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Una publicación de la asociación SER

Feminismos quechuas y aymaras

De Cuando en cuando Saturnina de Alison Speeding, se centra en la historia de Saturnina Mamani Guarache, también conocida como ‘la Satuka’.  Un dato fundamental para entender la novela es su escenario futurista, ya que los hechos narrados ocurren entre los años de 2070 y 2085. Saturnina es una navegante espacial que trabaja para el Sindicato de Qullasuyu Marka (también llamado “Zona liberada” o la “ex-Bolivia”). Miembro del Comando Flora Tristán, una “organización anarco-feminista-anarquista”, Saturnina va a realizar diversas acciones que le darán renombre, tales como destruir la luna de Fobos y el templo incaico del Coricancha. De hecho, debido a la destrucción del Coricancha Saturnina es apresada e incluso condenada a cadena perpetua. La forma en que Saturnina finalmente logra salir en libertad, a través del uso de su poder ritual, va a determinar su función transgresora en la novela. Como se advierte en el primer segmento, “Desde los Andes a los asteroides. Voces de la revolución desconocida”, este texto es organizado a partir del testimonio de mujeres, de Saturnina, pero también de Fornunata Alvisuri, “Imelda Mamani Mamani, hermana menor de Saturnina. Cleoje Mamani, la madre de ellas, y ‘Feliciana’, el nombre de guerra de una ex-combatiente del Comando Flora Tristan”. Asimismo, también se registra el testimonio de la abuela materna, Alcira Mamani Guarache, mediante “una sesión de ch’amakani”.

Considerando esta materialidad de voces, quiero plantear que De cuando en cuando Saturnina problematiza las relaciones de género en los Andes, las cuales involucran la red de creencias y prácticas sociales que regulan/controlan los modos de ser hombre y mujer dentro de culturas quechuas y aymaras. La función de esta novela es mostrar las complejidades y contradicciones de las prácticas de género, específicamente mostrarnos cómo se concibe el rol de la mujer dentro de sociedades indígenas-patriarcales y cómo pueden activarse feminismos desde Abya-Yala. Como ha indicado Anders Burman, las interpretaciones sobre el rol de la mujer en Bolivia pueden entenderse desde una perspectiva indígena o desde una posición de clase-media. Cabría preguntarse en qué medida Spedding expresa experiencias y deseos colectivos o es solo el producto estético-ideológico de una autora. Es decir, es posible que las opciones del anarquismo y la transgresión propias de Saturnina no concuerden con las realidades de las mujeres indígenas que, sin caer en ningún tipo de pasividad, realizan sus propias luchas y negociaciones desde otras canteras que no siempre son percibidas.

A pesar de estos contrastes, la novela busca visibilizar políticas de dominación masculina que reproducen colonialismos internos dentro de culturas indígenas; y producir alianzas con las propias mujeres en aras de refutar dicha dominación. Las dinámicas y conflictos de género que configuran la novela de Spedding se encarna en las palabras y acciones de Saturnina. Ella va a desafiar el rol tradicional de las mujeres, pues reconoce que este es finalmente moldeado y subyugado ante masculinidades indígenas. Su historia nos va a introducir en las jerarquías y tensiones entre roles de género dentro de las propias culturas quechuas y aymaras. Su experiencia nos va a mostrar cómo se construye la hegemonía de las masculinidades a partir de valores religiosos. En este sentido un personaje como Saturnina, lesbiana y disidente, cuestiona el esencialismo de las culturas andinas, producido y legitimado tanto por agentes externos como por los propios sujetos indígenas. En la novela, el orden estable del esencialismo que es criticado está basado en la jerarquía de géneros, en la prohibición de que las mujeres realicen, por ejemplo, rituales fuera del control de los hombres.  Si bien los códigos de la religión andina influyen notoriamente en la composición de la novela, ya sea mediante rituales o símbolos, podemos observar que Saturnina critica una representación idealizada de la mujer andina, así como la función que cumplen las mujeres dentro de las prácticas religiosas.

