Skip to main content
Una publicación de la asociación SER

La falacia del país minero

Foto: REDIMIN

Alvaro Grompone

En medio de la peor crisis sanitaria y una de las más severas crisis económicas de la historia republicana, el 3 de agosto se presentó el entonces primer ministro Pedro Cateriano a solicitar el voto de confianza del Congreso de la República. Como había adelantado en días previos, el énfasis de su presentación giró en torno a medidas para reactivar nuestra tan mellada economía. En ese marco, uno de los aspectos que generó más polémica fue su definición del Perú como “país minero”. Ya lo había manifestado también en entrevistas anteriores, pero ese día elaboró al respecto señalando que “el Perú es un país minero desde el periodo prehispánico. Tenemos una actividad milenaria inherente a nuestra cultura […] la minería es, sin duda alguna, la columna vertebral de la economía del Perú. Esto, lamentablemente parece que algunos no lo comprenden”. A partir de estas declaraciones, pretendo hacer aquí una discusión sobre esta definición del Perú en perspectiva histórica.

El vínculo de la minería con las culturas prehispánicas resulta antojadizo, si no abiertamente falaz. Es cierto que la minería existía desde entonces, pero esta se destinaba a fines ceremoniales. Las principales fuentes de riqueza del Tahuantinsuyo eran, según María Rostworowski, las tierras, la mano de obra y el ganado.

Hubiese sido mucho más sensato vincular la minería al periodo colonial, aunque, evidentemente, ello habría socavado el mensaje político sobre nuestra identidad “inherentemente minera”. Es conocida la obsesión de los españoles en torno al oro desde su arribo a las tierras del Estado Inca, pero fue desde 1570, casi cuatro décadas después, que el virrey Francisco de Toledo reorganizó radicalmente el territorio con el objetivo de estimular la extracción de las minas de plata. Mediante las “reducciones de población” se trasladó y concentró de manera forzada a la diezmada población indígena a nuevos centros poblados desde donde sería más fácil su “administración”; con la mita minera, aseguraban a los empresarios mineros una fuente constante de mano de obra remunerada con un salario por debajo de la subsistencia; a través del tributo indígena a ser entregado en moneda (metálico), se buscaba que la población indígena se vincule al mercado y venda su fuerza de trabajo, muchas veces en centros mineros. El Perú –ahora sí– se había convertido en el país minero por el que inflan el pecho Cateriano y afines.

Durante los casi 200 años de República, el rol de la minería fue importante, pero no necesariamente central en todo momento. Tras las primeras dos décadas republicanas, la minería será reemplazada por otro recurso extractivo: el guano. Lo que ocurrió después es historia conocida y se convirtió en el paradigma de las oportunidades desperdiciadas que alimenta nuestro imaginario nacional. La recuperación después de la crisis más grave de la República vendría signada por un conjunto de bienes de exportación, dentro de los cuales el azúcar y el algodón fueron los protagonistas. Tenemos, entonces, alrededor de medio siglo en el que la minería tuvo un papel secundario y, en algunos años, incluso marginal.

Con el cambio al siglo XX, la minería recobra relevancia, aunque con transformaciones significativas. La minería de los metales preciosos (plata) cedería su lugar a los metales industriales (cobre), a la vez que serán empresas de capital extranjero las que reemplacen a los empresarios mineros nacionales. La primera y más importante de estas será la Cerro de Pasco Corporation, de capitales estadounidenses, la cual traería innovaciones tecnológicas notables, así como los primeros grandes desastres y conflictos medioambientales. Esta será una tendencia que se agudizará en las décadas siguientes: una minería de mayor escala, más controlada por empresas extranjeras y de mayores impactos ambientales. En todos estos años, sin embargo, la minería de cobre nunca fue el centro de la actividad económica de manera inequívoca. Tras la Gran Depresión, que impactó casi todos los sectores de exportación, será el algodón el que tome el liderazgo de la economía durante la década de 1930 y, según cifras del BCRP, las exportaciones agrícolas superaron de manera sostenida a las mineras hasta 1959.

Efectivamente, desde 1960 –lo que no es poco tiempo, pero tampoco demasiado si consideramos que este es un “país antiguo”, como dijo Flores Galindo–, la minería ha sido protagonista de nuestra canasta exportadora. Sin embargo, el papel central que ostenta es bastante más reciente. Durante los años 60, el boom de la harina de pescado la convirtió en un sector crucial (26% de las exportaciones), mientras que, si consideramos la estructura porcentual del PBI, las dos décadas siguientes vieron el ligero predominio del sector industrial (en ambos casos, de manera insostenible y con severos desequilibrios). La centralidad de la minería, entonces, se consolida apenas en la década de 1990 (45,8% de las exportaciones) y solo en la última década llega a representar un 57,8% de las exportaciones, porcentaje sin precedentes en los últimos 175 años.

Resulta claro que no se puede prescindir de la actividad minera en el Perú actual y es también cierto que este es el sector, por detrás de la agricultura y ganadería, de mayor continuidad en nuestra historia. Sin embargo, existe un salto enorme si se busca vincular la minería a nuestra identidad nacional (si tal cosa existe), y hacer del Perú y la minería una imbricación incuestionable.

Por otro lado, si el auge absoluto de la minería es relativamente reciente, la retórica empleada por Cateriano sobre nuestra “identidad minera” resulta bastante añeja. Con la confianza ya denegada, el entonces premier señaló que no había buscado más que evitar las políticas que habían llevado al país a la hiperinflación y crisis fiscal hacía pocas décadas, y al mismo tiempo acusó a una de las bancadas que se le opuso de tener un “desconocimiento absoluto” en materia estatal y económica. En breve, su fracaso obedecía a la ignorancia económica, la cual traía el riesgo de llevar al país a escenarios catastróficos del pasado reciente.

La retórica empleada por el (breve) premier sobre el desconocimiento o carga ideológica de todos, menos de uno mismo, puede rastrearse hasta casi el inicio de la República. En 1849 el Congreso se enfrascó en una serie de debates sobre la orientación económica del país. Un sector, entre los que se encontraba el senador Bermúdez, abogaba por el libre comercio y señalaban que tres siglos de experiencia habían demostrado inequívocamente que “la minería es aquella en que debemos cifrar las más halagüeñas esperanzas; ella nos presenta un porvenir de riqueza y poderío”. Al defender esta intrínseca identidad minera, acusaban a sus opositores de tratar de llevar al Perú a las políticas del “crudo yugo” colonial que tanto daño habían hecho, así como de carecer de los conocimientos de la recién llegada Economía Política (bajo las doctrinas de David Ricardo y Federico Bastiat). Tal como ocurre en el caso reciente, solo la desinformación podía explicar la oposición a la “identidad minera” del país y había también un pasado reciente que amenazaba con regresar.

Que el discurso pro-minero actual resulte, en algunos casos, tan similar a estos de hace 170 años parece indicarnos lo poco novedosa (por no decir rancia) que resulta su argumentación, pero, sobre todo, lo poco que hemos avanzado y aprendido como país en torno a estos debates.