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Una publicación de la asociación SER
Feliz, politólogo y máster en gestión de ciudades

La micromovilidad, una alternativa al congestionamiento vehicular en Huamanga

Foto: ©Luisenrrique Becerra / Asociación SER

Las bicicletas y los scooters pueden transformar las ciudades de una manera que los vehículos nunca podrían.

Con la flexibilización de la regulación del mercado de la década de 1990, las personas pudieron comprar vehículos de todo tipo, de fábrica o de “segunda”; los que tenían poder adquisitivo, lo hacían en las distribuidoras oficiales; otros, viajaban hasta la frontera de Tacna o Bolivia para comprar vehículos japoneses usados; antes, muchos de estos autos pasaron por una transformación para cambiar el volante del lado derecho al lado izquierdo. A este hecho, se suma la expulsión de trabajadores del sector público –y privado- que decidieron invertir sus ahorros para iniciar su propio negocio: el transporte (taxi, combi o cúster). Así se inicia una de las caras de la reactivación de la economía peruana.

Sin pretenderlo ni planificarlo, se indujo a la demanda de habilitación de las calles para la circulación vehicular, reduciendo el espacio para el peatón y desplazando el derecho a las otras formas de movilidad urbana. Tener un vehículo para uso personal representaba un status; era un símbolo de libertad que les permitía salir a la carretera e ir a donde quisieran. De ahí que en la actualidad, la ciudad está diseñada en relación al automóvil y no al peatón, pese a que actualmente en Huamanga existen menos de 9 autos por cada 1,000 habitantes. Esta cifra, que está por debajo del promedio nacional, representa hoy, uno de los principales problemas de la ciudad o, para ser más específicos, un problema del centro histórico de Huamanga.

Sin embargo, debemos anotar que en la actualidad, junto a la demanda por ordenar el tráfico vehicular, suceden otros fenómenos que la autoridad local debiera advertir para intervenciones urbanas y proyectos futuros. Ante la congestión, las personas han optado por adquirir y utilizar vehículos alternos que reducen el espacio y el tiempo; entre ellas, las motocicletas que compiten con los autos por ocupar un lugar de la calzada y muchas veces invaden espacios peatonales. También hallamos nuevas formas de micromovilidad urbana que sirven como medios de transporte, o para actividades deportivas y recreativas; estas son: bicicletas mecánicas, eléctricas, scooters, patinetas, entre otros.

Estas nuevas formas de movilidad urbana van incrementándose en la ciudad, algunas de ellas incluso llegan a ser el pretexto para la interacción (sobre todo de los jóvenes) y la asociatividad (clubes o asociaciones de motociclistas, bikers, ciclistas, etc), que poco a poco van demandando espacios para la transitabilidad. Por ahora pugnan por compartir o hacerse de un carril o espacio sea en la calzada o la vereda; los vemos algunas noches compartiendo recorridos y cuidándose mutuamente.

Es este el escenario que debe advertir la autoridad local y -en un contexto de democratizar las vías-, disponer de carriles exclusivos para este sector a fin de garantizar las condiciones mínimas de seguridad.

La gente quiere un mejor transporte público, más opciones para andar en bicicleta, caminar por sus ciudades, es hora de que la autoridad local tome nota y se ponga a la altura, respondiendo a los nuevos tiempos y las nuevas demandas.