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Una publicación de la asociación SER
Historiador

Huaynaputina: A 419 años de la más grande erupción volcánica en los Andes (I)

Se han cumplido en estos días los 419 años de uno de los eventos naturales más impresionantes del último medio milenio en los Andes, la erupción del volcán Huaynaputina en febrero del año 1600.  Hace una docena de años, en la revista ‘Cabildo Abierto’ que la Asociación SER publicaba en Puno, apareció un breve ensayo al respecto, en el contexto de la preocupante actividad de otro volcán de la zona, el Ubinas, ambos en la provincia Sánchez Cerro, región Moquegua.  Veamos cómo se informó del suceso en el siglo XVII.

En la “carta annua” del año 1601, escrita en Lima por el provincial jesuita Rodrigo de Cabredo, se nos dice: “La ciudad de Arequipa [h]a sido entre todas las deste Reino la de mayor regalo, recreación y salud, ayudada para esto con el temple de la tierra, ni frío ni de mucho calor, el cielo más claro y limpio que se ve en todo este Reino, gozándose de ella con muy hermosos zelages y las noches con hermosura de estrellas tan resplandecientes… Era esta ciudad muy vistosa en sus plasas, calles y edificios labrados de piedra, en sus salidas por todas partes muy vistosas, cubiertos los campos de mill colores de flores, rodeada la ciudad de huertas con muchas frutas de Castilla y de la tierra, y solas las viñas llegavan a dar al año de vino más de ciento y treinta mill arrobas.  Estava esta ciudad en el gozo de su felicidad, y con ella algo más olvidada de Nuestro Señor de lo que devía” (p. 404).  El extravío moral de los arequipeños, según el jesuita, habría sido la causa de que un castigo divino: “viniesse de repente.  Pues fue tal que alcançó no sólo a los hombres de todo género y calidad, sino a las bestias y animales brutos, a las aves, y peces, a las miesses, frutos y yerbas y hasta los mismos edificios” (p. 405).

La catástrofe comenzó así: “A mediado el mes de Febrero de el año de 1600 se començaron a sentir en Arequipa algunos temblores de tierra no muy rezios ni muy freqüentes, pero luego [= inmediatamente] se tuvo por novedad por ser tiempo que llovía, que llaman acá de aguas, en que no se suele [h]aver temblores, antes cessan entonces.  Llegado el día 18 del mesmo mes, día de S[an]. Simón, obispo y mártir, y primer viernes de quaresma, llegándose la noche, començaron los temblores a menudear y a poner alguna attención en la gente y mientras más iva entrando la noche ivan más arreziando y multiplicándose tanto que no pasava quarto de hora que no temblasse la tierra dos y tres vezes; pasóse esta noche toda en vela, nadie se tenía por seguro debaxo de techado, esperávase la mañana y con ella la bonança.  No sólo no la [h]uvo sino que la tormenta se fue mucho más enbraveciendo.  Acudió luego [= de inmediato] la gente a buscar consuelo en las iglesias y a disponer sus almas con el sacramento de la penitencia, pero dava el tiempo tan poca quietud que todo era una turbación, que ni los sacerdotes se atrevían a dezir Misa ni el pueblo estava con seguridad para oílla, porque era casi continuo el movimento de la tierra, el banbalear [sic] de las paredes y el cruxir de los techos, y en estas coyunturas el alboroto y gritería de la gente que la hazían los temblores salir de la iglesia donde se [h]avía entrado para su refugio.  Affirman que desde el viernes en la tarde hasta el sábado a la propria hora pasaron de duzientas vezes las que tembló la tierra, recio y de manera que los edificios se estremeciesen, fuera de en todo este tiempo jamás se quietó la tierra, sino que estava siempre como ondeando y bullendo en un perpetuo temblor y continuo movimiento, que si las casas no fueran edificios baxos sino altas, hechas de propósito para sufrir temblores, se destruyera mucho de la ciudad” (pp. 405-406).

La tarde del sábado 19: “Luego [= pronto] se empeçaron a ver los efectos de esta gran preñez [= expectativa], porque este día sábado, como media hora antes de ponerse el sol, se cubrió el cielo de una obscuridad obscuríssima y junto con oírse unos truenos sordos, començó a llover una lluvia blanca y muy gruesa arena a manera de dormideras [= adormideras, amapolas ], que en breve espacio cubrió los tejados, casas y calles, puniéndolos tan blancos como si [h]uviera caído nieve.  No se puede justamente encarecer lo que la tempestad se encrueleció mientras más entrava la noche, porque juntamente con que caía la arena tan áspera, como quando nieva a grande furia, empeçaron a sonar unos truenos tan horribles, tan nuevos y extraordinarios, que parecía sin duda quererse hundir el mundo.  [H]Avía diversos órdenes de estos truenos, que unos en pos de otros corrían: unos que sonavan lexos, otros encima de la cabeça, unos roncos y tardos, otros a modo de artillería y otros tan prestos y veloces, de tan largo y furioso ruido, que con espanto y terror de la gente parecía que se partía el cielo.  No [h]avía quien oyéndolos no temblase y se encogiese, estavan los coraçones de todos cubiertos de una intima afflicción y congoxa, veían que la tierra los combatía con furiosos temblores, el cielo con espantosos truenos y relámpagos, el aire con un género de lluvia que ni se desaguava en los ríos ni el sol la [h]avía de deshazer y con unos resplandores de fuego que de quando en quando parecían en él” (pp. 406-407).

