Skip to main content
Una publicación de la asociación SER

La utopía vigente de Arguedas

Foto: Baldomero Pestana - Retrato de José María Arguedas II (Repositorio PUCP)

Hace cinco décadas, José María Arguedas decidió dejar este mundo. Es cierto que la depresión que lo acompañó durante toda su existencia fue un factor para que el Taita tomara la fatal decisión. También es verdad que, junto a su drama personal, el hecho de que sus ideales de reivindicación de la cultura andina no fueran comprendidos del todo por la intelectualidad de la época lo frustró en demasía.

Para Arguedas, la cultura andina debía ser entendida como parte de la cultura peruana, en un contexto de discriminación y de hegemonía de lo occidental. Esta nueva utopía superaba la idea de reinstauración del Tahuantinsuyo, que estuvo vigente durante buena parte de la colonia hasta la gran rebelión de Túpac Amaru. La derrota de esta revolución, aunque precursora de la independencia, generó que el indígena estuviera por largo tiempo abandonado y excluido de la vida nacional.

Manuel González Prada fue el primer intelectual peruano que se preocupó por la cuestión indígena. Denunció su explotación y marginación contra el discurso positivista que concebía al indígena como alguien sin alma, sin capacidad de aportar a un crecimiento nacional que debía ser liderado por los criollos. Uno de sus herederos intelectuales, José Carlos Mariátegui, va más allá al señalar que “el problema del indio” era en realidad el problema de la tierra: esta debe ser para quien la trabaja y no para quien la posee. Incluso se aproxima al tema cultural: en “El proceso de la literatura” (uno de sus célebres Siete ensayos) indica que las tradiciones orales quechuas deben ser incorporadas y reconocidas.

Prada y Mariátegui tienen el mérito de haber planteado soluciones a la problemática indígena en su contexto. será Arguedas quien terminará de redondear la faena, gracias a la experiencia de haber convivido con los indígenas durante su infancia y adolescencia. Junto a su padre, un abogado itinerante, conoció cerca de 200 pueblos de Junín, Ayacucho, Apurímac, Cusco y Huancavelica. Conoció la cultura andina y también la marginación. Quizá por eso es que cuando recibió el Premio Inca Garcilaso de la Vega en octubre de 1968, Arguedas dice que no es “un aculturado” sino “un peruano que orgullosamente, como un demonio feliz, habla en cristiano y en indio, en español y en quechua”.

Esa conclusión de Arguedas, quien ya tenía pocas ganas de estar en este mundo, es producto no solo de esa experiencia de vida, sino del estudio de la cultura andina. Arguedas entendió su idiosincrasia, denunció su postergación y propuso una reivindicación no solo material como Prada y Mariátegui, sino cultural. Esa propuesta fue expresada en obras como Los ríos profundos y Todas las sangres. Un poemario póstumo, Katatay, también formará parte de esa expresión.

Arguedas sostiene que las expresiones quechuas no solo tienen que ver con su lírica, sino con el sentimiento de postración y aislamiento que vive el habitante de los Andes. Arguedas se erige como un defensor de las tradiciones culturales andinas, marginadas por la oficialidad criolla. Y también se convierte en un promotor activo de su cultura.

En su tesis de Licenciatura titulada “Katatay y la Poética Quechua de José María Arguedas”, el poeta y catedrático Eduardo Ninamango indica que el Taita asume “un compromiso social de denunciar a través de la creación artística las injusticias que se cometen contra el indígena”. También señala que en Todas las sangres, Arguedas “intenta amalgamar las diferentes manifestaciones populares, con la finalidad de darle una identidad cultural al Perú, frente a los requerimientos alienadores que propugnaba el capitalismo”, con lo que indica que este último no solo es un sistema económico, sino una cultura. Finalmente, Ninamango sostiene que para evitar el “genocidio” de la cultura indígena, Arguedas buscó “la formación de una identidad cultural con rasgos de carácter nacional” que podría establecerse “cuando se haya comprendido al indígena y el rol que desempeña en la sociedad peruana”. Incluso va a describir el fenómeno migratorio del ande a la ciudad, que ocurría en su época “como producto de la usurpación de sus tierras y animales, quedando sin alternativa de quedarse allí a menos que se convierta en pongo del terrateniente”.

Arguedas no llegó a ver lo que ocurriría con el fenómeno migratorio andino. En Lima, los hijos y nietos de migrantes parecen haberse asimilado a la cultura dominante, aunque en ocasiones reivindican su origen, en menor medida que sus ancestros. Importantes ciudades andinas como Cusco, Huamanga o Huancayo viven una limeñización gastronómica. El pollo a la brasa y el chifa proliferan a lo largo y ancho del país. Los platos típicos se encuentran en barrios más periféricos. Sin embargo, en medio de esa “aculturación” que denunciaba Arguedas, hay un mundo andino que resiste. Sin haber migrado a la capital, defiende sus modos de producción y su derecho de vivir en paz ante las imposiciones que el Estado nacional les hace desde Lima. Preserva su cosmovisión de la naturaleza ante el desprecio oficial. Es con esa cultura con la que los peruanos no solo debemos aprender a convivir y buscar su “inclusión”, sino hacer justicia social.