Skip to main content
Una publicación de la asociación SER

Keiko en busca del carisma ausente

Foto: Ap

Carlos Reyna. Sociólogo

Keiko Fujimori acaba de invocar a Alberto Fujimori como un hombre ejemplar, incluso paradigmático. Y como esto ocurre prácticamente al inicio del proceso electoral, quiere decir que el fujimorismo acaba de poner su campaña bajo el manto inspirador del ex presidente.

La Escuela del Chino

Lo que ha hecho Keiko hace unos días es anunciar por redes sociales que a partir de mañana, lunes 19, su padre comenzará a dar un curso para simpatizantes de su partido acerca de su experiencia de gobierno. Un curso que durará un mes y se denominará “La Escuela del Chino”. Tal el apodo del ex mandatario que ya lleva unos 12 años de cárcel y aún deberá pasar 13 más por delitos muy graves. Entre ellos: homicidio calificado, secuestro, suplantación de funciones, delito contra la administración pública y cohecho activo. Todos estos delitos cometidos durante el gobierno sobre el cual dará clases.

Muchas personas razonables calificarían este acto, si se hicieran en tiempos normales, con una frase bastante más dura que insensatez. Pero hacerlo al inicio de un período electoral supone algo más torvo. Con “la Escuela del Chino” y la reiterada reivindicación de su padre como “líder histórico” de su partido, Keiko Fujimori está desistiendo de una campaña racional que se lleve a cabo sobre un supuesto común a todos los competidores: que ninguno de ellos blanquean ni menos aún rinden culto a  responsables de delitos firmemente probados. Más aún si se trata de la gravedad de los delitos mencionados en este caso.

Creo que esto no es un error, es una estrategia nueva. Las dos candidaturas anteriores de Keiko estuvieron marcadas por la mayor o menor distancia que quiso mostrar con un padre tan especial. En la del 2011, no se esforzó mucho en tomar distancia del ya condenado desde el 2009 por los delitos más graves. Dejó que figuras que gobernaron con él tuvieran lugares prominentes como candidatos, y perdió. En 2016, quiso mostrar más distancia, simuló autonomía. Le resultó hasta cierto punto, pero finalmente también perdió.

La estrategia de encarnar al Chino

La estrategia ahora es, sea o no candidata, la de desistir de toda distancia respecto del padre sentenciado y pasar a identificarse plenamente con su actuación como un todo. No importan las consecuencias éticas ni morales de esa decisión. Tampoco la polarización o turbiedad que podría provocar durante la campaña. Solo importa el resultado político o electoral que cree podría tener con esa identificación sin fisuras y sin pudor.

¿Por qué cree que le va a funcionar?  Primero, porque en el fujimorismo, y más allá de él, siempre se ha creído en el carisma extraordinario de su padre. Segundo, por la memoria mesiánica que de él guardarían muchos sectores populares. Tercero, por los balances exitosos que saldrían de sus gobiernos y candidaturas. Y cuarto, porque eso es lo que hay que reivindicar y encarnar ahora que el país vive una crisis tan o más grave que de 1990. Entonces, “la Escuela del Chino”.

En efecto, la aparición de Alberto Fujimori en los años 90 remite a los típicos liderazgos carismáticos a los que se refirió ya hace tiempo Max Weber. Una situación de crisis muy profunda, de emergencia inclusive, que requería de cambios de fondo. Un nuevo actor muy diferente de los demás en tanto ni siquiera se decía político. La atribución, por la gente, de cualidades no comunes entre sus competidores por el solo hecho de no tener partido y ser nisei. Y asumir una misión trascendental como parar la hiperinflación, reactivar la economía y enfrentar al terrorismo.

Con un gran costo, en los dos primeros años de su gobierno, por sus méritos o no, se tuvo controlada la inflación y se arrestó a los mandos subversivos. También se disolvió al Congreso que casi nunca era querido por la gente. Y en los años subsiguientes, también volvió a crecer la economía, hubo asistencia social masiva y amplios programas de  carreteras dentro del país.  La misión del líder, y por tanto su carisma, quedaron validados. Y aunque hubo gruesas perversiones en los procesos electorales, Fujimori padre siempre tuvo cerca de la mitad de adhesiones.

Un carisma que se fue desvaneciendo

Pero luego de estos logros vinieron situaciones más rutinarias, esas en las que los líderes carismáticos no funcionan igual, pues ya no se requiere de decisiones osadas y verticales, sino de la mesura y el consenso. Es decir, de la capacidad de gestión y diálogo. Peor todavía si surgen problemas que ya no son crisis profundas como las del 90, pero también afectan a la gente como las recaídas económicas entre 1996 y 1999 y los problemas políticos con el Tribunal Constitucional y otros debates como la ley de la re reelección.

