Skip to main content
Una publicación de la asociación SER

La piel de un indio (en Las Bambas) no cuesta caro

Foto: Leslie Searles

Con un cierto tono de ironía, Rosa María Palacios ha señalado, en su programa Sin guion,  que los comuneros de Fuerabamba no son pobrecitos, en los comentarios de Youtube de este y otros programas de noticias, diversas personas los han catalogado de extorsionadores y convenidos. Entre la ironía y el desprecio, lo que los comuneros de Fuerabamba vienen desafiando es esa representación de sujetos subalternos a la que han sido relegados por el estado peruano. Como un modo de confrontar explotaciones y el desinterés de las autoridades nacionales durante años, los fuerabambinos han producido sus propias estrategias de negociación, de acuerdo a sus propias reglas. Conocedores del valor de los recursos en sus territorios, han decidido exigir mayores beneficios económicos. Se han declarado “no antimineros” y están gestando la construcción de una relación simétrica con la minera que, bajo una aparente filantropía humanista, ha perpetrado numerosas injusticias sociales y ambientales en la zona.

Se trata de un tipo de empoderamiento, de recobrar el derecho a la protesta y una auto-representación más allá de la ventriloquia letrada o nacionalista. La toma de carreteras, cerrar el diálogo hasta lograr la liberación de sus dirigentes, rechazar las propuestas del gobierno, atentan contra esa tradición colonial del sujeto indígena pasivo, carente de agencia, que tiene que aceptar lo que se le ofrece y punto. Ahora, los comuneros buscan sus propios medios para recuperar su dignidad, para demostrar que el diálogo ya no tiene que seguir la lógica de la dádiva, según lo que el Estado o la minera dispongan. Bien ha señalado Humberto Campodónico que el caso Las Bambas demuestra que el modelo minero se encuentra desfasado. Sin embargo, no es que las políticas mineras hayan caído en un desgaste, sino que comuneros como los de Fuerabamba se han cansado de seguir aceptando acuerdos que solo benefician al gobierno y a las transnacionales.

El reclamo es justo. Para iniciar el proyecto Las Bambas, la empresa Xstrata compró los terrenos a un costo mínimo. La construcción de casas, la reubicación, el otorgamiento de predios, todo ello no significó un real gasto para Xstrata si consideramos todo lo que iba a ganar con la explotación del cobre en la región. En otras palabras, no les costó caro. Ciertamente, ellos advirtieron que dar dinero resultaba un medio eficaz para contener posibles protestas. Los comuneros reconocieron en esta transacción un medio que les permitía solucionar problemas concretos de acuerdos a intereses específicos dentro de la propia comunidad. Se trató sin duda, como ha indicado Javier Torres, de un mecanismo perverso. Asimismo, este tipo de negociaciones buscaba, por parte de Xstrata Cooper, desarticular la solidaridad comunal, ofreciendo más o menos dinero a tal o cual autoridad local. Posteriormente, las políticas de MMG, actual dueña de Las Bambas, restringieron las sumas de dinero, dando pie a nuevos conflictos como el que se vive en estos días por la “carretera” que atraviesa el fundo Yavi Yavi.

En medio de este contexto, amerita detenernos en cómo los propios comuneros han entendido las negociaciones con la minera y hasta qué punto son realmente las víctimas o, más bien, es la esfera pública la que quiere victimizarlos. Si nos mantenemos únicamente en el plano de una empresa que compra a una comunidad, lo que hacemos es negar la capacidad política de los propios comuneros. Es semejante al discurso de la extorsión de los hermanos Chávez Sotelo. Queda por investigar el rol de estos abogados, pero quedarnos con la imagen de unos comuneros engañados no hace sino infantilizarlos, al considerarlos incapaces de protestar o acaso buscar sus propios beneficios. Debemos dejar de romantizar a las comunidades indígenas.

Si por un lado se ha cuestionado que los comuneros quieran enriquecerse -como si no tuvieran ellos el derecho a tener una camioneta o una casa-, al mismo tiempo se les ha considerado una amenaza para la seguridad y el progreso nacional. En una conversación con Raúl Molina, viceministro de Gobernanza Territorial, la periodista Josefina Townsend (hoy desaforada de RPP-, pregunta por la gobernanza nacional. Con esta expresión los comuneros son convertidos en una amenaza, en un obstáculo. José María Arguedas escribió estos versos en 1966, las cuales resuenan en los comentarios de periodistas como Palacios o analistas  como Rospigliosi: “Dicen que ya no sabemos nada, que somos el atraso”. Aquí resuenan los vituperios acéfalos a los que nos tiene acostumbrados Aldo Mariátegui, quien ha sentenciado que no conviene espantar a los dueños de MMG “por abogados pendejos y comuneros ignorantes”. Y es que para muchos limeños eso son los comuneros de Fuerabamba ahora (y siempre): ignorantes, primitivos, salvajes, indios, en otras palabras.

