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Una publicación de la asociación SER

Hermanas de la Providencia de San Vicente de Paúl, 50 años en Carabayllo

Hace dos años, las Hermanas de la Providencia de San Vicente de Paúl cumplieron cincuenta años de labor pastoral en el distrito de Carabayllo, zona norte de Lima. Llegaron a estas tierras, carentes en aquel tiempo de todo servicio básico, la soleada mañana del domingo 10 de diciembre de 1967. Una población entusiasta y los sacerdotes de la recién creada parroquia Cristo Luz del Mundo, las recibieron con mucha esperanza en aquel inicio de un proceso de inserción y compromiso no solo con la Iglesia católica del naciente Cono Norte, sino con la población de las barriadas, barrios marginales o pueblos jóvenes, como en aquel tiempo se les llamaba. Gobernaba la arquidiócesis de Lima el Cardenal Juan Landázuri Ricketts.

Al impulso de las orientaciones y el espíritu de renovación del Concilio Vaticano II, la Congregación, cuya sede central -Casa Madre como la llaman- se ubica en Kingston, Canadá, había iniciado un proceso de búsqueda para establecer misiones en América Latina, que concluyó con la decisión de abrir dos casas: una en Guatemala y otra en Perú. En este caso escogieron el último pueblo de la zona: El Progreso, entre los kilómetros 19 y 22 de la carretera a Canta, rebautizada más adelante como avenida Túpac Amaru por el gobierno militar de Juan Velasco.

Mirando las fotos de las cuatro jóvenes religiosas Rosa Healy, Shirley Morris, Josefina Doiron y Rita Morán, que vinieron al Perú, y la de las cuatro que fueron a Guatemala, entre ellas Rosa Maria Bokenfohr e Irene MacDonell, que después vinieron al Perú, uno se pregunta qué es lo que impulsó (o qué impulsa a tantos misioneros y misioneras jóvenes) a dejar su país, su cultura, su familia y venir a tierras y mundos desconocidos.

Porque en ese tiempo no solo vinieron ellas, sino que decenas de misioneras y misioneros llegaron a estos nacientes pueblos, a esta naciente Lima de los sesenta y setenta, de las migraciones serranas, de la búsqueda del progreso, del afán por construir un futuro. Vinieron y se encontraron con un torrente de migrantes que tenían un solo norte: buscar y construir las posibilidades de una vida mejor para ellos y para sus hijos e hijas que la sierra, las provincias y el campo no podían darles o que ellos no veían cómo dárselas. Estos misioneros y misioneras supieron insertarse vitalmente en ese torrente a veces manso, como en las reuniones, asambleas y jornadas de trabajo para construir las escuelas, las postas médicas, las capillas; a veces tumultuoso como en las invasiones, tomas de tierras, desalojos, las marchas multitudinarias por los servicios básicos o los paros nacionales.

Por esos mismos años, las Hermanas de la Presentación de María, las Hermanas de San José de Tercera Orden de San Francisco, las Hermanas de Nuestra Señora de la Enseñanza, los Oblatos de María Inmaculada, los clérigos de San Viator, los sacerdotes de la Sociedad de San Columbano, los de Santiago Apóstol y otros diocesanos plantaron su tienda en la Pampa de Comas, Collique, Año Nuevo, la Balanza, Independencia y San Martin de Porres.

Su trabajo no consistió en el levantamiento de edificios aunque sí en algunos casos, ni en la provisión de servicios en sustitución a los que el Estado no proveía -aunque sí en algunos casos dignos del mayor elogio- sino en la educación de las personas, en el fortalecimiento de sus capacidades, en el acompañamiento, en el hacer ver y hacer sentir que como personas y como ciudadanos se tienen ciertos derechos y que la fe se vive en la vida diaria, en la vida cotidiana, no solo los domingos a las nueve o diez de la mañana, sino las veinticuatro horas del día en la casa, en el barrio, en la práctica de una ciudadanía activa y responsable.

Ahora que parece que nuestro país sufre la ausencia de liderazgos éticos bien vale la pena recordar el testimonio y la obra imperecedera de estas mujeres que vivieron su juventud y la madurez de sus vidas por ayudar a la gente a entenderse a sí mismas en la plenitud de su dimensión humana. Y lo siguen haciendo.

Foto: La República