En la semana que siguió al domingo 20: “Pasó la ciudad los seis días siguientes, domingo, lunes etc., hasta el sábado con la mesma tristeza y obscuridad del cielo, que aunque aclarava algunos ratos del día, era una luz que sólo ayudava para conocerse los unos a los otros.  Ocupávanse en descargar los techos de las casas de la ceniza que tenían encima, que los iva hundiendo y derribó algunas de la ciudad.  Huvo estos días muchas diciplinas de sangre, processiones y sermones; predicávales el Padre Rector [Gonzalo de Lira, S.J.], recibiendo particular contento y consuelo el pueblo” (p. 408).

Finalmente el sábado 26: “Llególes el sábado, cuya tristíssima noche se pasó con esperança  del día, y quando les [h]avía de amanecer, no sólo no se v[e]ía luz de la mañana ni día, pero ni rastro dél, sino que la noche se continuó con mayor obscuridad y tinieblas, tanto que mientras más el sol se iva levantando y [h]avía de dar más claridad, tanto más el horror de las tinieblas iva creciendo.  Fue este día espantoso y terrible, de grande afflicción y turbación, sin encarezimiento [= exageración] dizen los que lo vieron, que si no es el [día] del juizio [Final] no puede bien compararse otro con él, porque los truenos y temblores junto con ser en número muchos y durar todo el día, fueron temerosos y horribles y la lluvia que en todo él continuamente cayó de ceniça, fue de modo que parecía que a espuertas la derramavan del cielo, y assí corrían los canales como si fueran de agua” (p. 408).

La catástrofe perturbó a la población indígena: “Desde que començó la tempestad [h]avía plática en los indios que este día se [h]avía de hundir toda esta ciudad y [h]avían de perecer todos los de ella, y aunque no se dio crédito a esto, el día era tal que sólo verlo bastava para atemorizar y dar qué pensar a los más fuertes y constantes.  [H]Avíanse con esta ocasión y pensamiento huído muchos indios y desamparado la tierra por el fin que esperavan de ella; otros se [h]avían quedado y como gente bárbara [¡sic!] y que tiene poca luz del cielo, persuadiéndose a que el mundo se acabava, y que siendo assí no [h]avía para qué quedarse acá cosa biva y de comer, mataron los carneros [= llamas], gallinas y conejos de la tierra [= cuyes] que tenían, y hizieron grandes vanquetes y borracheras, vistiéndose para esto de colores, y aun se dixo que algunos hechizeros avían offrecido carneros [= sacrificios de llamas] al bolcán [Misti], de quien se temían, porque no los hundiesse, y que hablavan con el demonio [¡sic!] que les dezía las tempestades que [h]avía de [h]aver” (p. 409).

Los arequipeños cristianos, según el jesuita, salieron en procesión: “Acompañaron la processión la cofradía de los indios de nuestra casa, que, como gente más instruida en las cosas del cielo, no tratavan en las supesticiones que los demás, ivan delante pendones negros y las insignias de la passión, luego iva un Hermano de casa con un Christo grande y muy devoto, después llevavan un Niño Jesús en hombros de seglares, tras del qual ivan los Padres des[cu]biertos y descalços y con toallas en las manos en que llevavan las reliquias del colegio en sus relicarios de plata, cubiertas sus cabeças y cuerpos de la tierra o ceniza que cayó mojada en sus rostros con las lágrimas que derramavan, ayudándoles los religiosos y Prior de S[an]. Augustín y otros clérigos seglares.  Al fin de todo iva el Padre Rector con el Santo lignum crucis y luego una imagen de Nuestra Señora devotíssima; ivan cantando el Miserere y letanías a canto de órgano una capilla que tiene la cofradía de los indios muy buena, que despertava a grande dolor y compunción.  Iva rigiendo la procesión un sacerdote de los Nuestros con una [imagen de] Christo en las manos, el qual de rato en rato se hincava de rodillas y clamando en voz alta dezía por tres vezes: Misericordia, Señor, y a esta voz se hincavan de rodillas todos quantos [h]avía a embiar los mesmos clamores al cielo, besando unos la tierra y otros levantando los ojos con gran quebranto de coraçón, sin [h]aver quien en aquel tiempo tuviesse más honrra que en llorar y humillarse, porque el espanto y temor de Dios [h]avía echado fuera todos los ruines affectos” (p. 410).

 

Esta historia continuará.

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Referencias:

“Hace 419 años se registró la erupción volcánica más devastadora de América del Sur en Moquegua”, La República, Lima, lunes 18 de febrero de 2019. <https://larepublica.pe/sociedad/1415603-moquegua-419-anos-registro-erupcion-volcanica-devastadora-america-sur>

Nicanor Domínguez, “La erupción del Volcán Huaynaputina en el año 1600”, Blog Laicacota, viernes, 30 de marzo de 2007 [Publicado originalmente en: Cabildo Abierto (Puno), núm. 15 (Junio - Julio 2006), pp. 16-17]. <http://laicacota.blogspot.com/2007/03/huaynaputina-1600.html>

Antonio de Egaña, S.J. y Enrique Fernández, S.J., eds., Monumenta Peruana (1565-1604) (Roma: Institutum Historicum Societatis Iesu, 1954-1986, 8 vols.); vol. 7 (años 1600-1602).

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