Por esto, que Saturnina hable y realice un ritual desafía el discurso de masculinidad que rige el mundo religioso en los Andes. En la novela, Cleoje Mamani, la madre de Saturnina, nos dice como su hija, en el pueblo de Achacachi, fue golpeada por un rayo cuando tenía quince años. La autoridad religiosa de la comunidad, quien es el padre de Saturnina, la busca para llevarla al centro de Tiwanaku y que sea educada en el Yachaywasi (colegio regido por los amaw’stas o sabios). Sin embargo, Saturnina se niega, escapándose para iniciar su carrera de navegante especial. ¿A qué se debe su rechazo? Saturnina nos da una respuesta: “¿Cuántas mujeres hay en el Consejo de Amawt’as? ¿Cuántas mujeres ch’amakanis hay, amawt’as de provincia siquiera? Te dicen que te ha sido dado para qulliri, qaquri, recetar yerbas, masajear a las embarazadas y chau”. Ella sabe que si ingresa al Yachaywasi nunca podrá ser una especialista religiosa de alto rango; será relegada a roles menores, siempre “según lo que dicen ellos”, “según una camarilla de hombres”. Saturnina no rechaza propiamente una tradición ritual sino al orden masculino impuesto. En este sentido, ella se adhiere a la posición de poder de su abuela, Alcira Mamani Guarache, quien fuera reconocida como ch’aman tayka, madre poderosa que combatió en la liberación de Quallasuyu Marka (p.323). Tanto nieta y abuela entonces transgreden las jerarquías masculinas de poder en espacios religiosos andinos.

En esta medida Saturnina des-hace estereotipos de la mujer andina. Esto adquiere mayor peso no solo por la crítica a un sistema patriarcal, sino por el rechazo de un rol asignado en favor de una propia autonomía y libertad. En este punto, la novela cobra mayor potencia dentro del marco de proyectos de descolonización. No solo se trata de problematizar los roles de género en los Andes sino de cuestionar los modos en que se llevan a cabo prácticas descoloniales. Al respecto, la temporalidad del texto resulta clave: en el futuro, incluso habiéndose ya encaminado la liberación del Qullausuyu Marka, las políticas de dominación masculina siguen vigentes y expresan una modalidad de colonialismo interno dentro de las sociedades quechuas y aymaras. Si bien la novela se publicó en el 2004, hay que considerar muchas de sus críticas se han mantenido vigentes hasta la fecha, a lo largo del proceso de descolonización en Bolivia. Raquel Alfaro, en una reseña publicada en el 2010, apuntó que leer De cuando en cuando Saturnina hace descubrir “una serie de realidades que el elector quizás no puede o no quiere admitir, pero que hablan de cómo está pensada, re-pensada y mal-pensada la Bolivia de hoy” (2010, p. 349). Esto puede apreciarse en lo referente al género, cuya dinámica no va al mismo ritmo que otras prácticas descoloniales, lo cual ha motivado las críticas, por ejemplo, de Mujeres Creando o Silvia Rivera Cusicanqui. La contradicción consiste en imaginar y configurar movimientos de liberación y resistencia únicamente desde agendas masculinas. La novela de Spedding no busca deslegitimar la descolonización andina sino repensarla y ampliarla desde la perspectiva femenina. Entonces, ¿es posible pensar la descolonización más allá de las políticas de género dominadas por masculinidades andinas?

Un modo de ampliar las propias prácticas descoloniales es dejar hablar a los cuerpos femeninos. No se trata de incluir o fijar su voz rígidamente dentro de un proyecto político, sino de potencializar su propia fluidez y direccionalidad de acuerdo a sus propias agendas. Dejar hablar es afirmar que hay múltiples formas de experimentar la descolonización. En la novela las mujeres hablan desde espacios íntimos, desde un registro del testimonio, con un repertorio lingüístico en quechua, aymara, castellano andino y spanglish; hablan y al hacerlo pueden ratificar el rol asignado por las políticas de masculinidad (como es el caso de la mamá de Saturnina) o refutarlo en favor de la construcción de nuevas identidades femeninas. El objetivo es ir más allá de los estereotipos de representación y, al mismo tiempo, fortalecer los aspectos libertarios de la descolonialidad que parecieran haberse soslayado en lo que al género se refiere. En el volumen La mujer andina en la historia, editado por el Taller de Historia Oral Andina, encontramos el testimonio de Doña Matilde, quien cuenta cómo las mujeres tenían una escasa participación en la vida política de su comunidad. En este sentido, ella plantea la urgencia de que las mujeres se organicen y se reúnan por su propia cuenta y entre ellas. Así nos dice: “podríamos aprender a hablar entre puras mujeres y juntas sería bueno, seríamos hartas”. Este testimonio refleja la necesidad de superar la dependencia complementaria de poderes, masculino-femenino, en favor de una independencia femenina orientada a la intervención política. Esto supera incluso las agendas de un feminismo blanco e intelectual que solo discute dentro de espacios letrados. En consonancia con las palabras de Doña Matilde, las labores del comando Flora Tristán, al cual pertenece Saturnina, no concluyen en la experiencia de género. Este espacio, a partir de la propia agencia de sus integrantes, propone una política más amplia, de cuño “anarco-feminista-indianista”, con el objetivo de extender el horizonte descolonial andino. Se trata entonces de cuestionar las políticas de dominación masculina para así, en consecuencia, resignificar y potenciar las prácticas descoloniales en Abya Yala.