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Una publicación de la asociación SER
Historiador

Historia y clima en el Altiplano

No siempre se ha preservado la memoria tradicional (oral o escrita) de episodios con variaciones intensas del clima -especialmente cuando las lluvias faltan (sequías) o sobran (inundaciones)-, limitando la capacidad de comprensión y prevención de las generaciones futuras. El estudio científico de los paleo-climas andinos lo han hecho glaciólogos (analizando los depósitos de hielo anuales en glaciares de alta montaña), limnólogos (estudiando los despósitos de sedimentos en el fondo de lagunas), y palinólogos (analizando el polen de distintas especies de plantas y árboles en sedimentos lacustres y excavaciones arqueológicas).

Estos estudios geológicos cubren variaciones del clima en períodos de varios siglos, tras el final de la más reciente “Edad de Hielo” (Pleistoceno), enmarcándose en el lapso de los últimos 10,000 años (Holoceno). Así, la llamada “Pequeña Edad de Hielo” es un período de más de 400 años en el que las temperaturas globales promedio fueron más frías que las de hoy. En los Andes ésta “época neoglacial” ocurrió entre 1450 y 1880, con inviernos largos y fríos, y mayores precipitaciones (lluvia y nieve). Además, por más de dos siglos (de 1500 a la década de 1720), hubo mayor humedad y precipitaciones más frecuentes, lo que favoreció: (a) un mayor crecimiento de pastos naturales (beneficiando a los criadores de llamas y alpacas), y (b) mejores condiciones para la agricultura. En cambio, durante el siglo y medio siguiente (de la década de 1720 al año 1860), el clima andino fue en general más seco y con escasas precipitaciones, limitando así pastos, rebaños y cultivos.

Y los historiadores, ¿qué tipo de información utilizan para reconstruir el clima del pasado? Por ejemplo, la revisión de las crónicas escritas por los españoles en los siglos XVI y XVII, luego de la conquista de los incas y durante el primer siglo colonial, permitió al investigador francés Pierre Morlon concluir en 1992 que el clima andino entre las décadas de 1530 a 1650 había sido más frío y nevado que en el siglo XX, aunque no lo suficiente como para producir una variación significativa en los límites superiores de los cultivos. Sus conclusiones son consistentes con las características de la “Pequeña Edad de Hielo” en los andes definidas por el glaciólogo Lonnie Thompson en 1985 y 1986.

Por otro lado, las variaciones climáticas de períodos más cortos, que son las que causan las catástrofes que afectan vidas humanas, son menos perceptibles en los estudios geológicos mencionados, a menos que se trate de episodios verdaderamente intensos como los “Mega-Niños” de 1577-1578, 1982-1983, o 1997-1998. Aquí la documentación histórica proporciona a veces detalles invalorables. Para el primero de los “Mega-Niños” mencionados, Lorenzo Huertas utilizó en 1987 la documentación colonial conservada en Lima (en el Archivo General de la Nación y en la Biblioteca Nacional) sobre los reclamos judiciales de las comunidades indígenas de los valles de Lambayeque en 1578, argumentando no poder pagar sus tributos debido a la catástrofe climática.

La documentación colonial se refiere a estas caídas de la producción agrícola como “esterilidades”, sin aclarar si la causa climática había sido el exceso de lluvias (inundaciones, huaycos), su escasez (sequía), u otro fenómeno atmosférico (heladas), o incluso biológico (plagas). Así de ambiguo, por ejemplo, figura el término en un documento del Archivo Regional del Cuzco, de agosto de 1662, donde las comunidades del Valle del Vilcanota pedían la “conmutación” del tributo (pago en moneda y no en especie), argumentando: “la esterilidad que este año [h]an tenido en las comidas de maiz y trigo y ser notorio lo referido y que [h]an benido de todas las provincias a pedir la dicha esterilidad”.  La referencia es breve y apunta a una crisis agrícola y climática generalizada en la región del Cuzco. Además, su impacto social y económico trasciende al fenómeno natural concreto que le dio origen.

