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Una publicación de la asociación SER
Abogada, secretaria ejecutiva adjunta de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos

La interminable violencia contra la mujer

Hace unos días estuve en Cusco, en unas jornadas de intenso trabajo; primero, con la Asociación de Mujeres Esterilizadas de Anta, escuchando cómo ha sido su lucha de tantos años, por que el Estado les reconozca el crimen perpetrado contra sus cuerpos; luego, en Chumbivilcas, oyendo decenas de testimonios de mujeres esterilizadas a la fuerza; todo el miedo con el que viven hasta ahora, al saber que les abrieron el cuerpo, pero no tener la certeza de qué les pasó, porque hasta ahora tienen complicaciones terribles, porque les hicieron perder sus incipientes embarazos o no saben si la anestesia que les pusieron afectó en algo la lactancia de sus hijos. Mientras las escuchaba, tenía mil ideas dando vueltas en mi cabeza, como me sucedió hace trece años, cuando también estuve allí, recibiendo tantos testimonios atroces de ejecuciones, desapariciones, torturas y de tanta, tanta violencia. Creo que todos esos casos están impunes hasta la fecha. Los ministerios de Defensa e Interior hasta ahora se niegan a entregar la información necesaria al Ministerio Público. Nada raro, viniendo de un gobierno cuyo presidente estuvo procesado por desaparición forzada y tuvo como ministro a un acusado de asesinato y violación sexual durante el conflicto armado.

También recuerdo las respuestas de tanta gente que dice que estuvo bien que las esterilizaran porque eran pobres, pues, o las mismas respuestas de las funcionarias públicas de un ministerio, cuando insistía en que se hiciera algo respecto al caso: “Ya está judicializado, nada podemos desde el Ejecutivo”. Hasta ahora no está judicializado, nunca lo estuvo.

Durante el viaje de regreso, recibí la llamada de un colega de Paz y Esperanza, Milton, quien se comunicó para contarme que la Corte ya ha resuelto el caso de Santa Bárbara, y comentarme todo lo que habría que hacer. Cuando le pregunté un poco más al respecto, me contó que se trata de una matanza en la que desaparecieron a muchos. Siete eran niñas y niños de entre ocho meses y seis años. También desparecieron a una mujer embarazada. Milton me siguió hablando, pero yo ya no lo escuchaba. No podía quitarme de la cabeza cómo pudieron cometer esa atrocidad. ¿Qué  diablos tenían en la cabeza esos asesinos?

Ayer, acá en Lima, el Congreso archivó el proyecto de ley que despenalizaba el aborto. Seis congresistas fujimoristas, apristas y pepecistas decidieron que la vida de las mujeres vale menos que un cigoto, que no importa si han sido violadas. Ellas, nosotras, no tenemos derecho a decidir sobre nuestro cuerpo. Jugaron en pared con ocho congresistas del nacionalismo, Solidaridad Nacional y demás partidos, quienes con su ausencia, avalaron esta terrible decisión. Jugó también en pared el gobierno, con su silencio, al no mandar ni un solo informe técnico de respaldo al proyecto (era previsible su ausencia, ya que ni sus congresistas votaron). Y es que las fotitos de la presidenta del partido avalando campañas no sirven de nada, si no van acompañadas de actos concretos.

La decisión del Congreso y el silencio del gobierno no son actos aislados, sino que siguen un patrón sistemático de decisiones que desde el Estado violentan los derechos de las mujeres más vulnerables y pobres del país: Así como lo hicieron con cientos de miles mujeres indígenas, hace casi 20 años, cuando les quitaron la posibilidad de decidir, al esterilizarlas masivamente, hoy le quitan también la posibilidad de decidir a las mujeres abusadas sexualmente, a las miles de niñas que en este país son violentadas diariamente. No les importa un comino frenar las violaciones; lo único que les interesa es controlar el cuerpo de las mujeres, como si creyeran que solo somos un útero.

Por eso y por tanta violencia estructural que seguimos sufriendo las mujeres, hoy salimos muchas a marchar, a exigir nuestros derechos, gritándole a viva voz a todos los partidos políticos, a los que votaron y a los que callaron: “Somos las nietas de las campesinas que no pudiste esterilizar”.

 

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Foto: Aldo Cadillo