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Una publicación de la asociación SER

Héroes prestados: República y Bicentenario

Foto: Andina

Gustavo Montoya. Historiador

“Así como los individuos
requieren de memoria,
las colectividades no pueden
existir sin recuerdos”
Alberto Flores Galindo, 1983

Reconocerse en los otros, no contra ellos. En una reciente charla con una investigadora extranjera, referida al Bicentenario, la Independencia, los héroes y los símbolos de integración entre los peruanos, y casi como registrando lo obvio, ella terminó por deslizar la siguiente frase: “es que ustedes tienen héroes prestados”.  En efecto, y para poner un solo ejemplo referido a la gran efeméride, ¿qué tipo de sensibilidades despiertan San Martín y Bolívar con respeto de cualquier modalidad de patriotismo o de identidad colectiva en el país? Omnipresentes y extraños a la vez, la exaltación de los libertadores en los espacios públicos, es una metáfora de la famosa tesis de La independencia concedida, instalada por la historiografía marxista de la época del sesquicentenario. ¿Quiénes serían los peruanos de las guerras por la independencia que podrían, sino sustituir, por lo menos, ocupar el mismo pedestal de San Martín y Bolívar? ¿Sería pertinente reflexionar en esa dirección? [1]

La idea es peruanizar la guerra independentista. Organizar los recuerdos colectivos con personajes y acontecimientos donde destaque la participación de las mayorías sociales de esa coyuntura, sobre todo en esta época, donde los herederos de tales grupos, podrían optar por salidas profundamente autoritarias; que proyectan un horizonte al abismo de la gobernabilidad contemporánea. Nacionalizar el contenido de la soberanía republicana de cara al Bicentenario, también supone una reconsideración sobre el acondicionamiento territorial y el paisaje simbólico de Lima y las regiones.   Justamente las grandes intervenciones sobre los espacios públicos, se realizan para conmemorar eventos fundacionales y constituyentes. Tales rituales cívicos son imprescindibles, pues contribuyen al fortalecimiento colectivo de una comunidad, nación o pueblo, para regular y hallar puntos de confluencia a las emociones y sentimientos colectivos. Establecer no uno, sino múltiples centros de gravedad que disuelvan el encono político regional. Buscar esa Nación que aún nos es esquiva.

 ***

Una de las últimas intervenciones de importancia sobre el espacio público, se realizó nada más y nada menos que en la Plaza de Armas de Lima, el centro de poder simbólico por excelencia, cuando se procedió a retirar la monumental y soberbia estatua ecuestre de Francisco Pizarro, el conquistador español que arma en ristre y cabalgando un corcel desbocado remitía a la violencia de la conquista. Entonces, solo unos pocos académicos y algunos personajes más bien pintorescos, se opusieron vivamente exhibiendo argumentos que en conjunto remitían al componente hispano en la identidad mestiza de los peruanos. El problema era la agresiva e intimidante estrategia plástica y el mensaje que difundía. 

La omnipresencia de los libertadores en la subjetividad colectiva reside en el estratégico emplazamiento que se les ha asignado. Desde la numismática y la monumentalidad de sus imágenes, hasta la frivolidad de mercancías de consumo masivo. Es una paradoja verificar que San Martín declaró la independencia solo en Lima, cuando considerables regiones del país aún estaban bajo control realista. Y también recordar que el Protectorado fue la negación de los ideales republicanos y estuvo orientado a refundar un régimen aristocrático. Como se sabe, la caída de tal régimen solo fue posible vía la movilización de los sectores plebeyos y medios,  bajo el liderazgo del partido republicano.

El emplazamiento de Bolívar en el frontis del Congreso de la República congrega otras  interrogantes no menos inquietantes. El libertador venezolano no era muy afecto a los regímenes democráticos, por su convencimiento que las independencias en Hispanoamérica eran en realidad nuestro medioevo. Estaba convencido que lo que sobrevendría sería la anarquía, las guerras civiles y los caudillismos; esas fuerzas sociales y regionales centrípetas que terminarían disolviendo a lo largo del S. XIX, todo el entramado de lazos y nudos coloniales. Y cabe recordar además que su extrañamiento perpetuo del Perú fue sellado por otra movilización de masas liderada por algunos de sus colaboradores locales más cercanos. Después de todo, la Constitución Vitalicia que mando a elaborar, tenía todas las señas de una monarquía republicana, cuyo centro de gravedad debía ser su genio y figura. 

Por ello resulta un tanto incomprensible, cómo es que hasta ahora, la hermosa esfinge dedicada a José Faustino Sánchez Carrión permanezca casi  escondida en el patio posterior del Congreso. Si existe una figura que encarna el horizonte republicano plebeyo, con un contenido de todas las sangres, sin duda la biografía del Solitario de Sayán es la que reúne tales experiencias. ¿Por qué no existen por ejemplo grandes íconos indígenas o afroperuanos, como forjadores de la República, cuando en realidad fueron tales grupos sociales los que exhibieron un patriotismo intacto durante toda la guerra? José Olaya es una excepción. En tanto que el gran líder guerrillero afroperuano Cayetano Quiroz, como su símil indígena Ignacio Ninavilca, y con ellos una extensa galería de héroes y heroínas regionales, continúan en la sala de espera, ya que nada de esto parece interesar a la sensibilidad burocrática citadina. El autismo historiográfico suele hacer de las suyas cuando se cae en el monólogo  y los lugares comunes. 

