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Una publicación de la asociación SER

La educación a distancia hay que pensarla, no solo implementarla

Foto ©Melissa Becerra | Cibercorresponsal en Cajamarca

Manuel Abelardo Cárdenas Muñoz. Docente, Facultad de Educación-Universidad Peruana Cayetano Heredia

Eficacia con modernidad es la exigencia a los más de 558 mil 657 docentes (MINEDU, 2017) de las instituciones educativas del país.  A más de ochenta días de cuarentena vemos como se les exige, desde diferentes instancias sociales y estatales que enseñen sin colegas ni un cuerpo Directivo que los oriente directamente, sin posibilidades de ver y encontrarse a sus estudiantes. Además, esa eficacia se debe lograr usando los medios virtuales que estudiantes y docentes poseen. El ancho de banda, los equipos informáticos, los costos de conexión -incluida la línea telefónica para comunicarse y acompañar a sus  estudiantes- recae sobre los y las docentes- y en toda familia que tenga hijos o hijas en edad escolar

Antes de este sorprendente 2020 las ratios, es decir el número de estudiantes que debían compartir en uso una computadora instalada en una escuela ascendía a 31 estudiantes de primaria por una pc en Madre De Dios y 13 en secundaria en la región Loreto. Curiosamente en la región Huancavelica la ratio bajaba a 3 estudiantes por computadora. Pero claro, solo el 37.9% de las instituciones educativas de primaria versus el 71.9% de secundaria contaban con acceso a internet. Esos datos nos ilustran sobre el acceso a las herramientas de la moderna educación virtual que se exige, pero no dicen nada ante un proceso educativo que cambio de escenario. El paso de las aulas y las pizarras al zoom, plataformas virtuales y hasta el whataspp del celular. Su complemento son las condiciones reales de tiempo y espacio de las viviendas de estudiantes y docentes. Pero también las emocionales, esas que son cruciales para la realización de un empático aprendizaje significativo. Esas que no se miden, sobre las que no hay porcentajes ni mediciones y que, si se mencionan ahora, pero sobre las que las y los docentes no han sido capacitados.

Entonces, ¿Qué entenderán los y las docentes por educar en esos nuevos escenarios? La cultura escolar peruana ha cambiado muy poco. Al final de la segunda década del siglo XXI, tanto familias como docentes coinciden en que su oficio es dictar clase (y disciplinar). Solo que ahora dictar una sesión de manera virtual exige usar el zoom, comunicarse con todos los estudiantes, tomar asistencia para verificar que están presentes y actuar, hablar o cantar por cerca de dos horas o más a estudiantes entre los 5 y los 23 años de edad. En esa lógica se aprende escuchando, imitando y obedeciendo. La sesión de dos horas o algo más exige hacer las actividades allí y ahora, de ser posible enviarlas al momento -o a más tardar en algunas horas- en materiales diseñados para la clase presencial. Esta forma de hacer no resulta extraña para muchos docentes, directores y autoridades del Ministerio. Es más, Aprendo en Casa sigue esos procesos sincrónicos. Sin embargo, la educación a distancia, con materiales físicos y/o digitales, incluye de por si otra lógica de funcionamiento: la asincrónica. Pero, no solo de los procesos de enseñanza, sino sobre todo de los de aprendizaje. La idea es que al igual que en el uso cotidiano del correo electrónico o del whatsapp, el emisor plantea sus “mensajes” al receptor. Este, puede contestar cuando considera necesario, dentro de un plazo acordado de manera explícita o implícita. Para ello, las plataformas virtuales cuentan con un conjunto de actividades y recursos como el Foro, el Taller, el Wiki y otros que permiten los procesos de elaboración colectiva a mediano plazo. Justamente su riqueza “constructivista” reside en la posibilidad de usar esos recursos y actividades para generar procesos de aprendizaje en que el diálogo entre los actores garantice la construcción  colectiva de nuevos saberes. Es decir, la riqueza de la educación virtual reside en la oportunidad de que los procesos de aprendizaje y enseñanza no se den al mismo tiempo, que se facilite que los y las estudiantes piensen, elaboren y que sean acompañados desde la lectura de los productos previos. Entonces, la sesión de zoom no es un imperativo, tampoco contar con la asistencia a la sesión de “emisión” del mensaje por el o la docente. Es más, si se forman grupos los 35 o 40 estudiantes pueden convertirse en 7 u 8 grupos de cinco. Ello se fortalece si los estudiantes organizados se comunican entre ellos, se apoyan y avanzan en autonomía, guiados por su docente. Las familias pueden ser socias altamente relevantes en este proceso, si son organizadas de la misma forma, con orientaciones y guías ilustradas o incluso participando en el proceso en línea lo remoto se haría más cercano. 

Pero, claro, los docentes no han sido capacitados en la comprensión de la lógica de la educación virtual. Las autoridades del Ministerio no han desarrollado una mirada educativa, que desde la práctica en línea piense en estos procesos de aprendizaje. Lo pedagógico exige su espacio, así como lo psicológico. Eso no quiere decir que los equipos y recursos informáticos no son necesarios. Pero tal vez, mientras llegan las laptop con célula solar sería bueno que el Ministerio de Educación y las organizaciones sociales presentes en el sector, pensemos en como volver a educar, a formar en los nuevos escenarios virtuales, máxime cuando han venido para quedarse.