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Una publicación de la asociación SER

La persistencia de Marco Aurelio Denegri

Foto: Diario Correo

Victor Liza

El intelectual más popular de la historia peruana reciente es Marco Aurelio Denegri. Un botón de muestra es que si buscamos su nombre en YouTube, comprobaremos que los vídeos en los que aparece no bajan de cientos de miles de visitas. Gente de todas las edades y condiciones sociales los ha comentado con elogios. Su partida física, ocurrida hace dos años, generó miles de reacciones en las redes sociales, como si de un rockstar o un artista famoso se tratara.

Pocos se explican cómo un hombre delgado, poco agraciado, de apariencia frágil y que usaba lentes gruesos, supo llegar a las mayorías con temas que por lo general son considerados aburridos. Asuntos que en apariencia, son solo de interés para una élite y unos cuantos curiosos que nunca faltan. El encanto que Denegri logró con su público residía en cuatro virtudes: el desenfado, el desprejuicio, la variedad y la persistencia.

En contenido y en forma, Denegri fue un desenfadado. Fundó una de las primeras revistas peruanas sobre sexología, Fáscinum, en 1972. Mientras que los jipis contrarios a la guerra en Vietnam y los jóvenes del mayo francés del 68 proclamaban que había que hacer el amor y no la guerra, en el Perú aún había prejuicios y secretos a voces. Denegri se atrevió y fue con todo. Acaso eso generó la atención incipiente de una opinión pública aún reprimida por aquellos años. Y también la censura.

Ese desenfado de Denegri se explicaba por su desprejuicio. Acaso su acercamiento estudio de la sexología lo hizo aceptar la homosexualidad como algo normal y humano, en tiempos en que esto no era visto así. Ese desprejuicio también lo aplicó al acercarse a la televisión, espacio que aprovechó mejor que nadie del entorno de la cultura. Debatió con el monseñor Ricardo Durand sobre la sexualidad en los años ochenta, en un programa que conducía Ricardo Belmont. Asistió al espacio de Jaime Bayly a inicios del presente siglo, cuando el escritor y periodista radicado ahora en Miami coqueteaba con la farándula. Allí supo reírse de las bromas de doble sentido del conductor y al mismo tiempo instruir a la teleaudiencia. En su propio programa, La función de la palabra, invitó en dos ocasiones a Mónica Cabrejos, sin importarle su pasado de vedette que aún cierta gente cuestiona en las redes, a propósito de los libros que había publicado. En ambas entrevistas, por momentos se dejó enseñar por la conductora radial sobre su visión del amor y las relaciones humanas, sin hacer gala de sus años ni sentirse superior por su condición de hombre. Fue un diálogo alturado y respetuoso.

Su vocación de polígrafo evitó que cayera en lo monotemático. La variedad era otra de sus virtudes. Denegri era un estudioso de tradiciones populares como la pelea de gallos y la música afroperuana. También hablaba de fútbol: en una ocasión elogió al Sport Boys campeón de 1951, sin dejar de lado su simpatía por Universitario. Y por supuesto, siempre abordó la filosofía, la literatura y la lingüística, de una manera que generó interés en los televidentes. Incluso abordó la crisis de la televisión. Su manera de transmitir todos estos temas atrajo a las juventudes y al pueblo, logro que la mayoría de los intelectuales no se molestaría en conseguir.

Pero la mayor virtud de Denegri fue la persistencia. Luchó por difundir su “contracultura”, como él mismo llamaba a su postura, con las armas que tenía a la mano. Apostó por un medio de comunicación con el que gran parte de los intelectuales están peleados: la televisión. Ya sea por falta de carisma o por prejuicio, ningún intelectual peruano ha alcanzado el éxito de Denegri en la pantalla chica. Este no necesitó de la señal abierta para ello. Poco después de su experiencia en Fáscinum, condujo su primer programa en Canal 11. No volvió a la televisión hasta la segunda mitad de la década de 1990, cuando estrenó A solas con Marco Aurelio Denegri en el desaparecido Cable Mágico Cultural. En el año 2000 llegó a TV Perú con La función de la palabra, donde se mantuvo en el aire hasta el final de sus días. Allí ganó gran popularidad, en especial entre los jóvenes, quienes comentaban con frecuencia sus vídeos en YouTube.

Esta popularidad de Denegri no solo se debió a su desenfado, su desprejuicio y su variedad de temas, sino a su persistencia. No se conformó con escribir ensayos en un escritorio para cierto público de élite. Fue en la televisión, ya sea en la señal abierta como invitado, o en el cable o la señal del Estado como conductor, donde predicó su mensaje. No importaba que en la misma época, los canales “grandes” prefirieran el entretenimiento fácil y falto de imaginación. Desde su humilde trinchera, sin pensar en el rating, logró mucho más. Sabía que esa pequeña ventana haría el eco de su discurso. Y quizá abrió un camino para que más gente se interese en la cultura. En el Perú de estos años, donde unos pocos monopolizan las letras y hay poco espacio para quienes distan del discurso oficial, Denegri ha demostrado que se puede abrir un camino propio. Y que la gente lo reconoce aunque no se juegue en las grandes ligas.

En un programa de televisión, Denegri explicó que la palabra “feliz” venía del latín felicis, que significa “fértil, fecundo”. Concluyó que para ser feliz, “hay que ser fecundo; hay que producir, hay que publicar”. Denegri no le pidió permiso a nadie para expresar su voz propia: lo hizo con palabras en sus libros y con su talento comunicacional en la televisión. Buscó la felicidad, y la encontró a su manera.