Las mineras se han convertido en la excusa perfecta para que el Estado abandone sus responsabilidades con las comunidades indígenas, dejándolo todo en manos de empresas privadas. Siendo así, los comuneros se han visto en la necesidad práctica de negociar con las transnacionales. Pero cuando tales negociaciones se salen de las manos de las mineras, estas llaman desesperadas al Estado, y este acude presto, apelando a nociones de soberanía y desarrollo nacional. Entre ambos se cuidan las espaldas. La carretera que pasa por Yavi Yavi fue hecha por la minera, pero el Estado la convirtió en vía nacional. ¿A quién reclamar entonces si todo quedaba bajo la soberanía estatal? Esta ambivalencia la señala muy bien José de Echave, cuando señala en entrevista con Noticias SER, que el Estado “cometió el error de no hacer el proceso de manera adecuada”. Y no lo hizo porque todo quedaba en un gesto entre cómplices, quienes una vez más buscaban armar sus alianzas a costa de los derechos de los comuneros.

Para camuflar su complicidad con las transnacionales, el Estado peruano ha optado por criminalizar las protestas de Fuerabamba, como bien ha indicado Rocío Silva Santisteban. La detención de Gregorio Rojas, presidente de la comunidad de Fuerabamba, hasta ahora no ha sido debidamente explicada y parece más una medida para amedrentar a los comuneros. Éstos son ahora enemigos del país, criminalizados y representados como salvajes. Como muestra, valga citar una portada del Perú21 (20/03/2018): “Los recibieron a pedradas. A punta de huaracas, comuneros rompen diálogo con el gobierno”, en alusión al modo en que los fuerabambinos rechazaron recibir a la comitiva de ministros enviada el 27 de marzo. Si un lector se queda solo con esa representación, imaginará que los comuneros son una horda que solo busca pleito y, además, atacan con huaracas, ¡atentos! No son palabras gratuitas las de este titular; son reflejos de un pensamiento colonial que busca deslegitimar el derecho a la protesta indígena. Pero si las palabras no funcionan, siempre están los policías -que en convenio con MMG - cuidan no los intereses de la gobernanza territorial, sino los intereses económicos de las mineras. Esto es lo que se llama servir a la patria. Y cuando se trata de amenazar, torturar, matar, para la policía la piel de un indio, de un comunero de Fuerabamba, no cuesta caro.

Agambem en Homo Sacer ha hablado extensamente de los estados de excepción, lo cual resuena con los llamados toques de queda en nuestro contexto. Sin embargo, en la obra de Agamben esta condición es pasajera o extraordinaria. En Perú, para las comunidades indígenas, se trata de su día a día. Si consideramos los casi cinco estados de emergencia declarados en Las Bambas por el Estado, veremos que esto se ha vuelto una medida cotidiana, que legitima muertes, violencias y ultrajes, en nombre de eso que Townsend exigía: la gobernanza nacional. Pero no se trata solo de un amor por la patria lo que expresa declarar un estado de emergencia, sino que se reduce a cuidar los bolsillos de las mineras y el estado. Basta con revisar diversos programas de noticias, dígase Exitosa o RPP, para concluir que lo único que les interesa a los medios de comunicación es que este problema se resuelva porque ya está costando mucho dinero y nos impide ser como Chile. Ha dicho Luis Loayza que en Latinoamérica hay un fervor por siempre compararnos con Europa. En el caso peruano, no hay nada que nos encante más que compararnos con los chilenos. Así de colonizados estamos. Se dice que debemos alcanzar esos niveles de desarrollo en Chile, que debemos explotar el cobre como ellos y ser un país “casi” del primer mundo. No importan las muertes, las injusticias, la contaminación, las rabias debido a siglos de colonización, las voces que buscan, a rajatabla, ser oídas y respetadas. Nada de eso. Lo que importa es seguir siendo un país minero, quizá llegar a ser como Chile, algún día, pues finalmente, la piel de un indio nunca ha costado caro en el Perú. Ese es el guion: subalternizar, exterminar, cuidar el bienestar de un país colonizado que se llama Perú. Qué importa el costo.