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Una publicación de la asociación SER

La envidia en las comunidades andinas

Foto © Luisenrrique Becerra | Noticias SER

Gabriel Gómez Tineo. Antropólogo  de la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga.

Uno de los grandes problemas en las comunidades es la “envidia”, un sentimiento negativo que expresan los seres humanos y afecta las relaciones de convivencia; ésta es un viejo problema de los seres humanos. Probablemente se remonte a la aparición de la propiedad privada[1] , lo que generaba sentimientos negativos hacia ellos por parte de los que no gozaban de tal privilegio.

En la época Greco Romana es notoria la presencia de la envidia, y así lo reflejan las expresiones artísticas. Un ejemplo es “la mujer con cabeza de serpiente”, personaje de la mitología que convertía en piedra a quien la veía. Otros llamaban a la envidia como “mal de ojo” y había que proteger a los niños con amuletos, para evadir su efecto negativo. En muchas culturas estas ideas mantienen su vigencia y se acude a formas simbólicas y rituales de protección. En los andes es usual proteger a los niños con “huayruros”[2].

La envidia se origina cuando un bien se convierte en algo de difícil acceso y más aún cuando este resulta ser suntuoso y brinda estatus a la gente. Por tanto, quienes lo poseen son envidiados. Por su parte, la persona envidiosa experimenta sentimientos negativos. En suma, la envidia es querer el bien ajeno y desearle el fracaso  al que lo posee o que este lo pierda.

La envidia es también un fenómeno social, debido a su influjo sobre los demás, dándose entre personas de la misma condición cultural, social y económica. La causa es la comparación con el resto, la conducta manifiesta hacia los otros y el anhelo de poseer lo que les pertenece. La envidia surge cuando el individuo se compara con el otro, ve que el otro posee más habilidades y capacidades para desenvolverse y obtener más cosas.

Los psicólogos señalan que la envidia se produce por la baja autoestima, cuando uno se compara con otro y ve que este puede más, entonces simplemente se atina a desearle el fracaso, negar el sentimiento de envidia y negarse a sí mismo. A su vez, el sentimiento de inferioridad y la sensación de injusticia también están presentes. Los sentimientos de inferioridad y la construcción de defectos están muy relacionados con la sensación de injusticia como señalan Choliz y Gómez[3]: “Así, la experiencia de envidia (anhelar lo ajeno y deseo de su desventura) se relaciona con resentimiento por la sensación de injusticia, hostilidad y sentimientos de inferioridad.”.

La iglesia judeocristiana asume que la envidia es uno de los pecados capitales. El deseo del fracaso del prójimo constituye un pecado grave, por tanto un cristiano no debe mostrar esos sentimientos. Por el contrario, debe ser leal y mostrar buena fe y alegría por el éxito de sus prójimos.

Chiqnikuy e invidiyakuy hasta en tiempos de pandemia

Las culturas andinas no fueron ajenas a los sentimientos de envidia. La expresión de frustración de los comuneros cuando se ven envueltos o afectados por actitudes envidiosas es gentilpa puchun, que significa “restos de los gentiles”. Estas palabras se asocian al mito bíblico de Sodoma y Gomorra o a los mitos de las aldeas sumergidas. Según estos relatos, los seres humanos en los andes fueron miserables, envidiosos y malas personas y como Dios no soportó que la gente viviera de esa forma, provocó lluvias de fuego, dejándolos en escombros. Esas personas son los gentiles y por ende, lo envidioso y miserable está asociado a la cultura de los gentiles que se remonta a épocas pre incas y se vincula a los restos arqueológicos existentes como evidencia de lo que fue.

La envidia sería un mal muy antiguo que aflora algunas veces en los comuneros y aún en tiempos de pandemia no se puede superar este mal. Hay mucha frustración al respecto y en las comunidades surgen conflictos cotidianamente por actitudes envidiosas. La gente afirma que la violencia política ahondó la envidia, y los estigmas y culpas de algunos comuneros que fueron simpatizantes de los subversivos o los militares, sería el motivo de la desestructuración de la cohesión en la comunidad. De esta manera, la desconfianza entre comuneros se evidencia cada vez más, mientras la convivencia y el sentido comunitario son desobedecidos.

Los comuneros consideran que este mal afecta terriblemente a la comunidad y no permite que los que son emprendedores avancen. “Cuando uno quiere hacer cosas buenas, la gente te envidia. Cuando yo voy a las reuniones de mujeres y participo o traigo ideas nuevas para organizarnos y trabajar, la gente me dice: ella ya se hace la líder y está hablando, qué se cree pues. Igual cuando sembré eucaliptos en mi cerco, la gente había cortado; mi alfalfa, igual se roban o tratan de perjudicarme. La gente es envidiosa ahora, a veces bajan la moral y desaniman” (Reyna Mejia, 52 años)[4]. Muchos comuneros se sienten frustrados por estas actitudes e intentan renunciar a ser emprendedores.

Uno de los episodios más lamentables ocurrió el último fin de semana en las comunidades de las alturas de Huanta, donde desconocidos envenenaron alrededor de 500 mil truchas. Estas acciones reflejan las actitudes envidiosas que se padecen constantemente al interior de las comunidades y obedece a un mismo modus operandi: hacer daño a los emprendimientos individuales de algunas familias.

La envidia es un mal que hace daño la salud de la comunidad, altera y daña las relaciones intracomunales, además de debilitar el tejido social y la cohesión. Las políticas de salud deben incluir en el trabajo comunitario enfoques y metodologías para erradicar este mal y fortalecer las prácticas basadas en valores ancestrales. Sólo así podremos seguir enfrentando las crisis que nos trajo o se hicieron más graves con la pandemia.

gabo.gomeztineo@gmail.com

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[1]  Para mayor información puede consultarse: Childe, V. Gordon, "Los orígenes de la civilización", F.C.E.

[2]  El huayruro es el fruto de una planta que crece en la Amazonía y tiene una coloración negra y roja. Es un fruto que simboliza la pureza y por lo tanto protege a los niños del mal de ojo. 

[3]  Chóliz, M. y Gómez, C. (2002), disponible en: https://es.calameo.com/books/003248191380ff8b04ce1

[4]  Trabajo de campo en la comunidad de Huancasancos 2019.