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Una publicación de la asociación SER

La otra violencia sobre ruedas

Subo al ómnibus y no encuentro asiento. Pasa casi siempre. Estoy parada cuidándome las espaldas. El ómnibus se va llenando y yo empiezo a ponerme tensa. Un chico se coloca a mis espaldas y no tengo adónde escapar. Se acomoda y empieza a sobarse contra mi cuerpo. Yo me muero de miedo pero no puedo hablar. Me da vergüenza. Siento algunas miradas sobre mí pero nadie habla, como si yo tuviera la culpa. Un asiento se desocupa cerca. Yo me abalanzo y acomodo mi maleta encima de mi uniforme escolar.

Esta vez subo al ómnibus en grupo. Regreso del colegio con varias compañeras que vamos en la misma dirección. Algunas consiguen asiento. Yo ya no alcanzo sitio y me quedo parada. De nuevo se llena el vehículo. De nuevo aparece alguien que se quiere aprovechar. Pero una de mis amigas se da cuenta. Me llama, me hace sitio junto a ella, sonrío aliviada. No hablamos de eso, no son necesarias las palabras.

Salgo de la academia a la que voy después del colegio y ya es de noche. Me he mudado y para regresar a casa tengo que tomar una conexión. Estoy en el paradero, esperando mi segundo micro y se me acerca un hombre que trata de hacerme la conversación. Me alejo. Llega el micro y subo rápidamente. Me siento adelante porque el micro está todavía vacío. Me doy cuenta que el hombre ha subido también y se va para la parte de atrás. El recorrido es largo pues vivo cerca del paradero final. El carro se llena y va desocupándose poco a poco. Me doy cuenta que el tipo sigue en el carro. Estoy asustada porque del paradero a mi casa tengo que caminar las cuatro cuadras largas y vacías características de las nuevas urbanizaciones que van poblándose de a pocos. Recuerdo que en el paradero anterior al mío hay una casa siempre custodiada por policías, ya que allí vive algún militar del gobierno de turno. Me bajo de improviso en ese paradero y me doy cuenta que el tipo baja detrás mío. Me dirijo de frente al guardia. El tipo se desconcierta, hace una maniobra cambiando de dirección e intenta cruzar la pista. Mientras tanto, le he explicado la situación al guardia y este lo llama. Le increpa sobre qué hace siguiéndome y me pregunta qué quiero hacer. Le digo que simplemente retenga al tipo unos diez minutos mientras llego a mi casa. Accede. Me voy casi corriendo y llego a casa todavía asustada. No le cuento nada a mi mamá, porque no quiero que se preocupe más de lo que habitualmente lo hace.

Estas escenas me sucedieron hace mucho tiempo y estoy segura que como yo, todas las mujeres que han hecho uso del transporte público han pasado alguna vez por situaciones semejantes. Ya no soy protagonista de las mismas, no porque el acoso en el transporte público haya disminuido sino porque simplemente esta vez el tiempo actúa a mi favor. En el interín, entré y salí de la universidad, aprendí a parar estas agresiones, a sacar el lapicero e hincarlo en el cuerpo de los agresores, a hablar en voz alta y avergonzarlos, a ayudar a algunas jovencitas en apuros semejantes a detener los episodios de acoso.

A pesar de muchos indicadores de avance en la situación de las mujeres y la reducción de las brechas de género en el Perú y el mundo,  las calles y los servicios de transporte público siguen siendo peligrosos para las mujeres y en especial para las adolescentes. Esto sucede porque la cultura en la base de estas conductas sigue lamentablemente en vigencia. Esta cultura que objetiviza el cuerpo de las mujeres y tolera las distintas formas de violencia sexual, incluida esta casi silenciosa e invisibilizada, que limita los derechos de las mujeres al libre tránsito y reduce su disfrute del espacio público.

Hace un tiempo la Universidad Católica creó el Observatorio Virtual del Acoso Sexual Callejero orientado a investigar, despertar la conciencia sobre el tema y brindar recursos para enfrentar estas situaciones. Hoy DEMUS  lanza  la campaña “Un hombre NO viola” que busca que las autoridades adopten medidas contra la discriminación e impunidad en los delitos sexuales. Apoyemos estas campañas, hablemos de estos temas en la casa, en el colegio, en el barrio, y también en el transporte público. Consigamos hombres que NO violan como aliados en esta lucha.