Habría que retomar lo que Jorge Basadre denominó el inicio de la etapa peruana, el momento constitucional de 1823 y en strictu sensu, el establecimiento de la República. En ese primer Congreso, a pesar de las dificultades en su representación derivadas de la guerra aun curso, ya existe una voluntad colectiva para cimentar un nuevo pacto social.  Presidida por el chachapoyano Toribio Rodríguez de Mendoza, este podría ser otro hito republicano que podría contribuir a la nueva cartografía mental que se requiere de cara al futuro.  Habría que recordar también que el primer gobierno peruano tuvo la forma de un régimen parlamentario, y recordar por ejemplo la Convención Nacional de 1856, que fue producto de la indignación nacional ante la corrupción y el nepotismo. Urge ensayar una recuperación estratégica de los momentos estelares de la épica civil republicana.

En esa línea, y tal como lo mencionan Sinesio López y Mario Meza, ya Basadre había sugerido que la revolución del Cuzco de 1814 – 1815, podría haber sido el gran hito fundacional del Perú republicano: “¿Optamos por la revolución de 1814 -1815 o por la de 1820-1824? Sea lo que fuere, ratificamos ahora los puntos de vista expresados hace ya más de cuarenta años, al sostener que, entre la revolución surgida entre 1820 y 1824 y la de 1814, preferimos esta última. En el caso de haber logrado ella sus objetivos  máximos, para lo cual le faltaron, como acaba de verse, un conjunto de probabilidades objetivas, habría surgido un Perú nacional, sin  interferencias desde afuera y con una base mestiza, indígena, criolla y provinciana”[2]

***

La presencia de la mujer peruana en la historia de nuestra Independencia aún es tímida. La quiteña Manuela Sáenz y la guayaquileña Rosa Campusano, espíritus libres y colaboradoras decisivas de los libertadores, tienen un justo y merecido reconocimiento. Frente a ellas, María Parado de Bellido, las hermanas Toledo y Rosa Merino, más bien aparecen con discreción en ese gran fresco estético que debiera ser la presencia femenina en la historia republicana. Tampoco se trata de exorcizar la veleidad y el espectáculo frívolo instalado alrededor de la Perricholi y las tapadas limeñas.

San Martín fue exaltado por el régimen de Leguía durante esa fiesta permanente que fue la celebración del Centenario, como si la monumentalidad de su emplazamiento revelase el alter ego del Oncenio, con sus pretensiones de perpetuidad y de gloria. Desde su pedestal inalcanzable,  el libertador argentino debe generar más de una interrogante al alicaído patriotismo de los peruanos.  La estatua de Bolívar, que preside el frontis del Congreso de la República, fue instalada durante una de las coyunturas más violentas del S. XIX: la revolución y la guerra civil de 1854, la Convención Nacional y el segundo liberalismo. A diferencia de la estatua de San Martín, que parece trotar sobre las alturas de un país abstracto, la esfinge de Bolívar remite justamente a la época en que fue concebido. Es el tiempo de la rebelión e indignación de los pueblos, liderada por Ramón Castilla, en contra del escandaloso y oprobioso gobierno de Rufino Echenique, considerado uno de los más corruptos en la historia de la república.

Obviamente no se trata de retirar o prescindir de los libertadores que encarnan la solidaridad y épica continental en favor de la independencia. Pero habría que pensar no en una, sino en múltiples estrategias para exaltar y generar ese imprescindible efecto de asombro hacia los peruanos y peruanas de la iniciación de la República. La nación impaciente que parece emerger en la actual coyuntura del Bicentenario, precisa de héroes con un anclaje territorial y cultural más cercano. Que el reconocimiento de la interculturalidad no sea solo una coartada política que se pierde en esos infernales vericuetos burocráticos.  Ahora que el Ministerio de Cultura una vez más muestra sus trapacerías, les vendría bien a sus nuevos directivos, que observen experiencias exitosas de otros países en la gestión de sus activos y fortalezas culturales.

¿Es sensato insistir en la reificación de símbolos y emblemas que fueron concebidos en contextos tan ajenos a los actuales y que respondían a expectativas que ya no existen? Una respuesta afirmativa no es dable si se considera que las élites que levantaron tales íconos, no podían trasponer las limitaciones de su época, ni sus ideales de nación compuesta de exclusiones.

Este Bicentenario podría ser una oportunidad inmejorable para pensar la Nación desde el futuro y las entrañas de un país que se niega a desmoronarse. Es necesario hacer a un lado la ansiedad que provoca la actual coyuntura e imaginar realizaciones que la trasciendan. En un país donde lamentablemente cada vez se lee menos, persistir en la reedición de textos venerados por la tradición, podría ser contraproducente. Más bien, el rumbo a seguir pasa por imaginar un gran proyecto de refundación republicana con alegorías y símbolos que aspiren a perennizar en la memoria colectiva del futuro al mayor número de actores sociales y sujetos culturales. Insistir en el camino tradicional puede muy bien llevarnos a esas imágenes dantescas de Chile, donde masas enfurecidas se traían abajo estatuas y emblemas que habían contribuido a maquillar, un modelo de sociedad y de nación hecho para la vitrina y la ostentación. 

 

[1] Va el agradecimiento a Mario Meza,  Sinesio López,  Zein Zorrilla,  Luis Chávez y Carmen Mc Evoy por sus comentarios y observaciones.

[2] El azar en la historia y sus límites, 1973.