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Una publicación de la asociación SER

La diversidad en “boca de todos”

En este breve artículo me interesa abrir la reflexión en torno al lema de la Gran Transformación de Ollanta Humala y que queda representado en la frase “inclusión social”. ¿Cómo entender “inclusión social” en el marco del gobierno actual y en el marco global que mira con buenos ojos el multiculturalismo y la diversidad cultural?

Desde hace ya varias décadas atrás que el discurso y política que promueve el multiculturalismo y el reconocimiento de la diversidad cultural se ha instalado en la agenda pública de varios países. Este tiene momentos importantes en los 70 cuando, por ejemplo se comienza a teorizar y proponer el debate multicultural y los diálogos interculturales entre grupos culturalmente diversos (véase el vasto trabajo de Charles Taylor al respecto). Otro momento clave es inicios de los noventa, exactamente 1993 que es declarado el año de la diversidad cultural por las Naciones Unidas y que coincide con el otorgamiento del Premio Nobel de la Paz a la líder indígena Rigoberta Menchú. En 1994 se establece el Convenio 169 de la OIT sobre Pueblos Indígenas y Tribales en países independientes que luego daría lugar a la Ley de Consulta Previa. Por su parte,en 1998 la UNESCO presenta el documento sobre la Diversidad Cultural que luego llevará a que en el 2001 la UNESCO presente la Declaración Universal sobre Diversidad Cultural. En esta declaración se establece que la diversidad cultural es patrimonio de la humanidad y es un “imperativo ético, inseparable del respeto por la dignidad de la persona humana” (1). Es decir, si las propuestas anteriores sentaron las bases para que el tema de la diversidad cultural forme parte de la agenda pública y política de los países y sea más bien vista como un recurso para su desarrollo (por ejemplo, económico, de capacidades) y como un derecho de las poblaciones locales de ser reconocidas como ciudadanos culturales, la Declaración establece un paralelo y coloca la agenda de la diversidad como un derecho humano con miras a la construcción de una democracia participativa y multicultural.  

Es decir, es en el marco del capitalismo tardío que se destaca una presencia significativa de lo cultural en el terreno de lo político. Esto es, se construye una esfera pública altamente politizada y culturalizada que, además se caracteriza por el predominio de la performance de los distintos sujetos sociales que forman parte de esta. (2) En este sentido y bajo el amparo político económico del neoliberalismo, la diversidad cultural se construye como un objeto que en el caso peruano considero toma tres matices o caminos, que no se excluyen entre sí:

i. un recurso de desarrollo (como producto y objeto de promoción económica, comercial y ahí como ejemplos tenemos la expansión del turismo y Marca Perú).

ii. Sirve como un pre/texto para promover la agenda de la participación en distintos niveles de poder, esto es una democracia que tiene que destacarse por una presencia de sus minorías aunque sin mucho espacio en el terreno político (véase el caso de los presidentes de gobiernos regionales y la delimitación de sus funciones políticas).

iii.Y se usa también como promoción romántica de una idea de “identidad” nacional (aquí vuelve el tema de Marca Perú), regional o local.  Es decir, pone en el tapete la discusión sobre identidad.

Es desde estos marcos internacionales que se generan las normas y reglas para el ejercicio, funcionamiento y reconocimiento de la diversidad cultural. No en vano el tema queda plasmado en nuestra Constitución Política de 1993 (véase el artículo 2). Y no ha sido ajeno en los gobiernos de Alejandro Toledo (Declaración de Machu Picchu en el 2001) y aunque, digámoslo, desde un reconocimiento negativo o a la inversa (ejemplo, su discurso del perro del hortelano) en Alan García.

