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Una publicación de la asociación SER

La raíz de la intolerancia

La semana pasada comentaba, en este mismo espacio, las dificultades que existen en el Perú para que existan políticas de memoria. A mi entender, las trabas no hay que buscarlas en el pasado lejano o en la larga duración, sino en los procesos políticos de los últimos veinticinco años.  El lamentable debate sobre la Unión Civil nos muestra que en el Perú del Siglo XXI, es imposible pensar en políticas de tolerancia y menos aún en políticas de reconocimiento. 

Al igual que en el caso de la memoria, para entender esta dificultad, tenemos que volver a inicios de los años noventa, para comprender por qué nos cuesta tanto aceptar al otro, al que es diferente a nosotros y al que piensa distinto. Hasta esa fecha, y a lo largo de todo el siglo XX, la lucha por los derechos en el Perú, con sus trabas y las resistencias de quienes detentaban el poder, habían sido parte de procesos políticos y sociales en los que se cuestionaba al poder mismo y a la estructura económica. Eso fue el largo ciclo de tomas de tierras que llegó incluso hasta fines del primer gobierno de Alan García, así como el ciclo de urbanización por invasión que vivió Lima desde los años 50.

Y en esos procesos, actores como los campesinos en busca de la tierra o los pobladores en busca de vivienda, planteaban claramente sus reivindicaciones como derechos, que les habían sido usurpados o negados, y frente a ello, la movilización social, combinada con la acción política, fue ampliando la ciudadanía. Pero ese largo ciclo que marcó casí todo el siglo XX se vio truncado por el colapso del Estado, los partidos y del mismo movimiento social, como consecuencia de la crisis combinada de hiperinflación y terrorismo, que el fujimorismo resolvió aplicando la reforma neoliberal más agresiva del continente.

Pero la reforma no solo fue económica, sino que penetró todos los rincones de nuestras vidas, a través del sistemático manejo de medios y psicosociales que desarrolló el fujimorismo, y frente a los cuales, una sociedad derrotada por el conflicto armado interno solo asintió. Parte de las concesiones que aceptamos como país fue que los derechos no eran universales y que podían ser conculcados en nombre de una promesa de un futuro mejor. El resto lo hizo el mercado, para el que todos somos  clientes o potenciales consumidores. Y para anular las diferencias, todos terminamos creyendo el cuento de que el emprendimiento individual nos lleva al éxito. 

¿Qué tiene que ver esto con la incapacidad para tolerar al diferente? Pues bien sencillo: El neoliberalismo peruano considera que si uno está en mejor posición que otro es por su exclusivo mérito personal. Era el fin de la historia. Pero con el paso del tiempo, se fueron abriendo algunas vieja grietas o emergiendo nuevas. Y así surgió aquel que no encaja en el modelo,  aquel que reclama aquello que no está en cuestión, aquel que disiente, aquel hombre que quiere amar a otro hombre y que, por tanto, no encaja; aquel indígena que quiere defender su Apu tutelar; aquella mujer que quiere controlar su cuerpo.  Aquel que vuelve a recordarnos que la libertad va de la mano con la igualdad ante la ley, y que una no está por encima de otra.

Es cuando emergen estos otros diferentes, que los guardianes del orden, sean curas, obispos, pastores evangélicos, tecnócratas, congresistas o lo que sean, salen a defender “el orden natural de las cosas”, la ausencia de historia, el tiempo congelado y una sociedad que, en nombre de la libertad, ha regresado a algunas de las peores taras que pensábamos ya superadas, una sociedad que se dice moderna, pero que cada vez está más cerca de la hacienda y los gamonales.

En una sociedad así, los que pensamos, sentimos y vivimos de una manera diferente, no tenemos lugar…pero como no somos pocos y lo que defendemos es muy valioso para nosotros, seguiremos dando la pelea.