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Una publicación de la asociación SER

La Cuba de Arguedas

José María Arguedas fue invitado en diversas ocasiones a participar como jurado del premio Casa de las Américas en novela. No obstante, la situación de Perú frente a Cuba le  impedía viajar debido a su cargo de funcionario público. El 2 de diciembre de 1962, en carta a Haydee Santamaría –entonces directora de Casa– le explica que: “el Gobierno anterior dictó una medida drástica prohibiendo el reingreso al país a quienes hubieran viajado a los países socialistas”.

Finalmente viaja en enero de 1968. Considerando la situación política peruana es coherente que Arguedas se adhiera y admire el proceso cubano. Cuba para Arguedas en estos anos representa una forma de expresar un principio socialista no solo a nivel local y nacional sino también planetario (en el sentido de Spivak), y que permite articular una resistencia global ante los estados del cerco colonial.

Cuando decide viajar a Cuba le expresa a John Murra (en carta del 26 de diciembre de 1967), lo siguiente: “Creo que es indispensable tener en cuenta la experiencia de la revolución cubana”. No solo se trata de un compromiso con el socialismo sino de que para él Cuba simboliza un principio o irradiación de esperanza. Del mismo modo que venía configurando una nueva agenda política,  alternativa al Estado moderno (como se aprecia en su poema “A nuestro padre Creador Túpac Amaru”), igualmente Cuba en aquellos años se convierte en la materialidad de un cambio político. Por esto, a su regreso de Cuba, en otra carta a Murra (fechada el 17 de marzo de 1968), Arguedas escribe: “Mientras estuve en Cuba me sentí bastante bien. Ese es un país en que todas las gentes a quienes trate y observe no desean sino trabajar para la felicidad del ser humano (…) Así soné siempre que debía ser el hombre”.

La gesta del mestizo que se embebía de modos de sentir y pensar de una nación acorralada como la andina hallaba en Cuba un parangón mundial hacia una revolución no solo socialista sino también humana y cósmica. Adviértase, por ejemplo, que en un pasaje de Los zorros leemos: “Querido hermano, Pachequito, teniente en Pinar del Río y tú, Chiqui, de la Casa de las Américas: cuando aquí a Perú un socialismo como el de Cuba, se multiplicarán los árboles y los andenes que son tierra buena y paraíso”. Cuba se enlaza en el contexto peruano con un ideal de transformación de política de la tierra, que no obstante, luego fue estratificado o regulado (cfr. Earth beings de Marisol de La Cadena).

Para más detalles del viaje de Arguedas a Cuba puede consultarse el libro Cubapaq (2013), editado por Jaime Gómez Triana. Por ahora solo comentaré el poema que Arguedas dedicó a la isla en 1968. Destaquemos primero que se trata de un texto en quechua, gesto que significa que el autor experimentó una gran emoción al experimentar el proceso revolucionario. Arguedas siempre enfatizaba que escribía en quechua cuando necesitaba expresar sus trances de espíritu.

Cuba, a semejanza de la población andina, es también una nación acorralada por el poder colonial. Arguedas inicia el poema con estos versos: “Casi había que dar la vuelta al mundo / para llegar al luminoso pueblo de Cuba / pues los malditos corazón de dinero / los endemoniados odiadores del hombres / así lo ordenan”. Para referirse a “malditos” Arguedas usa la expresión quechua supay que es índice de un superlativo negativo y que se emparenta así con los “falsos wiraqochas” o “los doctores” a los que atacó en otros de sus poemas. Por lo tanto, en “A Cuba” se aprecia una articulación de movimientos políticos que resisten a un enemigo en común (aún en estos días).

Arguedas enfatiza también la potencia que le contagia la llegada a Cuba, por esto dice: “Estoy llegando a ti / pueblo que ama al hombre / pueblo que ilumina al hombre / pueblo que libera al hombre”. Este pasaje se conecta con la potencia que se incrementa en el ritual de la oración al dios serpiente en “A nuestro padre Túpac Amaru” o cuando llega al “mundo de arriba” en su poema “Oda al Jet”. Cuba adquiere para él una resonancia cósmica y política que se enlaza con su propio proyecto de construir una nueva sociedad peruana. Su poética de todas las sangres o del “demonio feliz” halla en Cuba una fuente de energía. Frente a esta posición podría hablarse, por ejemplo, de situaciones como las de Virgilio Piñera en 1961. Sin embargo para Arguedas la Cuba de 1968 no solo era un orden político sino la concreción de una nueva humanidad. Entonces Cuba era para Arguedas más que una utopía. La convicción de una esperanza que se encarna se afirma cuando dice que “la senda por la que el hombre va” no podrá ser obstruida.