El tema de la diversidad cultural se encuentra en “boca de todos”. Ya que se incluye axiomáticamente cuando se habla de responsabilidad social empresarial (sino con quiénes se realiza), de promoción del Perú como destino turístico, de políticas de interculturalidad, de participación democrática y sistemas de cuotas (de género, de procedencia, racial o étnico por ejemplo)…  Pero es sin lugar a dudas un tema que aparece prioritario en la agenda de Ollanta Humala. Y es que hablar de “inclusión social” es indicar que hay un margen de población (dígase la diversa culturalmente, étnicamente, por clase social, género y generación) que no es visibilizada (se puede citar ahí el perfil de víctimas del conflicto armado interno que aparece en el Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación), también se puede incluir el tema de género y niñez, es decir, los excluidos en la toma de decisiones, los indígenas, los ancianos. No es gratuito que Ollanta Humala aparezca enla última Conferencia Anual de la Organización Internacional del Trabajo y señale que las comunidades indígenas serán los grandes aliados del Estado peruano. (3) Mencionando además que la Ley de Consulta Previa (enmarcada en el Convenio 169 de la OIT) será el mecanismo que asegure que esa alianza se fortalezca y se respete.

Pero, ¿a quiénes incluyes en una política de “inclusión social”? ¿A los pobres y ninguneados de siempre? ¿A los étnica y culturalmente diferentes con quienes casi siempre coincide la variable “pobreza”? ¿A las mujeres y niños de zonas periurbanas y rurales? ¿A las víctimas del conflicto armado interno? ¿Desde dónde se establecen las políticas públicas que están diseñadas para incluir a los excluidos? ¿Cómo se contempla el aspecto “cultural” de la diversidad y de los excluidos en los programas y políticas sociales? ¿Son acaso solamente números de un gran presupuesto de gasto público?

Encuentro desfases y desencuentros en los discursos públicos de las autoridades y en la puesta en práctica de planes y políticas públicas y en el respeto soberano a esas otras formas de pensar lo político que vienen justamente de aquellas poblaciones que son culturalmente diferentes. Los discursos de las autoridades quedan solamente en el plano retórico ya que sirven para nutrir la agenda publicitaria de identidad nacional que se concentra en ciertos temas como pueden ser la gastronomía o el turismo. Es decir, son políticas que no están acompañadas de restituciones de ciudadanías ni consideraciones del Otro como un ciudadano completo y diferente: ya que son políticas pensadas para administrar y gobernar (y por ende construir sujetos domesticados y gobernables) pero no para aprender ni considerar cómo quiere la población ser gobernada (parafraseando a Chatterjee). Un ejemplo de ello lo volvemos a ver en el contexto actual de los conflictos sociales en Cajamarca, Amazonas, o Cusco.Es decir, la diferencia está bien mientras que esta“pueda ser administrada”, pero cuando los sujetos exigen bajo qué normas les gustaría ser gobernados, ahí es cuando se requiere ejercer control y se envían sendas comisiones de negociación y diálogo conjuntamente con destacamentos policiales. O se presentan proyectos de ley al ejecutivo para recortar funciones de los gobiernos regionales. En síntesis, el Otro sigue generando temor pero una como proyección de un gran miedo centralista y este miedo encuentra en la respuesta violenta y autoritaria su representación.  Son muchos años desde que en el mundo se ha instalado un marco legal y político donde el reconocimiento hacia la diferencia es un derecho. Ya es tiempo de reconocer y respetar políticamente a los ciudadanos que son distintos y de diseñar políticas que también los incluya culturalmente y los reconozca como sujetos con agencia, con intencionalidad y con historia.

Notas:

   
1)    http://portal.unesco.org/es/ev.php-URL_ID=13179&URL_DO=DO_TOPIC&URL_SECTION=201.html
2)    Véase Mirando la esfera pública desde la cultura en el Perú, Gisela Cánepa y María Eugenia Ulfe (editoras), Lima, CONCYTEC, 2006.
3)    http://lamula.pe/2012/06/11/humala-en-la-oitlas-consultas-previas-seran-fundamentales%E2%80%9D/gianfrancogf