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Una publicación de la asociación SER
Pontificia Universidad Católica del Perú

La nación, su narración y su visualidad

Por María Eugenia Ulfe y Carmen Ilizarbe

Una sílaba de diferencia y una relación fundamental que Benedict Anderson explicó bien: la nación se funda en el relato sobre la nación, la nación es narrativamente construida. Esa relación es clave para entender procesos de cambio en las identidades nacionales, pues nos permite explorar el carácter de la nación mediante el análisis de su narración. A través de  la narración sobre el Conflicto Armado Interno (CAI) exploramos las características de nuestra nación en reconstrucción, en el tiempo de la posguerra.

Es significativo que tengamos tantas y tan variadas expresiones narrativassobre el CAI, desde las artes. La lista de películas de ficción y documental, de obras de teatro, de novelas y canciones, de muestras fotográficas, exposiciones y otras formas de expresión pública artística – individual y colectiva- es muy larga y eso debe ser motivo de interés y análisis. También es significativo el contraste en cuanto al volumen y la variedad con la producción académica, y en particular con la de la Ciencia Política, por razones que habría que discutir más de lo que se puede hacer aquí.

Tempestad en los Andes (dir. Mikael Wiström, 2014) es el más reciente documental de la abultada lista de obras de cine dedicadas a explorar el CAI en el Perú. En la misma línea podemos citar también Alias Alejandro (dir. Alejandro Cárdenas, 2005) y Sibila (dir. Teresa Arredondo, 2012). Un elemento que comparten es el viaje: los sujetos emprenden sendos desplazamientos al Perú, experiencias que les supondrá viajar al pasado y, como dijera alguna vez Todorov, exponerse a memorias ni agradables ni buenas. La memoria aparece como un dispositivo que activa recuerdos, pero no hay ahí valoraciones ni juicios morales –conocer es aprender a comprender al padre, a la tía que desaparece de la historia familiar o a la tía que opta por hacer una revolución.  El relato visual nos expone a otra dimensión del conflicto que es la vivida en el seno de la familia. En esta ocasión nos centraremos en Tempestad en los Andes.

Esta es una historia que se aproxima a la nación en proceso de reconstrucción –aunque no haya proceso de reconciliación en marcha- y que nos revela la mirada, la situación y el discurso de miembros de una generación que no ha participado directamente en el CAI, pero está vinculada a personas que sí lo hicieron.En Tempestad en los Andes las protagonistas se acercan a hechos y tiempos del pasado, que no han vivido directamente, pero que necesitan entender y conocer. En su búsqueda por saber “qué pasó”, las dos deben enfrentar silenciosas formas de sanción colectiva, como el estigma, en unos casos, y la indiferencia, en otros. Sin embargo, son inocentes respecto de los crímenes y no son responsables de lo ocurrido. Por ello, aunque estén en orillas distintas, llegan a las mismas conclusiones: la verdad es un derecho y una necesidad, la verdad nos habla de crímenes e impunidad que no debemos tolerar y legitimar. Una verdad como esa genera un reclamo de admisión de responsabilidades y de justicia.

Carlos Iván Degregori dijo alguna vez –comentando los avances y las dificultades durante el tiempo de investigación de la CVR- que un factor importantísimo en el proceso de construcción de la memoria era el temporal, puesto que las dinámicas de los actores serían distintas en el corto, mediano  y largo plazo. En este proceso de larga duración quizás vamos entrando ya al tiempo medio, en el que se ha renovado nuestra comunidad política, con el inicio de la desaparición de las generaciones que hicieron y vivieron la guerra, y con la aparición de nuevas generaciones, que no la vivieron pero descubren sus vínculos con ella, de sangre en el caso de Tempestad en los Andes. Este tiempo nos permite entrar en ese otro momento del entendimiento que parte de la digestión o verbalización del hecho dramático y que implica, de una alguna manera, una sutura, un zanjar o saldar cuentas con el pasado de uno mismo y con el otro. Permite, al mismo tiempo, intentar comprender la dimensión humana del conflicto y del otro en su toma de decisiones.

“Escribirlo es llorarlo”, escribió Guamán Poma de Ayala en su carta al rey, en el siglo XVII. Tan poderosa frase describe mucho de nuestra historia de derramamiento de sangre. La historia personal se vuelve un lastre del cual no puede deshacerse el sujeto –pero la verdad, como señala Flor, protagonista en el documental, resulta liberadora. La verdad permite cerrar el duelo, zanjar con el pasado y continuar con la vida. Aquí tenemos un ejemplo de una forma particular de producción de verdad, desde la experiencia personal y familiar, que no solo pregunta por los hechos, sino que trata de entender a las personas y estructuras que los explican. Es la recuperación, podríamos decir, de la humanidad de los personajes, independientemente de que sean víctimas o perpetradores.