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Una publicación de la asociación SER
Licenciado en Filosofía por la PUCP. Especialista en conflictos sociales con interés en temas de reconocimiento, filosofía política e interculturalidad. Melómano.

La trampa de la meritocracia

Esta semana se aprobó la Junta Nacional de Justicia (JNJ) uno de cuyos puntos de discusión fue la paridad de género. Las razones de quienes se oponen a ella es que procuran que “solo los más capacitados, por sus méritos, puedan acceder a puestos importantes, sin que sea necesario que se impongan cuotas de género”.

“Lo que se ha hecho hoy es respetar lo que dice la Constitución y ahí no figura la paridad [de género]” afirmaba orgullosa la congresista Rosa Bartra después de que el Congreso aprobase la Ley Orgánica de la Junta Nacional de Justicia.

Puede que sean razones atendibles las aseveradas por la legisladora. Porque, ¿quién no desea que a los altos puestos del Estado accedan los mejores o por “méritos propios”? ¿Por qué perder la oportunidad de promover la meritocracia como una forma de acceder al servicio público? Pero ¿realmente sucede así?

Zygmunt Bauman decía que una de las características del imaginario burgués era su fe en la “meritocracia” porque a pesar de las desigualdades de las personas esta en sí misma no es algo malo, sino que bien puede ser una “oportunidad” para alcanzar la prosperidad.

De acuerdo con el sociólogo, en estos tiempos se aprecia el mérito logrado por las personas, sin importar cómo se logró. Parte del supuesto de que toda desigualdad social es un fenómeno homogéneo para todos y todas. Que las desigualdades que afronta un niño de la sierra de Ayacucho serán igual de superadas que las de uno criado en un distrito clasemediero de Lima. Nada más falso.

Esto echa luces cuando la señora Bartra o sus defensores afirman que la paridad de género va en contra de la dignidad de la mujer, ya que “todas tienen las mismas posibilidades de acceder a un puesto público sin que importe su género”. Además, afirman segurísimos: “todos tenemos las mismas posibilidades de alcanzar el éxito profesional”. ¿En serio?

Sin embargo, lo que no dicen, por ejemplo, es que las instituciones o empresas en nuestro país, tanto públicas como privadas, no se caracterizan precisamente por promover la competencia en igualdad de condiciones para todos y todas. Creer que existen situaciones equitativas para que cualquier ciudadano pueda desarrollarse profesionalmente (“hacer una carrera”) es no conocer cómo funciona el mundo laboral o las cuestiones de género en nuestro país. O es negar a propósito esa realidad por cuestiones ideológicas.  

No hay nada más indigno, si es que realmente les preocupa la dignidad a estos opositores a todo que suene a género, que competir y asumir que muchas veces no serán los méritos personales los que hablen de la calidad e idoneidad profesional. En cambio, sí será gravitante cuántas conexiones tengas, “el roce social”. Y si no eres mujer. Por ejemplo, ¿qué empresario criado en la lógica de maximizar las ganancias permitirá que una mujer se convierta en su empleada sabiendo los costos laborales que esto implica? Esto porque sabe que en cualquier momento puede ser madre y estará obligado a pagarle la baja materna.

Apelar al sambenito de la “meritocracia” es un recurso facilista, que no contempla la realidad y que invisibiliza un problema mayor: la ausencia de verdaderas condiciones para que los “mejores” accedan a puestos claves, por ejemplo, en el Estado, sin discriminaciones, en especial por condiciones de género.

No caigamos en la trampa de la falsa promoción de la meritocracia. Es un problema social muy complejo que, dicho sea de paso, no solo perjudica a las mujeres sino también a los hombres.

Gráfica: Vitort