Con la llegada de las épocas de rutina, el líder y sus seguidores perciben el debilitamiento de su poder y de su carisma. Fujimori, su asesor Montesinos y todo su séquito, en lugar de preparar su retirada, decidieron forzar su continuación de manera grotesca. Montesinos llegó a meterse en tráfico de armas. Más tarde hubo falsificación de firmas, sobornos por cientos de millones de dólares a dueños de medios, y control casi absoluto de poderes del Estado y de la televisión abierta. Hasta los EEUU pasaron a oponérsele.

Fue pírrica la victoria electoral fujimorista del 2000, señalada como fraudulenta por la OEA. Esa vez Fujimori padre juramentó con Lima tomada por la Marcha de los Cuatro Suyos, la más grande en la historia del país. El régimen fujimorista quedó resquebrajado. Su jefe sin siquiera las cualidades más ordinarias. Y los vladivideos terminaron de colapsarlo.

Allí hubiera pasado a la historia el atribuido carisma de Fujimori padre. Se fugó vergonzosamente a Japón. Le siguió una cadena de destapes de corrupción y de cuentas bancarias secretas de sus cortesanos por miles de millones de dólares. Le sumó a eso la farsa de una postulación a senador en Japón y, finalmente, el muy torpe retorno vía Chile en diciembre de 2005.

Allí, en Santiago, el mismo día, la entonces candidata Bachelet sugirió públicamente a Alejandro Toledo que le pida la detención del indeseable. Luego de proceder Toledo a gestionarla, Fujimori terminó arrestado. Habían pasado cuatro años después que se fugó de Perú. Finalmente, el 2007, fue extraditado al Perú, juzgado y condenado. El iluso pensó que de Chile no lo iban a extraditar, que iban a ser condescendientes con él, y con sus jugadas respecto a Perú. ¿Un ser carismático y extraordinario?

Esa creencia hubiera quedado enterrada si, después del breve gobierno de Valentín Paniagua, los sucesivos presidentes no hubieran tenido igual o parecida naturaleza a la de Fujimori, con una diferencia quizás apenas cuantitativa. Como no marcaron esa diferencia, en varios sectores populares significativos quedó la memoria del gobernante providencial, no importa si corrupto o criminal. Ese recuerdo fue el que alimentó las adhesiones electorales a Keiko Fijimori desde 2006 hasta 2016.

A eso precisamente apelará ella intensamente en esta campaña, aún si no es candidata. Su idea es encarnar la memoria de Alberto Fujimori y finalmente heredar su liderazgo y carisma. Pero tiene varios problemas para ello y lo más probable es que termine frustrándose otra vez.

Una sucesión con pocas probabilidades

La sucesión de un líder carismático es muy difícil, virtualmente imposible dice Weber. Y tiene sentido, porque son cualidades muy personales, así sean atribuidas. A diferencia del padre, que ascendió desde abajo y desde fuera como un tsunami cuando ganó la primera vez. Keiko y su partido ya eran parte del elenco establecido cuando ella ha sido candidata a congresista y presidenta.

Cuando ha sido candidata a presidenta, sobre todo la última vez, intercambió candidaturas al Congreso a cambio de financiamiento para su campaña. Hizo y ha venido haciendo esas y otras cosas habituales en la mayoría de grupos políticos actuales. El resultado ha sido el tipo de bancada que tuvo en el Congreso. Nada que marque una diferencia, un sentido de misión, y un tema crítico del cual salvar al país, que son los que perfilan un carisma.

En lo que son sus nichos electorales populares, el fujimorismo tiene competidores nuevos que no existían en 2016  y algunos podrían ser vistos como más creíbles y viables. Es notorio que, hacia setiembre de 2015, Keiko Fujimori pasaba de 30 % a nivel nacional.  En el mismo mes, este año ha estado por el 7 %.

Este nivel tan bajo en las encuestas es lo que la espolea para que asuma una completa identificación y reivindicación de su padre. De ese modo espera movilizar eso mismo en los que antes se sintieron expresados por él, pero ahora en su favor.

Todos saben que Keiko prefirió confrontar con Kuczynski en lugar de buscar una salida legal, consensuada con él, para liberar a su padre. Todos también saben que peleó con su hermano y promovió su salida del fujimorismo por buscar esa salida legal. Y todos saben que, muchos años antes, ella prefirió dejar aislada a su madre Susana cuando había denunciado  los malos tratos del padre.

Pero el amor filial se puede volver a poner en escena, sobre todo si así se puede buscar ese carisma ausente, a la vez tan esquivo y tan necesario para alcanzar el poder.