Como explicara en 1983 la historiadora norteamericana Brooke Larson (a partir de sus estudios sobre el Valle de Cochabamba, Bolivia), el tributo en especie (producción agropecuaria indígena) era tasado a un monto fijo desde la época del Virrey Toledo (1569-1581), pero era comercializado a precios de mercado en ciudades y centros mineros por los corregidores y sus tenientes. Éstos pagaban a las Cajas Reales el precio “oficial” y se beneficiaban con la diferencia en los precios de mercado. En una economía “de tipo antiguo”, como la definen los historiadores franceses Ernest Labrousse [1895-1988] y Pierre Vilar [1906-2003], las “crisis agrarias” eran crisis de sobreproducción: las buenas cosechas generan abundancia de alimentos, pero provocan la caída de los precios. En cambio, un mal año agrícola (de “esterilidad”) era beneficioso para los productores, pues los precios de los alimentos subían debido a su escasez. Para las comunidades indígenas coloniales (de Lambayeque en 1578 o del Cuzco en 1662), la venta directa de sus tributos en especie resultaba un buen negocio; pero sólo podían hacerlo con el apoyo judicial de una autoridad de nivel superior, que limitara la comercialización de esos productos por las autoridades provinciales y locales.

Como puede apreciarse, los aportes de una historia del clima en el sur andino colonial, resultan de gran interés para entender a cabalidad la complejidad del pasado de sus habitantes. Además, puede también darnos una entrada a las ideas y percepciones de la gente de la época sobre el impacto de las irregularidades del clima.

El complejo de santuarios prehispánicos de la actual Península de Copacabana y las Islas del Sol y la Luna fue convertido a finales del siglo XVI por los evangelizadores españoles en un centro de peregrinación cristiana en honor de la Virgen María.  Según el cronista agustino fray Alonso Ramos Gavilán, el “ídolo Copacati” era venerado en Copacabana prehispánica en épocas de sequía, para atraer las lluvias. Coincidentemente, los primeros milagros de la Virgen de Copacabana, fechados a inicios de la década de 1580, son lluvias milagrosas que alivian la sequía que habría afectado al altiplano en ese entonces.  Las numerosas menciones a rogativas a la Virgen para atraer las lluvias podrían servirnos de registro meteorológico, especialmente si otros documentos coloniales confirmaran “esterilidades” en esos años.

Otro agustino, fray Antonio de la Calancha, registra una sequía en 1592: “Habían sembrado los indios en toda la provincia de Chucuito sus papas, ocas, quinua y las demás legumbres que usan para mantenimiento. Faltó el agua estando ya crecidas las mieses [= cultivos] y para cuajar [= madurar] los frutos. Era general el desconsuelo, porque siendo común el hambre siempre es universal el gemido. Convocáronse todos los pueblos y, acompañando los Curas y Sacerdotes a sus indios, y concurriendo los españoles, se llenó Copacavana de una innumerable multitud” [Calancha-Torrres 1972, t. I, p. 363].

Calancha resalta “la devoción de indios, de sacerdotes y de españoles” por la Virgen: “Salió (...) la procesión, y habiendo dado la vuelta al cementerio, llegando la santa Imagen al lugar donde está una puerta por la cual se descubre la laguna [= Lago Titicaca], comenzó a soplar un viento tan vehemente, que le pareció a la multitud caian las paredes y se arrancaban los techos.  Sosegáronse y conocieron que era ruido de cosa distante, y era en la laguna donde los demonios [= divinidades indígenas prehispánicas] que andan en las islas [del Sol y de la Luna] sintieron tal terror, tal tormento viendo aquella Imagen, que huyeron bramando y se escondieron temiendo.  Pasó el ruido y sintieron un viento (...) agradable.  Estando el cielo limpio, sin nubes, y el sol nunca más claro, comenzó a caer un agua mansa, sin ruido, sin trueno, sin tempestad; mojábanse todos y era tanta la alegría del innumerable concurso [de gente], que se deleitaban en mojarse” [p. 364].

El milagro pluvial no sólo beneficiaba a los cultivos sino que, al derrotar a las divinidades indígenas, fortalecía el cristianismo de los indios.  Ocurrió en 1592 lo que cuenta Calancha es problema imposible de resolver hoy.  Que la gente entonces aceptara tales explicaciones es algo cierto y debiera ser parte de cualquier reconstrucción histórica sobre el clima del pasado.