿Tenemos acaso que seguir una memoria única? Y viniendo del cardenal, ¿no estará trocando memoria por simple ocultamiento? En todo este uso alegre de la memoria como bálsamo, conviene también, regresar a la vieja costumbre de llamar a las cosas simples y por su nombre.  

Ante la pregunta, “¿Cuál es el régimen político más inhumano?” El director del documental sobre Duch un jemer rojo, Rithy Party responde “el que decide qué es lo que le conviene al individuo y se lo impone a los demás” (6) Esto es el sujeto modelado a imagen y semejanza de uno disciplinado y sumiso que impone sus (sin)razones sobre los demás. Negar la agencia y simultaneidad del sujeto es aquello que impide vernos en el otro, reconocernos como iguales y avanzar realmente como sociedad, conmovernos y sentir que aquello que ocurrió hace más de veinte años no vuelva a ocurrir.
 
Los ejemplos citados sucedieron en los días que leía la novela. No fueron hechos que ocurrieron hace diez o veinte años, sino la semana pasada en este país. Están ahí para restregarnos en nuestros rostros la vigencia de la memoria –no son hechos aislados de un pasado terrible, sino son hechos que se unen y estrechan con otros, de relaciones densas y complejas, del pasado que se vive (¿o se olvida, o intenta olvidar?) en el presente.

Notas

1)    Pérez-Reverte, Arturo. El pintor de batallas. Buenos Aires: Alfaguara, 2006:301 p.
2)    http://www.larepublica.pe/27-07-2012/telmo-hurtado-acusa-su-jefe-de-matar-15-detenidos
3)    http://www.clarin.com/opinion/mecanica-genocidio-relatada-victimarios_0_675532506.html
4)    http://www.lacalle.com.pe/index.php?option=com_content&view=article&id=11551:hoy-empiezan-las-audiencias-del-juicio-oral-por-el-caso-cabitos-83&catid=53:notas-del-dia
 http://elcomercio.pe/actualidad/1445209/noticia-villa-stein-sobre-fallo-favor-grupo-colina-se-resolvio-manera-impecable
5)    Véase Todorov ibidem.