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Una publicación de la asociación SER

La guerra fría en América del Sur

No hay prueba más evidente que el concepto de guerra fría sigue vigente en el siglo XXI, que la situación que se vive en América del Sur. En la última parte del año, la región se ha calentado como consecuencia de diversos hechos que la convierten en un potencial epicentro de conflicto y militarización, de alcance internacional. Esto, más allá de las consecuencias regionales de la guerra comercial global que enfrenta a China con EE.UU y que deja sentir sus coletazos en algunas economías de la región.

La elección del conservador Jair Bolsonaro como presidente de Brasil, modifica sustancialmente la distribución geopolítica del continente y profundiza el giro neo conservador, que puede confrontar a la mayor potencia regional con Venezuela, que ya constituye una fuente de confrontación diplomática. Dicha elección, rompe cualquier posibilidad de equilibrio y abre las puertas para discursos y políticas militaristas, anti migratorias, en contra de la democracia, los derechos humanos y los sistemas internacionales vigentes, que no han sido parte de la trayectoria diplomática brasilera. 

A ello debemos agregar la reciente muerte de tres militares venezolanos ocurrida supuestamente a manos del ELN, en la frontera de Venezuela y Colombia, que lleva al incremento de la tensión fronteriza entre dos países vecinos con relaciones casi nulas -más aun desde la elección de Ivan Duque- que puede derivar en un desenlace militar. No olvidemos como las tensiones fronterizas en Corea, Vietnam, Irak, Ucrania, por citar algunos ejemplos escalaron a conflictos mayores.

A ello, debemos agregar la crisis humanitaria desatada con el ingreso de más de cuatro millones de venezolanos en países vecinos. Visto este fenómeno conjuntamente con la caravana de migrantes centroamericanos en camino a EE.UU y la política militarista de Trump, observamos los dilemas de la cuestión humanitaria.

Un poco más lejos, pero siempre en el contexto andino, la llegada de buque hospital USS “Comfort” a costas peruanas, debe ser contemplada más allá de lo humanitario; este no es más un asunto de exclusivo interés de protección de las personas sino que se ha convertido en un instrumento con fines geopolíticos. La aprobación irregular del Anexo de la Resolución Legislativa 30724 para el ingreso de buques, helicópteros, vehículos anfibios y 350 miembros del ejército norteamericano en los meses de noviembre y diciembre de este año, en el Congreso peruano, involucra al Perú en este complejo escenario. Cada vez queda más claro que los recientes gobiernos peruanos, desde Toledo en adelante, han permitido y facilitado la subordinación de la doctrina de seguridad nacional del Perú y sus FF.AA a los dictados del Comando Sur.

A este complicado escenario se suma la evolución del narcotráfico en la región andina, que penetra cada vez más la política interna de varios países. La reciente publicación de informe antinarcóticos de la DEA que informa sobre  el alto nivel de producción de coca y cocaína en el Perú, permite mantener el interés de EE.UU para seguir con una guerra contra las drogas en toda la subregión andina. En EEUU, se produce un aumento de la disponibilidad de cocaína y una reducción de precios, entre el 2016-2017 (National Drug Threat Assesment, 2018), lo que garantiza la estabilización de la demanda internacional de cocaína proveniente de los tres países andinos. En el Perú, se confirma el fracaso de los programas antinarcóticos particularmente en el VRAEM, pero además se constata la expansión del narcotráfico a la costa norte y a los puertos principales del país, a las rutas andinas que comunican a las regiones productoras con las fronteras, y también a los territorios indígenas en el Putumayo.

El escenario descrito nos muestra los riesgos y las severas consecuencias que el mismo puede tener para la estabilidad regional en América del Sur. Y por ello es imprescindible que la opinión pública se informe y tome nota del mismo.