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Una publicación de la asociación SER

La soberanía de la inteligencia

Los resultados de la primera vuelta de las elecciones presidenciales han generado reacciones paradójicamente similares entre algunos votantes del Frente Amplio (FA), de Fuerza Popular (FP) y Peruanos Por el Kambio (PPK). Para un grupo de electores de izquierda, los resultados se explican por el bajo nivel educativo de la población, embrutecida por los programas de la llamada televisión basura, los medios de comunicación y el paupérrimo nivel cultural que difunden en el país. Para una parte de los votantes de la derecha el voto supuestamente ‘anti-sistema’ se explicaría por el resentimiento que genera la situación de pobreza, fuente de frustración y de falta de oportunidades. Desde esta perspectiva, cuando este grupo mejore su educación decidirá de forma correcta, se entiende, votaría a favor del sistema. En ambos casos lo común es considerar que la falta de educación induce a los peruanos a votar por la opción equivocada.

Hace más de siglo y medio Bartolomé Herrera, clérigo conservador, consideró que en las elecciones no deberían participar las mayorías indígenas analfabetas, quienes no contaban con el raciocinio mínimo necesario para decidir correctamente el destino de los demás. Actualmente, tanto desde la izquierda como la derecha se evidencia una dificultad para comprender el voto popular a nivel nacional, descalificando a las mayorías que en diversos lugares han expresado su decisión por medio del voto. Por ejemplo, en las zonas rurales del Sur del país una buena parte de la población ha expresado su simpatía por el FA, regiones en las que coinciden la pobreza y los bajos niveles educativos. Visto de ese modo, la explicación facilista es la correlación directa entre estos factores y el voto anti-sistema; sin embargo, en las mismas regiones se pueden encontrar resultados diferente. Así, en la región Apurímac el FA ganó con el 33.75%, seguido de Fuerza Popular con el 28.69%¸ mientras que en algunos distritos de Abancay, como en San Pedro de Cachora, FP ganó con el 49.02%, dejando detrás al FA con 40.95%. Asociar la pobreza y el bajo nivel educativo con una opción en particular es asumir la explicación más sencilla ante la compleja realidad del voto nacional, tan heterogéneo en términos sociales, económicos y étnicos. 

Desde la otra perspectiva, el voto a favor de Fuerza Popular no es un voto que proviene solo de sectores mal informados o embrutecidos por la televisión. Por el contrario, en Lima los sectores urbanos de medianos ingresos proporcionaron alrededor del 25% de los votos a favor de esa candidatura. Y una parte importante de esta votación proviene de personas por encima de los 25 años, grupo que no desconoce los acontecimientos de la década de 1990.

¿Cómo entender estas aparentes contradicciones? Quizá el camino comienza por desechar que el conocimiento de los hechos de la década de 1990 necesariamente llevaría a una posición política de rechazo contra el fujimorismo. Esta presunción supone que las personas tienen una memoria ‘vacía’ que debe ser llenada ‘correctamente’ por la ‘verdadera’ historia. Lo cierto es que ya existe un recuerdo de esa época, formado por el entorno, la familia, la escuela y otros medios, ante la cual cada uno de los votantes se confronta y decide asumir una valoración positiva o negativa de los hechos.

Por otro lado, el voto ‘anti-sistema’ no solo es producto del descontento de quienes no se han beneficiado del crecimiento económico, ni de quienes no han logrado recibir educación de calidad. En los sectores de altos ingresos se puede encontrar votación a favor del FA; por ejemplo, en La Molina el 6.9% y en Miraflores el 6.3% de los votantes se inclinó por esta candidatura. Como en el anterior caso, la votación se explica por otro tipo de factores antes que el mencionado ‘resentimiento social’. Influyen las tradiciones familiares, el tipo de educación y otros factores que determinan el voto.

El voto hacia una opción política u otra no siempre es el producto directo de la falta de educación, formación moral o pobreza; mucho menos puede ser la explicación directa de un fenómeno tan complejo. La densidad de los acontecimientos de la década de 1990 generó múltiples relatos que no siempre van en la misma dirección moral; la última elección muestra de manera clara que existen memorias en conflicto que no pesan de la misma manera al momento de decidir por quien votar o no. Asumir que solo un grupo tiene la memoria correcta, cualquiera sea su posición política, es, de alguna manera, regresar a la soberanía de la inteligencia.