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Una publicación de la asociación SER

La derecha sin rumbo

Foto: PCM

Jorge Frisancho

El gobierno de Martín Vizcarra debió ser un momento de inflexión para la derecha peruana. Siendo el resultado de una crisis política que en la hora de su juramentación continuaba irresuelta, contenía un riesgo y una promesa, ambos concentrados en un mismo campo de batalla.

El riesgo era fallar en su confrontación con el Congreso dominado por el fujimorismo y sus aliados, tal como falló su predecesor. Si eso llegaba a ocurrir, la crisis se habría ahondado a profundidades abismales, la gestión pública de rango nacional habría quedado por completo en manos de una constelación de mafias impunes e intereses corruptos, y el Estado peruano se habría transformado, ya quizá sin posibilidad de recuperación, en un Estado fallido.

Si lograba resolver esa confrontación a favor del Ejecutivo, en cambio, el gobierno de Vizcarra tendría la oportunidad de reiniciar la agenda desde la derecha, consolidando en torno suyo a sectores institucionalistas del aparato administrativo y de la sociedad civil, y sembrando las semillas de un proyecto liberal distinto al que se ha venido ensamblando en el país desde los años 90 (y que es en realidad, más que liberalismo, un programa de afirmación neo-plutocrática combinado con nostalgias de la vieja oligarquía).

Nadie esperaba hallar ahí la panacea contra los muchos males que atraviesan la vida política peruana, pero se vislumbraba claramente el potencial de un nuevo punto de partida para una derecha con poder, pero sin prestigio, proyecto o hegemonía.

El referéndum constitucional en 2018 y la disolución del Congreso en 2019 fueron victorias políticas absolutas del gobierno, y podrían haber sido la plataforma sobre la que se tomara cuerpo definitivo ese proyecto, con el beneficio añadido de un intenso respaldo entre la ciudadanía. No lo fueron; al contrario, parecen haber marcado un cenit. Aquella vaga posibilidad de una derecha distinta en el Perú no ha hecho otra cosa que disiparse desde entonces, y hoy está, en mi opinión, mucho más desdibujada que al principio.

Tienta culpar de ello a la pandemia del nuevo coronavirus, un evento inesperado que alteró radicalmente las características del terreno. Pero sería un error. Al generar necesidades de gobernanza que no estaban en el horizonte, lo que la pandemia ha hecho es poner en altísimo relieve las contradicciones que quiebran cualquier proyecto de derecha moderna en el Perú, revelándolo —una vez más— como un imposible. Pero esas contradicciones datan de mucho tiempo y perdurarán aún más.

La contradicción fundamental es esta: una derecha moderna, o siquiera una motivada a construir un Estado eficiente y apuntalar las instituciones de la democracia liberal, tendría que ser la expresión de actores sociales que al parecer no existen. O que en todo caso, existen solo como hipótesis y como idea, en algún evento tipo CADE y en alguna columna de opinión, pero no encuentran espacio en la sociedad civil y en la esfera pública para convertirse en una apuesta política.

Construir una derecha liberal moderna desde el gobierno requeriría, como mínimo, dos cosas: enfrentar en serio a las redes de la corrupción tanto en el sector público como en el privado (son dos caras de la misma moneda), y utilizar las atribuciones legales y los recursos del Estado para coordinar genuinamente entre diversos actores y agentes sociales. La derecha peruana realmente existente, la que mantiene hegemonía sobre los principales medios de prensa, la que negocia y cabildea en los pisos más altos de los más importantes ministerios, la que sabe como es la nuez, no está interesada en ninguna de esas cosas. No es una derecha moderna y no quiere serlo. Es la misma de siempre, y así se quiere quedar.

Esto es claramente visible en el actual Congreso, donde la dispersión de membretes derechistas no ha impedido que se consolide una lógica de obstrucción y enfrentamiento (que ya empieza a hacer crisis), y donde la defensa mercenaria de intereses corruptos continúa a todo vapor como en el pasado. Pero es más visible todavía en el propio Ejecutivo, cuya orfandad política es tal que para renovarse no tiene más opción que relanzar a figuras que hace rato cumplieron su ciclo, u otorgarles cartera a supuestos tecnócratas sin mérito ni experiencia, desprovistos de respaldo institucional: expertos en nada, operadores de nadie.

En suma, lo que tenemos es un gobierno de derecha sin interlocutores en la derecha social, económica o parlamentaria, y esa no es ninguna casualidad. Así lo quieren quienes debieron haber sido sus aliados pero han decidido no serlo, sin importar cuánto se les conceda. La imagen más desoladora de esta realidad la tuvimos esta semana, cuando el recién nombrado premier Pedro Cateriano buscó el "diálogo" con Luis Bedoya Reyes, el centenario fundador de un partido en trámite de desaparición.

Por supuesto, muchos otros diálogos han de estar ocurriendo fuera de cámara, lejos del escrutinio público. Muchas otras cosas se deben estar negociando y ajustando en el nuevo gabinete. Pero es significativo que Cateriano no haya tenido nadie más con quien conversar para acallar el "ruido" que Bedoya, un político del recuerdo cuya valencia simbólica quizá sea alta para algunos sectores de lo que arriba llamé la "nostalgia oligárquica", pero cuya capacidad operativa es, siendo generosos, equivalente a cero. En la política peruana actual, dialogar con Bedoya Reyes es lo mismo que dialogar con nadie, y de cara a las cámaras, así es como está este gobierno.

El ruido anti-ejecutivo seguramente continuará desde la derecha, al menos por un tiempo. La crisis generada por la pandemia es real y profunda, y no permitirá que cambien los ánimos, dada la necesidad de disputar magros recursos. Pero incluso si el ruido amaina después del 28 de julio, lo cierto es esto: la derecha peruana ha perdido una oportunidad de renovarse, y llegará a las elecciones de 2021 —no importa bajo qué figura o con qué nombres o rostros— dominada por los mismos intereses que le han impedido durante ya tres décadas defender al Estado. Los mismos intereses, es decir, que distancian al Estado de las necesidades e intereses generales de la sociedad, royéndolo y corrompiéndolo a cambio de pingües beneficios para un puñado de grupos privados.

El problema es que el período que viene, a diferencia del anterior, será muy probablemente uno de vacas famélicas. Vacas agonizando de inanición. Vacas que estarán muriendo. Las consecuencias de tener en ese contexto un Estado inoperante y bajo captura serán realmente terribles, y en muchos lugares del territorio nacional, en estos tiempos de pandemia descontrolada, ya las estamos viendo.