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Una publicación de la asociación SER

La importancia de las valientes comuneras ayacuchanas

Las comunidades campesinas son organizaciones importantes en las dinámicas rurales de la región, entre varias razones, porque son las propietarias de grandes extensiones de tierras y, por lo tanto, tienen acceso y control de una serie de recursos naturales. Además, muchas de ellas contribuyen a la seguridad alimentaria y a la conservación del ambiente. En Ayacucho existen alrededor de 682 comunidades reconocidas[1] y muchas de ellas han surgido como producto de complejos procesos de reconocimiento de derechos a la población indígena campesina ayacuchana. 

Por otro lado, es en ellas donde aún se sigue concentrando la población en situación de pobreza y vulnerabilidad. Asimismo, estas han sido afectadas por duros procesos  en las últimas décadas, como el de la violencia política o las presiones constantes  por la búsqueda del acaparamiento de sus tierras, con el fin de realizar en ella actividades extractivas, ya sean estas legales o ilegales.

Diferentes estudios han buscado comprender la realidad comunal y su trascendencia para la región. No obstante, son pocas las investigaciones que han buscado incorporar un enfoque de género y observar los roles, que, en distintas esferas, cumplen las comuneras. En ese sentido, hace unos meses, la Asociación Servicios Educativos Rurales[2] me encomendó llevar a cabo dicha tarea, pues vio necesaria la realización de un estudio que abordara la realidad desde tal perspectiva.

La realización del trabajo tuvo entre sus objetivos principales comprender la asignación de derechos a la tierra y recursos al interior de las comunidades y el reconocimiento formal de los derechos políticos comunales, considerando si se es comunero o comunera. Además, prestó atención al análisis de las dinámicas comunales, con el fin de comprender el rol de las comuneras, muchas veces subestimado o relegado solo al ámbito familiar. A continuación se desarrollarán algunas ideas vinculadas a esta investigación.

Es común para quienes visitamos las comunidades campesinas ayacuchanas observar que, en muchos casos, estas parecen pobladas mayormente por mujeres, ya que, es común que los comuneros busquen trabajos temporales fuera de ellas, debido a la difícil situación de la actividad agropecuaria. También es reconocido el aporte que las comuneras hacen, como pieza central del mismo, al cuidado y la reproducción de las familias comuneras. Ahora bien, sus otros aportes a la economía familiar, al cuidado del ambiente, a la defensa del territorio y a la sostenibilidad, etc. no suelen ser igualmente visibles.

Es claro que las comuneras  son, en la mayoría de los casos, las que pasan más tiempo en las parcelas o con el ganado, cuidándolos, trabajándolos, con el fin de generar sustento para sus familias. Además, son quienes están más en contacto con recursos como el agua, los pastos y los bosques, entre otros. Sin embargo, todos estos aportes no son resaltados fuera de las comunidades o al interior de las mismas, pues se habla mayormente de los aportes familiares de los comuneros, oscureciendo los que hacen las mujeres.

Pese al importante trabajo que ellas realizan, considerando, además, los contextos adversos relacionados al clima, que son cada vez más crudos, las comuneras no logran un reconocimiento formal de derechos  al interior del grupo que integran. Ellas no tienen las mismas oportunidades para el acceso o control de la tierra y los recursos; menos aún tienen las mismas posibilidades de participar en la política comunal o en los espacios tradicionales de tomas de decisiones.

Los sistemas de tenencia de tierras de las comunidades ayacuchanas se ven configurados principalmente por las prácticas informales; es decir, pese a que en los marcos formales (leyes, estatutos) no se estipula que solo los hombres, o principalmente ellos, son los que deben tener un acceso privilegiado o exclusivo a las principales facultades políticas, las prácticas  sociales han ido modelando situaciones desiguales para comuneros y comuneras, por lo que aún persisten brechas significativas.

Entonces, aunque cada día es más evidente el importante rol que cumplen las comuneras en el desarrollo y bienestar de los espacios comunales, en términos generales, aún existen diferentes nudos y trabas para su reconocimiento en el plano formal y para que se concrete su posibilidad de ejercer, de manera igualitaria, sus derechos.

Si bien algunas investigaciones han mostrado que, en ciertos casos, debido al proceso de violencia política y/o al fallecimiento o la desaparición de muchos comuneros, se ha logrado algunas reconfiguraciones en el ámbito comunal, se ha podido observar que en muchas comunidades la situación en relación al reconocimiento y ejercicio de derechos de las comuneras es menos favorable. Aún persisten y se reproducen diversos mecanismos, sutiles y no sutiles,  a nivel familiar y comunal, que deben seguir siendo evidenciados.

A pesar de que, en líneas generales, ha habido cambios positivos en el discurso formal  orientado a la igualdad, a la equidad de género, y a que el tema esté también más presente en discursos religiosos, como el evangélico, que tiene mucha presencia e impacto en las zonas rurales de la región, la situación de las comuneras, los progresos concretos avanzan con bastante lentitud.

Ahora bien, las comuneras han ido buscando y fortaleciendo otros espacios de participación política, más allá de la comunidad, donde muchas veces son descalificadas. En Ayacucho, las organizaciones relacionadas a los programas sociales, especialmente Juntos, han ido consolidándose como espacios donde las mujeres pueden opinar, participar, proponer, sintiéndose cómodas y escuchadas.

Pese a que esto es importante, en tanto permite desarrollar liderazgos y capacidades, también se ha visto que muchas comuneras optan por desvincularse de las discusiones o problemáticas comunales. Teniendo en cuenta que formalmente las comunidades campesinas siguen siendo organizaciones importantes en relación a la gestión del territorio, este hecho puede tener impactos en la desarticulación y en el reconocimiento público de sus preocupaciones e intereses.

Aunque la realidad de la mujer campesina ha venido siendo algo explorada, la realidad de las comuneras lo ha sido menos, no solo en la región, sino en todo el país. Es necesario ir conociendo más sobre su situación (teniendo aún más en cuenta su situación de extrema vulnerabilidad, evidenciada en diversos indicadores sociales), reconocer su fuerza y valentía diaria, y hacer cada vez más y más evidentes esos innumerables aportes que son clave para el cuidado y la economía familiar, el abastecimiento de mercados locales, el cuidado de la tierra y los recursos, entre otros, que muchas veces son subvalorados o incluso invisibilizados.


[1]Información actualizada al 2014 según la Dirección Regional Agraria,

[2]Gracias al apoyo de la organización Pan para el Mundo,  en el marco del proyecto: “Mujeres campesinas indígenas quechuas y aymaras acceden a la gobernanza de la tierra en sus comunidades”.